sábado, 7 de septiembre de 2019

869. Sigue la locura

La locura todo lo cura, como seguramente saben. En realidad quiero hoy adelantar en el relato de mis enloquecidas actividades sucesivas, hasta llegar al momento en que volaré a París el próximo día 11, para explicarles con detalle cómo surge este primer viaje, cuya génesis no es muy diferente de la de algunos de mis últimos periplos por el mundo. Como les dije, el miércoles pasado me lo tomé de permiso en el trabajo para volver tranquilamente de Ciudad Real y pasar el día con mi familia en el Escorial, de donde volví al anochecer. Esa noche la pasé regular porque sobrevino un viento frío inesperado que me hizo despertarme varias veces por el ruido y la bajada térmica. Aun así, el jueves cumplí con mi carrera matutina por el Retiro, si bien esta vez no salí a las 6.30, sino a las 7.15, por la razón que comprenderán más abajo. Seguía ventoso y desapacible, pero a cambio pillé un poco más de luz que en mis anteriores salidas.

Tras ducharme, desayunar y vestirme, salí de mi casa a pié por Santa María de la Cabeza, en dirección a la Junta de Distrito de Arganzuela, al lado de Madrid Río. Estaba citado allí a las 9.15 con un grupo de 35 funcionarios del Ayuntamiento de Berlín con los que tenía que darme un paseo por el parque del río, explicándoles el proyecto en inglés. Era un grupo de gente bastante joven, con predominio femenino, los dos colectivos con los que mejor me entiendo. Enseguida establecimos una complicidad basada en nuestros comunes intereses y preocupaciones, confraternicé con varios de ellos en el largo recorrido que terminamos a las 12.00 en el Puente de Segovia, me quedé con el contacto de las mujeres más interesantes, como suelo hacer, y tuvimos margen de hablar de diversos temas, no sólo de urbanismo. Por ejemplo, discutimos un rato sobre el Sapiens, que una de las chicas me dijo que estaba leyendo su marido y le tenía tan fascinado como a mí. Al pasar por el Calderón les conté la historia del primer concierto de los Stones, con los rayos al fondo. La imagen actual del coliseo es ciertamente impactante, porque casi queda en pie únicamente la tribuna sobre la M-30.

Tomé el Metro en Puerta del Ángel para dirigirme a mi oficina, porque a esas horas es imposible aparcar. Allí desarrollé la segunda parte de mi jornada laboral y comí. Para volver, Metro a Nuevos Ministerios y el bus 27 hasta casa, porque el túnel llamado de la risa, bajo la Castellana, sigue en obras. Me creerán si les digo que llegué a Atocha reventado. 5 kms. de carrera, más media hora de caminar hasta la Junta, más dos horas y media por el río, no es cualquier cosa. Llegué a mi casa y me tiré en la cama para echarme una siesta de las de verdad. Y seguí el resto de la tarde descansando, con la ayuda del libro que debo tener leído para el próximo club de lectura de Billar de Letras. Ayer viernes también dediqué la primera mitad de la mañana a una actividad diferente: la visita a la Unidad del Viajero del Hospital Carlos III, para que me recomendasen las vacunas, medicaciones o precauciones que debo tener en cuenta en mi viaje a Madagascar. Me prescribieron una vacuna para el tifus que me pincharon allí mismo en el brazo, y me recetaron otra contra el cólera, además del Malarone, medicamento preventivo de la malaria. Les dije que en mis incursiones asiáticas había preferido siempre no tomarlo, fiándolo todo a mi rigor en la aplicación de los antimosquitos, pero me explicaron que África es diferente de todo lo demás, que allí hay más mosquitos, más malaria y más grave que la de Asia.

Volví a casa de nuevo en Metro, descansé un rato y luego bajé a la farmacia a comprar los productos recetados, para lo que únicamente tuve que mostrar mi tarjeta sanitaria: la receta de ambos estaba "en la nube", asociada a mi tarjeta, primera vez que adquiero medicinas por este procedimiento. Aproveché también para cortarme el pelo donde Jurgen, el peluquero alemán que tanto cabrea a mis hijos, que dicen que me estafa. Cierto que me cobra 17 euros por cortarme el pelo, pero es que el precio incluye también sesudas discusiones filosóficas, que esta vez, como no podía ser de otra manera, giraron en torno al Sapiens. Compré también algunas cosas para cenar y me pasé por la floristería de mis vecinos, para quedar con ellos y que subieran a ver mi terraza. No les he contado a ustedes mis penas con el tema de los toldos, pero el hecho es que aun no los tengo instalados, a pesar de que ya han venido tres veces a intentarlo. Cada vez les pasa alguna desgracia y tienen que irse sin terminar su trabajo. Ahora han prometido volver el martes próximo y toco madera para que no les dé un lumbago o algo por el estilo. Esta mañana he salido a hacer mi carrera de sábado con un clima ya decididamente otoñal. He aprovechado para estrenar la camiseta que me regalaron el otro día los alemanes, con el oso de Berlín, que es primo del de Madrid, pero sin madroño y aficionado al running. Abajo mi selfie después de correr.


En realidad, este va a ser mi último fin de semana de relax, y es un relax relativo porque tengo que dedicar tiempo a estudiarme las diez propuestas de jóvenes arquitectos que participan este año en el concurso EUROPAN. Es este un concurso que hasta ahora era de arquitectura, pero este año lo han ampliado al campo del urbanismo. Por eso estamos en el Jurado mi jefa, mi compañera M. y yo, los tres mosqueteros del Reinventing. El lunes tendremos una reunión los tres para cruzar valoraciones y elegir qué proyectos apoyaremos, porque el concurso se decide en Innsbruck en octubre. Como todavía no me los he estudiado a fondo, este finde, aparte de ver el partido del Dépor por la tele, voy a tener que currar el resto de mi tiempo libre. El martes será la rentrée de Billar de Letras, en donde analizaremos la novela corta La Azotea, de la escritora uruguaya Fernanda Trias, un libro terrible que narra otro tipo de locura, la que lleva al aislamiento, la autodestrucción y el crimen. Por fortuna es bastante breve y ya lo he terminado. Y el miércoles volaré a Paris que es de lo que les quería hablar en este post.

El motivo aparente del viaje es participar en el congreso del GRI Club, pero no he querido hacer ninguna referencia a esto en el título del post por una elemental precaución. El GRI (Global Real-State Investors) es el club de los grandes promotores inmobiliarios mundiales, los gigantes del negocio inmobiliario que mueve millones por todo el mundo. Ahí están firmas como Morgan Stanley, Goldman Sachs, Blackstone y otros similares. Algo así como ASPRIMA, la asociación de los promotores inmobiliarios de Madrid, pero a lo bestia. Fondos buitres incluidos. Y qué pinto yo en ese exclusivo foro del capitalismo más descarnado, se preguntarán. Pues las primeras fases de mi contacto con ellos ya se contaron en el blog, pero no tengo inconveniente en recapitularlas para ustedes. En mayo de 2018, el Coordinador General de mi área (es decir, el antecesor podemita de Kordineitor) me llamó muy compungido para pedirme un favor. Estaba invitado a participar en el congreso GRI Club-Madrid 2018 y no podía ir porque le habían puesto a la misma hora otro sarao al que no podía faltar. Tenía que sustituirlo y disculparlo en la mesa redonda en la que estaba anunciado.

Con la perspectiva del tiempo, tiendo a creer que lo que le pasó a este señor fue lo que se suele llamar una indisposición súbita sobrevenida, también conocida como cagalera, a la hora de enfrentarse a un foro como ese. El congreso era en el Hotel Palace y yo me puse mi mejor traje, me inscribí y me apresté a defender la posición. No hice mal papel, y luego me quedé por allí para enredar un poco, repartir tarjetas, tratar de pillar algún inversor para el Reinventing, etc. Y, por supuesto, tomarme unas birras, ponerme ciego de canapés y confraternizar con algunas de las mujeres más guapas, como hago siempre que puedo. Un tiempo después me mandaron por mail una encuesta de satisfacción sobre el congreso, que rellené cuidadosamente y envié. Como resultado de eso, pasé a estar en el mailing del GRI Club, en donde en cambio parece que ya no tuvieron a bien mantener al de la cagalera. Es lo que tiene la afición a entrar a todos los trapos y meterse en los saraos más insólitos.

Este año, en abril, me escribió una tal Melina, en nombre del club. Tenía el gusto de invitarme al GRI Club-Madrid 2019, de nuevo en el Palace. Para los detalles, me daba su número de móvil. Melina vive en Londres y es muy amable. La llamé y me explicó que esta vez no tenían previsto que interviniera activamente en ninguna mesa redonda, pero aun así me invitaban porque les había gustado mi participación el año pasado. Me habían enviado una clave para que pudiera acceder al archivo digital del Programa y elegir libremente a qué actividades acudiría. Como conté en el blog, asistí a la keynote lecture, a cargo de una chica del Caixa Bank, con la que luego estuve hablando y constaté que no coincidíamos demasiado (no estuve de acuerdo con sus opiniones sobre el milagro portugués y sobre el origen de la brecha en el centro de la clase media, de la que habla Saskia Sassen). Y otra vez me puse bien de birras y canapés.

Melina me mandó la encuesta post-congreso que también rellené. Días más tarde me escribió de nuevo para que le sugiriera nombres de expertos que pudieran impartir la keynote lecture del Congreso Madrid 2020 y le mandé un par de nombres que no voy a revelar aquí. Y entonces me envió una invitación para el GRI Club París a celebrar los días 11 y 12 de septiembre. Por teléfono le confesé que era la primera vez que me invitaban a un sarao de estos fuera de Madrid, por lo que quería saber si se esperaba de mí que interviniera en alguna mesa y si me iban a pagar vuelo y alojamiento. Su respuesta fue que no a las dos cosas. Me invitaban al congreso, porque mi presencia es grata para ellos y soy bienvenido en el club, pero no tenía que intervenir. Y tampoco tenían previsto pagarme nada. Pensando en voz alta, le dije que quizá me animase a ir, porque tengo un hijo con casa en París y sólo tenía que buscar un vuelo barato, lo que me permitiría pasar unos días con él. Me rogó que, si finalmente no podía o me echaba para atrás, que hiciera el favor de comunicárselo, para sus previsiones logísticas.

Hablé con mi hijo Kike, confirmé que estaría en París en esas fechas y me saqué el billete. El congreso empezaba el 11 por la tarde y terminaba el 12 tras la comida final, así que compré un billete para el 11 por la mañana para llegar allí a mediodía. Entonces empezaron a suceder cosas sorprendentes. Otra señora que no es Melina me escribió para pedirme información precisa acerca de la unidad técnica a la que pertenezco y los trabajos que desarrolla. Unos días más tarde, me pidió un breve currículum. Y finalmente una foto. Muy mosca, usé la clave que me facilitaban para revisar el programa. Y allí me encontré. Estoy en el cartel de una mesa redonda sobre la salida de la crisis inmobiliaria en España y cómo evitar que se repita. En el programa hay varias sesiones similares sobre otros países. De lo cual deduzco que para la de España seleccionaron a algunos de los participantes confirmados, entre ellos yo. He preguntado si podía ayudarme de una presentación con imágenes y me dicen que no, que es una simple charla.

Pero surge aquí el problema de cuál es el mensaje que debo transmitir en semejante foro (¿Y ahora que digo yo, pisha?). Sobre lo que se cruza el hecho de que, entre medias, han cambiado mis jefes en el Ayuntamiento. Así que he decidido incluir este viaje en mis días de vacaciones, como hacía en los tiempos de la señora Botella (al fin y al cabo, voy a estar cuatro días de vacaciones), por dos motivos: para no ponerle a mi amigo Kordineitor en un compromiso y para no darle la ocasión de que me diga que no vaya. Así se lo he confesado, dejándolo perplejo, a pesar de que, después de todo lo que le conté sobre mis actividades en estos años, ya nada puede sorprenderle. También le dije que este es un buen contacto para el Ayuntamiento, que pienso que debe ser él y no yo el que lo mantenga o, si lo estiman oportuno, que siga siendo yo, pero por orden suya. Y que estaría encantado de que me dé algunas indicaciones sobre lo que debo decir. Todavía no me las ha dado, pero confío en que tengamos margen para ello. En caso contrario, diré yo lo que me parezca.

No es algo que me estrese demasiado; en el fondo, ya saben que mi reino no es de ese mundo. Tengo claro que no iría a París si no tuviera allí a mi hijo y diversos amigos a los que visitar. El 11 volaré a París bien trajeado, peinado y afeitado (por qué se creen que me he cortado el pelo). Tengo previsto aterrizar a las 14.25 y tomar el RER para llegar directamente al congreso un poco antes de las 16.00, hora de mi mesa redonda. Luego veré cuándo me puedo dar el piro, en función de cómo me lo esté pasando en un medio tan extraño. Porque el mundo de los grandes tiburones del negocio inmobiliario no es en absoluto mi medio habitual. Excepto por lo que respecta a los tiburones hembra, por descontado. Después, gozaré de tres días, 12, 13 y 14, de vacaciones parisinas sin ningún programa previamente establecido. Salvo el vuelo de vuelta, el domingo 15.

Que yo me vea involucrado en saraos como este, es una expresión de mi particular forma de locura, no lo duden, (como lo de salir a correr de madrugada). Pero me gusta infiltrarme en este tipo de foros para observar al personal, sacar mis propias conclusiones (que luego les cuento en el blog) y también por el masaje cerebral que supone responder a un reto de tal naturaleza, que te obliga a estar muy despierto, ponerte al día con los idiomas y trabajar la agilidad mental. Además, en estos lugares reparto tarjetas y hago un poco de networking-lobbying. Tal vez tenga aquí la oportunidad de captar algún inversor para el Reinventing II que ya estamos preparando. Aunque yo vendría igual sin este aliciente. Pero no se engañen conmigo: entre las múltiples personalidades que muestro en el blog, la mía de verdad sigue siendo la misma. En ese sentido, les voy a dejar de propina un auténtico himno del post-punk californiano. Los miembros del grupo Rancid se han hecho mayores, están fondones y tienen los tatuajes algo desteñidos. Pero sus letras y músicas siguen siendo cojonudas. Si tienen curiosidad, busquen en Google quién fue Mario Savio. Que pasen un buen finde.




miércoles, 4 de septiembre de 2019

868. Bienvenidos al vértigo

Como les decía, empiezo un par de meses vertiginosos tras la calma chicha agostí, y les voy a poner en antecedentes, ya que tanto les interesa. He de empezar contando que estoy entrenando fuerte desde mediados de julio y empiezo a encontrarme muy bien, empeño efímero porque los viajes que tengo en calendario me van a cortar el entrenamiento como me sucede todos los años, aunque éste intentaré recuperarlo en cuanto pueda. Vengo saliendo al Retiro tres veces por semana, los lunes y miércoles al atardecer y los sábados por la mañana. Siguiendo la doctrina canónica, los dos primeros días mi objetivo es entrenar, terminar mi recorrido de 5 kms. y acumular esfuerzo y distancia. Los sábados, salgo en cambio a toda pastilla, como alma que lleva el diablo, para medir el tiempo final y comprobar la mejora inducida por el entrenamiento semanal. Es como un futbolista que entrena dos días y luego juega un partido o un músico que haga dos días de ensayos y uno de concierto.

Sin embargo la semana pasada hube de volver al horario matutino, porque el lunes caían granizos como albóndigas y era imposible salir. Lo hice, pues, el martes de madrugada, pero resultó que, desde mi última salida tempranera, los días se han acortado un montón, por lo que hube de hacer toda la carrera de noche, entre charcos, barrizales y ramas caídas por la tormenta y encima con lo poquito que veo. Pero logré completar el recorrido sin mayores percances y el jueves volví a repetir ese entrenamiento de madrugada. Y el sábado salí a correr en serio y me sucedieron dos cosas a reseñar. Una es que por primera vez bajé de 31 minutos, hice exactamente 30.25. Teniendo en cuenta que mis primeros entrenos, a mediados de julio, los terminé en más de 37 minutos, es un dato que confirma un avance gradual sostenido, que es lo bueno. Además, si un día logro bajar de los 30, me podría plantear alargar el recorrido de entrenamiento, y contemplar la posibilidad de volver a correr esas carreras de 10 kilómetros que abandoné hace unos 4 años.

Tenía entonces dolores diversos de espalda y rodillas que me obligaron a parar, pero en este momento parecen haber desaparecido, tocaremos madera. La otra cosa que sucedió el sábado es que me echaron un piropo, algo insólito y más viniendo de un colega especialista en el tema. Iba yo a mi velocidad de crucero actual, cuando, unos diez metros delante de mí, observé un grupito de esos que salen con un profesor, porque está de moda correr y hay tipos que saben mucho y te enseñan. El entrenador los tenía a todos haciendo estiramientos a un lado, así que no eran un obstáculo para mi paso, que es lo que yo voy vigilando. Pero vi que el sujeto (recio, unos 35 años, barba negra bien recortada, entradas pronunciadas) se me quedaba mirando con atención. Al pasar a su lado, me pareció que me decía algo asintiendo con la cabeza, pero iba yo tan concentrado que mi mente no procesó lo que había oído hasta un poco después, cuando ya estaba lejos y no me podía volver para contestarle. Entonces comprendí que, al pasar, me había dicho : –Excelente ritmo, jefe.

En fin, uno es moderadamente vanidoso y estas cosas se agradecen porque te inflan el ego. En realidad yo sé que corro bien, no necesito que nadie me lo diga, aunque no voy tan rápido como cuando tenía 40 años. Pero, cuando te haces con los fundamentos de un deporte concreto, ya no los pierdes nunca. Yo sigo corriendo con buen estilo, porque me enseñó gente que corría muy bien y también porque soy coruñés, que no es cualquier origen, y además hice la mili y allí me enseñaron a desfilar. Para correr adecuadamente has de llevar en la cabeza la noción de la simetría corporal, además del empeño de ayudar con todo el cuerpo. Eso implica, por ejemplo, un braceo con los antebrazos perfectamente horizontales haciendo movimientos alternativos como deslizantes, en ángulo de 45 grados y con impulsos enérgicos. El tipo que va como recogiendo flores en el aire, o con un braceo alto como si boxeara, desperdicia esfuerzos y se cansa. Y el tipo que lleva una figura asimétrica pone en riesgo sus caderas y otras partes del cuerpo. Eso es el ABC del runner y no es de extrañar la reacción de mi colega: imagino que le resultó llamativo ver venir a un tipo tan mayor y constatar que seguía las directrices de la ortodoxia corredora.   

El sábado por la mañana, tras mi carrera, mis flexiones y mis pesas, más ducharme y desayunar adecuadamente, me acerqué al estadio del Rayo Vallecano, para sacar un par de entradas para el partido del día siguiente con el Dépor. Ver los partidos del Dépor este año es una forma de masoquismo, pero ya saben que uno no puede cambiar nunca de equipo de fútbol. Hacía tiempo que no me acercaba por el campo de Vallecas, y encontré algunas pintadas bastante explícitas del malestar del barrio contra el presidente del club, Martín Presa, que tiene entre sus previsiones venderlo a un fondo yanqui y suprimir el equipo femenino, que está en Primera División, donde es uno de los equipos punteros. Vean alguna de estas pintadas.










El Rayo es un equipo modesto, obrero, antifa, punk y bullanguero. Y tiene sus propios ídolos, como el portero nigeriano Willy, muy querido por la grada, que, unos años después de retirarse, fue descubierto en un hospital de mala muerte, sin recursos y con una enfermedad severa. El Rayo le ayudó, organizó un partido homenaje y lo cuidó hasta su muerte. La solidaridad de la clase trabajadora. Ahora la puerta número 1 del estadio lleva su nombre, como ven en la tercera de las imágenes de arriba. Pasé por las taquillas y saqué dos entradas, una para mí y otra para mi paisano, colega de profesión y amigo Darío Rivera. La última vez que vinimos él y yo a este campo, estaban en Primera División y el Dépor ganó 1-3. Así que confiábamos en volverle a traer buena suerte.

El sábado por la tarde descansé de mis esfuerzos matutinos, primero con una merecida siesta y luego escribiendo un post sobre Sapiens y el Helicobacter, que publiqué el domingo por la mañana. Por la tarde, me acerqué esperanzado a ver al Dépor, pero perdimos por 3-1 y Darío y yo salimos con el rabo entre las piernas (con perdón por lo del rabo). Por cierto que la grada sur, que habitualmente ocupan los Bukaneros, los más radicales entre los hinchas del Rayo, estuvo todo el partido completamente vacía, parece que como protesta contra el presi Presa. Las aficiones de Rayo y Depor se llevan bien, son de la misma línea ideológica. Y juntos entonamos uno de nuestros gritos reivindicativos más característicos: ¡¡ODIO, ETERNO, AL FÚTBOL MODERNO!! Ahí queda reseñado. Aquí pueden ver lo contentos que estábamos antes de empezar. Luego ya menos.



El lunes por la mañana acudí en coche a mi trabajo. Desde el 1 de agosto ya no tengo plaza de garaje, pero en agosto se circula bien y se puede aparcar con facilidad en el parque Juan Carlos I. Esta situación se mantiene a primeros de septiembre, porque están cerrados los colegios. En cuanto abran volveré a ir al trabajo en Metro. Además, el lunes tenía cita con el oftalmólogo a primera hora de la tarde y me venía bien tener el coche para ir directamente desde el curre. Por cierto que el doctor estudió los resultados de las pruebas que me hicieron en la clínica de Argüelles y me dijo que descartaban otras patologías: lo que tengo es una simple catarata, que parece haberse estabilizado y no está todavía madura para ser operada, a menos que yo tuviera alguna molestia visual, que no es el caso. Así que buenas noticias.

Ayer martes volví a salir a correr de madrugada y luego tuve una mañana complicada en el trabajo, con reuniones con algunos de los ganadores de Reinventing, que empiezan a poner en marcha sus proyectos. A las 4, mi jefa y yo teníamos una reunión más con una persona que sabe mucho de redes de ciudades, con la intención de ficharle para que me ayude en mi trabajo y se quede con el chiringuito, una vez que yo me jubile. Luego, conduje desde la oficina hasta mi aparcamiento en la plaza del Reina Sofía, pero no subí a casa, sino que caminé hasta la estación de Atocha, donde me subí en el AVE a Ciudad Real. Porque esa noche, la peña de viajeros veteranos teníamos nuestra última reunión para el viaje que estamos organizando este año y que ya mismo les desvelo. ¡¡¡¡TA-TA-TA-CHÁN!!!! El día 22 de septiembre nos vamos nada menos que a la lejana y misteriosa isla de Madagascar. Sí, han leído bien, me voy a Madagascar.

Ya les contaré de ese viaje, porque no es el primer lugar a donde me voy a desplazar. Antes de eso, volaré a París este próximo día 11 de septiembre, para participar en el Congreso Europa GRI 2019, que organiza el exclusivo GRI Club Internacional. Llegaré a París a mediodía y tengo que intervenir en una mesa redonda a las 4 de la tarde. Después no sé si me podré escapar rápido, o quizá me tenga que quedar hasta la cena de gala. En cuanto pueda, me iré a la casa de mi hijo Kike, donde pretendo quedarme hasta el domingo 15, para estar unos días en París, encontrarme con algunos amigos franceses, visitar a Philippe y enredar un poco por allí. A la vuelta me quedará una semana para organizarme el equipaje para Madagascar, en donde vamos a estar tres semanas, con regreso el 12 de octubre. Y, casi enseguida, volaré de nuevo, esta vez a Innsbruck (Austria) como miembro del jurado del concurso EUROPAN 2019, con mi compañera M. Pero todo esto ya se lo iré contando

Anoche en Ciudad Real nos lo pasamos muy bien y cerramos los últimos detalles del viaje. Nos reunimos los diez que vamos a Madagascar, que somos los seis de Chile, otros dos que vinieron a Birmania pero no a Chile, y dos nuevos. Prácticamente tenemos ya todo organizado, como les iré contando. Esta mañana, he regresado en el AVE y he subido un momento a casa (hoy me lo he tomado de permiso en el curre) con cuatro objetivos. 1.– Echar mi ropa sucia del día anterior al cesto, porque esta tarde viene a casa la señora que me limpia una vez por semana, además de poner lavadoras, planchar, etc. 2.– Ducharme y afeitarme. 3.–Coger dos botellas de Rioja para mi siguiente asunto. Y 4.–Rematar este post que había logrado escribir a salto de mata, en los ratos libres entre uno y otro lío. En cuanto lo publique y mande el mail a mis seguidores más fieles, cogeré el coche para acercarme a El Escorial, a pasar el día con mi hermano Antonio y su familia, a los que no veo desde antes del verano. De nuevo me saltaré, creo, el entrenamiento del miércoles, así que mañana me tocará madrugar para salir otra vez a correr a la luz de la luna. Les dejo de propina la imagen más emblemática de Madagascar, la famosa avenida de los baobabs. Continuará.




domingo, 1 de septiembre de 2019

867. Sapiens y el helicobácter

Bueno, como me imaginaba, mi anterior post ha caído como una bomba. O sea que tú –me dicen–, que eras el campeón de la solidaridad, el progreso, la modernidad, el feminismo, la cultura, la vanguardia y el buen rollo, no sólo no te vas de ese Ayuntamiento regido por feos, corruptos y fascistas, sino que te muestras proclive a colaborar con ellos y hasta sugieres que te vas poco menos que a autocensurar para evitarte problemas con tus nuevos jefes, poniendo en riesgo la coherencia ideológica del blog y patatín y patatán. Ya me esperaba yo reacciones de este tipo. ¡Ah!, la mejor de todas: ahora entiendo tu fobia al pacífico y civilizado movimiento independentista catalán –dice un simpatizante del prusés, que sigue mi blog no sé para qué.

En fin, yo creo que no hay que exagerar. Sólo me he dado una pequeña prórroga, por ayudar a salvar el trabajo que hemos hecho en estos últimos tres años y medio. Un programa a medio/largo plazo que, por tanto, aún no había supuesto ninguna mejora concreta y visible para los barrios del sureste donde habíamos centralizado nuestro esfuerzo y por eso sólo llegó a la gente más inquieta e informada de esos barrios. El proverbial señor de la garrota y la silla de enea tomando el fresco a la puerta de su casa, no se había enterado de nada y por eso pasó de votar. Para que ese trabajo no sea en balde, hay que llevarlo a término y que fructifique. El equipo del que formo parte está empeñado en ese esfuerzo y me han pedido que aguante un poquito más. Y yo no puedo ser inmune al cariño y el respeto que me muestran.

Pero además, uno tiene derecho a tener sus contradicciones ¿o no? ¿Acaso ustedes no las tienen? En realidad, aquí sucede una cosa. Este blog es una propuesta literaria en la que yo me he erigido en protagonista de mis textos, convirtiéndome en el personaje literario de mi propio blog. Pero en paralelo hay un Emilio real, que tiene notables diferencias con el que aparece en el blog. En este foro yo me muestro seguro de todo lo que digo, optimista, resolutivo, desprejuiciado, impúdico y hasta moderadamente faltón. En el mundo real soy más dubitativo, reflexivo, cuidadoso y formal. Son dos caras de mi personalidad. La clásica disociación freudiana. Mi personaje del blog es una especie de alter ego, en el que se materializa lo que yo querría ser o lo que imagino que podría llegar a ser. Pero ese personaje sólo existe en mi imaginación. El otro es lo que soy en la realidad. Por supuesto, hay interferencias entre uno y otro, en los dos sentidos; en mis textos reflejo muchas cosas de mi personalidad real y en la realidad a veces actúo exactamente como se esperaría de mi personaje bloguero. Pero somos dos entes distintos. Y aquí viene a cuento el extraordinario libro Sapiens del que les hablo a continuación.

Me estoy refiriendo a uno de los libros más vendidos de los últimos años Sapiens, de Yuval Noah Harari (2013). Este señor es judío, antropólogo, profesor de historia medieval de la Universidad de Jerusalén y ahora autor de una serie de libros que se están vendiendo por millones por todo el mundo. Les cuento cómo he llegado hasta él. Hace meses, mi amigo Mariano me habló de este libro y hasta lo cité en el blog, pero lo cierto es que no lo había leído. Este verano, aprovechando el lapsus por las vacaciones del club Billar de Letras, he leído varios libros por mi cuenta, como La ciudad infinita, ya comentado, o Abecedario de pólvora, de la pluma de Yordán Radíchkov, escritor contemporáneo búlgaro muy valorado, que me ha gustado mucho, aunque es de temática rural, por lo que no encaja en un blog urbano como este. La cosa es que hace una semana me surgió la necesidad de hacerle un regalo a un amigo por su cumpleaños y le compré el Sapiens. Y he aquí que lo tuve en mi casa unos días, se me ocurrió ojearlo ligeramente y me enganché. Finalmente acudí a la fiesta de cumpleaños de mi amigo con las manos vacías y le dije que le había comprado un libro pero que no se lo iba a dar hasta que me lo terminase.

Sapiens es fascinante. Es que ahí está toda la historia del ser humano hasta el día de hoy. Si no lo conocen, se lo recomiendo encarecidamente. Lo que quiero decir, querido lector, es que, yo que usted, ahora mismo interrumpía la lectura de este post y bajaba a la librería de la esquina para hacerme con un ejemplar. Según Harari, la historia del Homo Sapiens, está jalonada por tres revoluciones fundamentales: la revolución cognitiva (hace unos 70.000 años), la revolución agrícola (hace 12.000 años) y la revolución científica (hace 500 años), de la que, como un fenómeno subordinado, nace la revolución industrial (hace 200). Al final anticipa la nueva revolución que estamos viviendo ahora, la digital, a la que dedicará su siguiente libro Homo Deus, que no he leído, pero que debe de ser también muy bueno.

¿Qué relación tiene todo esto con lo que les estaba contando sobre mí mismo? Pues muy sencillo. Dice este señor que esa revolución cognitiva convierte al Sapiens, hasta entonces uno más de los homínidos que pululaban por la Tierra (neanderthal, erectus, australopithecus, floresiensis y otros), en otra cosa diferente, en una especie dominante, que conseguirá acabar con las demás, generando una estirpe de cazadores/recolectores, que dominarán el mundo hasta que pasen a asentarse en territorios estables tras la revolución agrícola. El Homo Sapiens surge en la parte oriental de África mucho antes de esa revolución cognitiva. Y durante miles de años convive con otras especies de homínidos y animales. ¿Y en qué consiste esa revolución cognitiva tan decisiva? Pues según Harari en la capacidad de imaginar cosas que no existen, en la facultad de fabular, de engañar, de visualizar previamente cosas que luego puede fabricar o encontrar. En una palabra: en la posibilidad de hacer ficción y de compartir colectivamente esa ficción, es decir, que haya un grupo que se crea esa ficción y la haga suya. Lo que yo hago en mi blog 70.000 años más tarde.

En ese punto de inflexión comienza la posibilidad de inventar, empezando por armas o utensilios, como la aguja de tejer. También la facultad de domar el fuego y cocinar. Y la capacidad de elaborar leyendas, mitos y religiones. Es el gran salto de la humanidad. Y el Sapiens se va extendiendo por todo el mundo, coloniza Eurasia, llega a Australia a través de Indonesia, y a América a través de Alaska. Y, cada vez que llega a un territorio, causa la extinción de un montón de especies autóctonas, empezando por los animales más grandes, como los mamuts, o sea, que lo que está sucediendo ahora no es una excepción histórica, sino un paso adelante en la evolución del mayor depredador que ha habitado sobre la faz de la Tierra. El libro cuenta muchísimas cosas de interés. Por ejemplo, que el perro fue el único animal que el Homo Sapiens domesticó en su fase de cazador/recolector. Luego, tras la revolución agrícola le siguieron gallinas, vacas, ovejas, cabras, asnos y caballos.

Para Harari, la revolución agrícola fue una estafa, el hombre vivía mucho mejor como cazador y recolector y, cuando decidió asentarse en territorios fijos, pasó a ser un tipo que tenía que currar todo el día, ocuparse de la seguridad, defender sus cultivos y arreglárselas con las tormentas y pedriscos. El cazador/recolector, ante una tormenta, se iba un poco más allá y pasaba de problemas. Desde esos períodos ancestrales, el libro se adentra en la historia de la Humanidad hasta nuestros días, desmenuzando con total precisión las religiones, los imperios, las guerras, el capitalismo, el comunismo y todas las demás tendencias de la mente humana. Todos estos conceptos son para Harari invenciones del Sapiens, que los demás humanos aceptan e interiorizan. Es decir, no son entes reales sino imaginados, son constructos que idea algún sapiens o un grupo de ellos, y que un colectivo mayor admite, asume y defiende.

También las sociedades anónimas, las modas, el comercio, el periodismo y la política son sistemas imaginados por el hombre. Y todo ello es consecuencia de ese momento mágico en que el Homo Sapiens descubrió que podía hacer ficción y que esa facultad le permitía dominar a los demás, diezmar a las otras especies y convertirse en el rey de la Tierra. En ese punto arrancan la historia, la ciencia, la cultura, la política, la literatura, el teatro y hasta los blogs como el mío. Es el momento mágico que mostró también la película 2001, una odisea en el espacio, ese en el que un mono utiliza un leño como arma, a cámara lenta, al son del Así hablo Zarathustra de Richard Strauss. Otra cosa que se basa en una ficción es la banca, porque todos sabemos que no existe la cantidad de dinero real que respalde los ahorros de todos los cuentacorrientistas, pero confiamos en que si un día necesitamos un poquito de lo ahorrado, nos lo dan. La banca se basa en la confianza en una ficción admitida colectivamente.

Finalmente, según este libro fascinante, en el fondo, todo es ficción. Y aquí enlazo con el segundo tema del título. Recordarán que en las anteriores gastroscopias a las que me había sometido, me habían diagnosticado gastritis crónica por helicobácter, pero me habían dicho que no había que hacer nada, porque ese okupa de nuestros estómagos es inocuo. Y yo me había acostumbrado a convivir con este cómodo y apacible huésped. En la última, hace un par de meses, el doctor me explicó que la moda ha cambiado. Que ahora se entiende que al helicobácter hay que erradicarlo, porque puede tener derivaciones cancerígenas. El facultativo que me practicó la gastro me tomó una muestra para analizarla en laboratorio, de forma que supiéramos qué familia de helicobácter era la que me colonizaba (si se trataba de un helicobácter sapiens, erectus o australopithecus) para poderla atacar con el antibiótico adecuado.

El resultado del análisis de la muestra que me tomaron, se lo mandaron directamente al primer médico. Delante de mí abrió el sobre en la consulta. Resultado: negativo en helicobácter. Cojonudo: he vivido diez años con un helicobácter imaginario. Le pregunté al doctor: –Eso cómo se come. Respuesta: –Muy sencillo, tiene usted gastritis crónica, pero no causada por un helicobácter. –¡¡Pero qué me está diciendo!! si yo tengo unas digestiones estupendas, si como todo lo que quiero y nada me sienta mal, si cada vez que tengo un poco de acidez y busco un almax, he de tirar la caja porque esta caducada y bajar a la farmacia a por otra nueva. Atención a la respuesta del galeno: –Es que lo suyo es una gastritis crónica inactiva. Como ven, desde hace 70.000 años, la capacidad del humano para fabular es infinita. La comunidad médica se inventa un constructo, como la gastritis crónica inactiva, y todo el mundo se la cree. Mi problema es que no me lo trago, pero yo es que soy gallego, como Rajoy, y ya saben que los gallegos somos desconfiados.

En realidad, esta explicación del doctor ha solucionado todas mis dudas. Ahora tengo claro que soy un optimista inveterado porque sufro depresión crónica inactiva. Y que soy un buen orador a pesar de padecer una tartamudez crónica inactiva. Y que corro por el Retiro cual gacela a fuerza de afrontar mi paraplejia crónica inactiva. Y probablemente sea también un homosexual latente inactivo, un comunista oculto inactivo, un fascista recóndito inactivo, y hasta, si me apuran, un otorrinolaringólogo secreto igualmente inactivo. Y luego quieren algunos de ustedes que me crea mi propio personaje bloguero y abandone mi trabajo con grandes aspavientos ofendidos. En realidad, el único de mis seguidores que me ha calado completamente es el amigo Alfred, que hace tiempo me ha catalogado como un impostor.

Digamos más bien que soy una especie de camaleón, que muda de color según convenga. Y que, por mi forma de ser, desarrollo una empatía inevitable con la gente que me rodea, sea cual sea su ideología, sexo, edad, condición, tendencia política o gusto musical. Y que en cada guerra entiendo y disculpo a la gente que está al otro lado de la trinchera teórica en la que he de desempeñarme. Es la famosa Simpathy for the Devil. Los Stones le dedicaron a este sentimiento una de las mejores canciones de toda la historia del rock. Ahora alguien ha elaborado con ella un vídeo en el que se puede seguir la impactante letra. Es también un homenaje a los primeros grafitteros, los de brocha gorda. Se lo dejo de propina. Un detalle: ¿a que no se dan cuenta de cuándo entra el mítico coro que hace uuuh uuuh, hasta que ya lleva un rato sonando? La calma chicha agostí se ha terminado para mí. Mi jefa y Kordineitor han vuelto de sus respectivas vacaciones con ánimos renovados. Mi vida vuelve a ser un sinvivir, cuyo programa de festejos les iré detallando en sucesivas entregas, que no sé si podré publicar cada tres días como hasta ahora. Sean felices. Total, todo está en nuestra imaginación.