jueves, 11 de abril de 2019

825. De lo cursi y lo repipi

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin esperar que Ítaca te enriquezca.
Dice mi amigo X que él no está de acuerdo con Sabina, que la vejez no es en absoluto una puta mierda, sino una fase más de la vida en la que se puede disfrutar y estar muy bien si te cuidas y te respeta la salud (dos cosas que van unidas). Mi colega Mariano se suma a la idea y propone que montemos un comando Carcamales Punk Forever, para seguir haciendo cosas que nos enriquezcan y nos alegren la vida. Y yo sigo mi deriva. Cada día me despierto con la ilusión de que soy una persona joven. Luego me miro al espejo, veo la imagen que me devuelve y mantengo el tipo como puedo (qué le vamos a hacer). El otro día una vieja amiga a la que no veía hace mucho, me dijo que me encontraba más guapo ahora que hace años. Estas cosas también ayudan. Parte del secreto se encierra en el hermoso fragmento que les he puesto arriba. Pertenece al afamado poema Ítaca, de Cavafis. Estira la vida lo que puedas, sigue navegando y no intentes llegar a puerto hasta que seas viejo y te adornen la madurez y la sabiduría. Sólo entonces podrás, como el tipo de la foto, sentarte en un noray a contemplar el mar con los ojos entrecerrados, mientras la tarde cae, el sol reverbera y los barcos regresan de faenar sin apuros.

Disculpen que me ponga trascendente, lo estoy haciendo adrede, para ilustrarles lo que les quiero explicar hoy. ¿Alguno de ustedes, queridos lectores, puede decir que el final del párrafo anterior es una cursilería? No lo creo. Sin embargo, hemos dicho en el post anterior que entre lo sublime y lo cursi hay una línea muy delgada (tranquilos, ya no me meto más con Podemos. Por ahora). La palabra cursi es muy curiosa. Para empezar, se desconoce su etimología, hay infinidad de teorías, desde unas damas gaditanas muy repolludas ellas, que se apellidaban Sicur (y que no aparecen en ningún texto histórico serio), hasta la que la relaciona con el marroquí kursi, que significa silla. Sin olvidar a los que bucean en el calorro en busca de referencias. Lo cierto es que la aparición de esta palabra está perfectamente documentada y hay que situarla a mediados del XIX en la zona de Cádiz. Ya en 1869, cuando su uso se ha extendido a todo el país, la RAE la autoriza, con al menos dos acepciones: “Dícese de la persona que presume de fina y elegante sin serlo” y esta otra: “Aplícase a lo que, con apariencia de elegancia o de riqueza, es ridículo y de mal gusto”.

Por otro lado, se trata de un adjetivo intraducible a otros idiomas. En inglés existe el término kitsch, admitido universalmente, pero no es exactamente lo mismo. Lo kitsch es algo que alude solamente al componente estético; es una denominación a menudo aplicada al arte: a una pintura, a una escultura, aunque también a una orquestación o a una obra de repostería. En cambio, lo cursi tiene también un componente ético; puede ser característica intrínseca de una persona, o describir una conducta, o una denominación, como la de Unidas Podemos. Como ejemplos proverbiales de cursilería, suelen citarse los jardines domésticos decorados con enanitos de piedra, las imágenes fluorescentes de mesita de noche representando a la virgen de Lourdes o el peinado de ciertos perros. Lo cursi traduce siempre una cierta forma de impostura, un quiero y no puedo, un tratar de parecer fino sin conseguirlo.

Es diferente de lo hortera, que es una forma de presumir de lo contrario, de basto y ordinario. Ejemplos de conducta hortera serían los concursos de eructos que hacen ciertos grupos de adolescentes, o la costumbre de embutir en una camiseta el asiento del conductor de la fregoneta. Todos estos son adjetivos ideados con una intención peyorativa o insultante. El que los profiere se siente infinitamente superior al aludido. Cuando yo era joven, todos queríamos ser muy modernos y avanzados. En esos años, lo antiguo se detestaba y se ninguneaba. Para designarlo se creó la palabra camp que era el colmo de lo viejo. Después, cuando la gente descubrió que lo antiguo puede ser cojonudo, hubieron de inventar un adjetivo equivalente, pero de sentido opuesto: vintage.

Un dandy como yo, y encima cool, calm and collected, no puede evitar huir de lo cursi y lo hortera como de la peste; mi blog es una continua búsqueda de una suerte de exquisitez. Y, sin embargo, aunque pueda resultar paradójico, tengo una invencible debilidad por lo repipi, otra categoría vecina de las anteriores, pero diferente. Es este un adjetivo normalmente aplicado a los niños, aunque yo conozco a muchos adultos que son unos repipis inveterados. Hay una serie de sinónimos de repipi: sabidillo, resabido, sabihondo, listillo, redicho. Para que me entiendan, lo mejor es que les ponga unos cuantos ejemplos de conductas repipis. Tal vez se hagan una idea de por qué adoro a la gente repipi.


Empezamos por Don Camilo José Cela y el mejor de todos sus libros (en mi opinión): el Viaje a la Alcarria (1948). Es un libro en el que Cela hace de sí mismo el protagonista, pero se camufla tras el apelativo El Viajero, para narrar en tercera persona del singular. En uno de los capítulos, saliendo de Guadalajara a pie por la carretera de Zaragoza, una turba de zagales revolotea alrededor del Viajero hasta que se aburren y se van. Uno de ellos, sin embargo, empareja el paso con el suyo y camina a su lado. Es un chico avispado, pelirrojo y con pecas. Al instante, con cautela, pregunta: –¿Me permite usted que le acompañe unos hectómetros? Y el Viajero, que como yo siente debilidad por los niños repipis, le contesta que por supuesto, que estará encantado de que le acompañe unos hectómetros. Es un pasaje delicioso.

Cuando yo era niño, la condición de repipi era bastante frecuente entre ciertos profesores, como los que retrata la impagable película de Fellini Amarcord. Yo tuve uno de Historia que te exigía saberte las respuestas de memoria. Por ejemplo: ¿cómo entraron los bárbaros? Respuesta: en oleadas sucesivas. Si contestabas en el examen en avalanchas consecutivas (es un decir), te suspendía. Cuando ya se hartaba de que no le hiciéramos caso, nos castigaba sin recreo y justificaba su acción enfatizando: –Claro, les digo que se estén calladitos y hacen caso omiso… Y, cuando uno de nosotros regresaba después de una enfermedad más larga de lo habitual, lo saludaba con estas palabras: ¡Hombre! ¡El niño perdido y hallado en el templo!

También en la Escuela de Arquitectura tuvimos un ejemplo de profesor repipi, el ínclito Don Antonio Camuñas, catedrático de Materiales de Construcción. En aquellos años predemocráticos en que los estudiantes solíamos ir sin afeitar, con greñas y vestidos de cualquier manera con jerseys llenos de agujeros, Don Antonio reprobaba nuestros atuendos y nos decía: –Un arquitecto ha de estar durante todo el día correctamente vestido con chaqueta y corbata, por si le surge la ocasión de ser objeto de un homenaje. Y en los exámenes advertía: –No fumen que, al conjuro del humo, se propicia el intercambio de mensajes relacionados con el tema del examen. Tenía este señor un libro que todos debíamos estudiarnos en el que describía los diferentes materiales usados en la construcción tradicional. Entre ellos el azulejo.

Para la descripción del azulejo, el autor contaba cómo se había creado este elemento constructivo en el mundo árabe medieval, texto en el que alcanzaba las más altas cotas en su cualidad de repipi excelso. Era un texto que empezaba así: –El magnate musulmán, amante como el que más de la naturaleza, se encierra empero en su palacio, donde se rodea de profusión de fuentes y regatos. He rebuscado en mi memoria, pero no consigo acordarme de cómo continuaba. Apelo a mi brother de Loja el Coronel Groucho para que, con su memoria prodigiosa, complete si puede este texto inefable. A los futuros arquitectos nos hacía mucha gracia esta narración, hasta el punto de que todo el mundo se la aprendía de memoria. Se cuenta que, en una promoción posterior a la mía, el tema de un examen parcial fue precisamente el azulejo, y todos los alumnos repitieron completa la definición y sacaron sobresaliente, para satisfacción de Don Antonio, halagado por la popularidad de su texto.

Pero no hay que irse a esas alturas académicas para encontrar a gente repipi. En mis años de Colegio Mayor, los residentes en todos los colegios del entorno acudíamos sin excepción a cortarnos el pelo a la barbería de Benedicto, un personaje que trascendía ya la cualidad de repipi, para entrar en la de friky, una categoría paralela a las anteriores. Benedicto era un peluquero gay medio miope y tirando a rechoncho, bastante dicharachero y que trataba de parecer más culto de lo que era, lo que le llevaba a pronunciar frases un tanto singulares. Un día acudí como siempre a su cubículo y me recibió con estas palabras: –Hay que ver qué calor que tenemos esta tarde. Y eso que estoy con la ventana herméticamente abierta.

El actual portero de mi casa es un tipo que casi nunca está en su puesto y, para justificarse, dispone de una serie de carteles con excusas, que tiene unidos con un gusanillo. Uno llega a casa y encuentra un letrero sobre el mostrador que dice estoy en las calderas, o bien estoy en la escalera tercera, estoy recogiendo la basura, he salido un minuto, o el más escueto de todos: ya vengo. En los meses de agosto se busca un sustituto y un año de estos encontró a un joven superpulcro y atento, que sólo abandonaba el puesto para subir a recoger las bolsas de basura por los pisos. Para esas ocasiones, empezó por usar el cartel que decía estoy recogiendo la basura. Pero luego se conoce que pensó que ese letrero no expresaba debidamente la complejidad de su trabajo, por lo que lo sustituyó por otro que se confeccionó él mismo y que con letra redondilla rezaba: –Estoy recogiendo desperdicios domiciliarios.

Creo que con estos ejemplos habrán comprendido que es lo que yo entiendo por repipi y el porqué de mi fascinación por este tipo de sujetos. Terminaré, igual que empecé: con Don Camilo José Cela. En un cuento poco conocido de este ilustre paisano, se cuenta el caso de Don Agustín, un profesor de primaria que era tan repipi que los alumnos le pusieron por mote Don Agustín Cagapoquito. Los demás profesores del claustro se reían las tripas con el apodo y no perdían ocasión de recordárselo al final de las reuniones lectivas, cuando todos se relajaban tomando unos refrescos. Se lo decían para hacerle rabiar, porque sabían que le daba mucho coraje. Don Agustín Cagapoquito, presa de la indignación, levantaba un dedo con gesto admonitorio y proclamaba: –¡Qué sabrán esos malandrines de lo que yo exonero!

Que pasen ustedes un excelente Viernes de Dolores, felicidades a las Lolas, buen finde y buena Semana Santa, los que puedan disfrutarla.

lunes, 8 de abril de 2019

824. Unidos Podríamos

Pues sí, podríamos si quisiéramos, pero tal parece que no queramos. Lo que le está pasando a la llamada formación morada es algo que yo anuncié no hace mucho, en un post que se llamó Podemos cagarla. La verdad es que el nombre Podemos se presta a estas coñas, algo de lo que no sé si el entorno de Iglesias es consciente. Estos últimos años, las chirigotas de Cádiz han hecho el agosto en febrero a cuenta del nombrecito. Porque, encima, para más inri, en su día se sumaron a otra formación llamada Izquierda Unida, que era tradicionalmente una jaula de grillos totalmente desunida. O sea, que los desunidos autodenominados unidos, a su vez se unieron con Podemos y pasaron a llamarse Unidos Podemos. Tal vez debieran haberse puesto Unidos al Cuadrado o Dos-Veces-Unidos. Ahora, para colmo, se han sometido a un cambio de sexo para pasar a ser la entidad transgénero Unidas Podemos. Un giro pretendidamente sublime que se convierte en una completa cursilería. Entre lo sublime y lo cursi hay a veces una línea muy delgada. Yo ya he pedido que se rebauticen como Uniditas Podemos, para no discriminar a los niños, pero se me ocurren algunos nombres más, a añadir a los que aparecen en cursiva en este párrafo:

              –Podemos pero no Queremos
              –Queremos y no Podemos
              –No Podemos porque no estamos Unidos
              –Se va Pudiendo
              –Podemos hacer el ridículo

Ahora mismo, el espectáculo que está dando la izquierda trans-PSOE en el entorno madrileño es penoso. Por ahí andan en danza Podemos, la plataforma Más Madrid de Carmena-Errejón, los Anticapitalistas de Rommy Arce, Izquierda Unida, la formación de Gaspar Llamazares y no sé si me dejo alguna otra. En Madrid ciudad, el carisma de Carmena hace que no se presenten en su contra ni Podemos ni Llamazares. Pero en la Comunidad Autónoma el guirigay es completo. Ahí están todos al lío, montando tremendo pollo. En la ciudad, Izquierda Unida apoya a Anticapitalistas, pero en la región duda si ir con ellos o con Podemos como en el Estado. El resultado de esta cacofonía es que el votante de izquierda más o menos moderado está huyendo de vuelta a la casa madre del PSOE, que vuelve a subir en las encuestas, tanto en Madrid como a nivel nacional. Con Rivera dejándole un caladero de votos enorme por el otro lado, lo normal es que vuelva a gobernar, con o sin apoyo de los catalanes de Esquerra, ahora que el efecto Torra se está revelando tan tóxico para la otra parte de los independentistas.

He dicho que soy carmenista por convicción y errejonista, o errejonudo por conveniencia. Otro día les cuento cuál ha sido mi deriva mental para llegar a esa doble certeza. Mi voto en las autonómicas y locales está decidido. Y, en las generales, votaré a Sánchez, en parte también por conveniencia, porque, si lograse formar gobierno, sería una inyección de moral para las deprimidas huestes locales del PSOE, no muy boyantes últimamente ante una figura tan sosa y mortecina como la de Pepu. Y eso le podría venir bien a Carmena para tener una mayoría de gobierno cómoda y continuar con las medidas que se han puesto en marcha en estos cuatro años. Faltan casi dos meses para las elecciones locales y ya habrá tiempo de hablar de todo ello. Respecto a las generales, yo me mantengo en la recomendación de que Sánchez siga callado y no haga ni siquiera debates con los otros. Que se faje Iglesias con la derecha; que se insulten y se peguen los demás.

Ya sé que todo esto es un coñazo y que muchos de ustedes entran en mi blog en busca de otros temas más estimulantes. Pero tengo que hablar de este plúmbeo asunto, porque del resultado de las elecciones locales dependen mis posibilidades de seguir haciendo surf sobre una ola desbocada. A este respecto les diré que, a veces, para coger carrerilla hay que hacer un esfuerzo grande en el impulso inicial. Pero luego, ya en velocidad, las ocasiones te van saliendo al camino por pura inercia. Así fueron mis recientes viajes a California, Chicago y París; no el de Chile que estaba planificado con tiempo. Ahora mismo tengo tres nuevas aventuras viajeras en perspectiva para lo que queda de año, pero sólo puedo hablarles de una, de la que ya tengo los billetes. Las otras aun no se las voy a contar, de acuerdo con la máxima de mi amiga rosarina Valeria Correa: si lo que se nombra antes de tiempo, luego no sucede, mejor que no nombremos estos dos viajes potenciales, para que luego sucedan. Les prometo que, si se frustran, también les daré noticia.

¿Y cuál es el viaje que está ya cerrado? Pues les cuento. Estas semanas próximas las tengo muy apretadas de trabajo, estudiando las propuestas presentadas en el concurso Reinventing Cities. Son nueve propuestas en total. Nuestro trabajo actual tiene por objeto desbrozar estas propuestas para dárselas predigeridas al Jurado que debe elegir a los ganadores y que se reunirá los días 6 y 8 de mayo. A continuación vendrá un período en el que hemos de mantener en secreto los resultados de este proceso. Porque la organización C40 ha decidido hacer públicos los resultados de todas las ciudades europeas en un acto común a celebrar en Oslo (Noruega), en el transcurso del mayor congreso europeo sobre el cambio climático, conocido como Urban Future Global Conference que este año se celebra en esa ciudad nórdica los días 22 al 24 de mayo. La primera idea de C40 era que nuestros resultados los proclamara la Alcaldesa Carmena, pero es la semana de las elecciones locales. Eso imposibilita que viaje ella o cualquiera de sus concejales y altos cargos.

Ante ello, los tres mosqueteros del proyecto, mi jefa, mi compañera M. y yo hemos decidido asumir la responsabilidad de representar a la ciudad de Madrid en ese evento. Viajaremos el día 21 por la tarde, para llegar a cenar y descansar esa noche. El 22 tendremos la mañana para dar un paseo por Oslo, que no es una ciudad muy grande. A las 16.00, dará comienzo el acto en el que mi jefa tendrá que dar un pequeño discurso y desvelar los resultados del concurso en Madrid. Los otros dos estaremos allí para aplaudir a rabiar, lanzar aturuxos y levantar la V de la Victoria, que no de Vendetta. Al final del acto estamos invitados a un cóctel que da C40. El día 23 tendremos la mañana para una segunda visita a la ciudad y volaremos de regreso por la tarde. Dado que el 23 es jueves, por mi mente se pasó la idea de quedarme hasta el sábado y llegar a tiempo de votar. La he desechado, porque de esa forma me arriesgaría a que el Ayuntamiento no me pague el billete y además parece que Oslo tampoco da para mucho más que dos días.

Pero hay otro factor en este asunto, que tal vez alguno de mis seguidores haya captado ya. Si recuerdan los últimos posts, hace poco hubo en Madrid unas jornadas llamadas To Gather, en las que me encontré con la señora Ellen S. de Vibe, Jefa del Departamento de Planeamiento de Oslo, que me recordaba de una anterior visita en la que le enseñé el proyecto Madrid Río. Y que esta señora me mencionó en su conferencia en las jornadas, diciendo de mí que era un visionario del urbanismo y alguna barbaridad más. Como se pueden imaginar, ante una admiración tan rendida, no me ha quedado más remedio que escribirle y comunicarle que voy a ir a su ciudad unos días. Lo demás no se lo voy a contar aquí, que uno tiene sus niveles de privacidad. Sí, sí, ya sé que yo lo cuento todo de mí, pero no de lo que atañe a otras personas. En cualquier caso, ya saben: cherchez la femme. Una máxima que nunca falla.

Pero hasta que esto llegue, tengo que ir por orden y contarles mis vicisitudes preelectorales. Y en esta tesitura, no podía dejar de referirme al bochinche que hay montado en la izquierda madrileña más allá del PSOE. A mí me gustaría que Pablo Iglesias, ya que ha optado por ese modelo caudillista de partido tan alejado del espíritu del 15-M (que para mí encarnan Errejón y Carmena), diera ahora un puñetazo encima de la mesa y gritara: –Cagüendios, todo el mundo a votar a Errejón y a Carmena y a callar. Si tal hiciera, demostraría un liderazgo y una talla de estadista que hasta ahora vienen brillando por su ausencia, aseguraría el Ayuntamiento, tendría alguna posibilidad de ganar la región y hasta recuperaría votos para el Estado. Pero mucho me temo que no lo haga. Se lo impide su ego y su orgullo. Y, mientras las cosas no cambien, yo tengo que referirme a su partido como Unidos Podríamos. Podríamos ganar, desde luego, si estuviéramos unidos, pero lo cierto es que no lo estamos. Y Desunidos no Podemos. Lo dijo el romano Tácito con precisión meridiana: los que combaten divididos, finalmente son derrotados juntos.

Tengo que decir que ya he recibido algunas críticas por referirme a estos temas y mojarme hasta el extremo de revelar mi voto y hacer campaña en un determinado sentido. Vamos a ver. En ocasiones anteriores yo he sobrenadado por encima de cuestiones políticas, sin mojarme, diciendo lo que me parecía bueno y malo de cada uno, mostrándome equidistante y quedándome en un prudente término medio. Y entonces también me ponían verde, por quedarme por encima. Me decían que si me sentía superior, que si me creía Dios o qué. Y ahora que me mojo, también me critican. A ver si me va a pasar a mí como al chino del Whatsapp, que, haga lo que haga, le canean. ¿Cómo? ¿Que si estoy hablando del Negro del Whatsapp? No, no. De ese es del que querrían ustedes que les trajera aquí una foto ¿verdad picaronas? Yo les hablo del chino del Whatsapp. Como parece que algunos de mis seguidores no lo conocen, se lo dejo de propina. Que tengan una buena semana.


jueves, 4 de abril de 2019

823. La ciudad y los viejos

Uno tiene que asumir la edad que tiene y a este respecto me llegan varios inputs en los últimos tiempos. En su último concierto en Madrid, Joaquín Sabina empezó proclamando ante el público esta lúcida introducción: Buenas noches, Madrid. Creo que saben ustedes que llevo parte de esta gira interminable recorriendo pasillos de sórdidos hospitales. Cuando les cuenten que envejecer es una cosa fantástica, por la experiencia y la sabiduría… mienten como bellacos. Envejecer es una puta mierda. Sabina lleva un tiempo acosado por diferentes achaques y problemas de salud que le han obligado a suspender conciertos y parar su marcha. De dolor, achaques y vejez trata también la última película de Almodóvar, Dolor y Gloria, que he visto el pasado fin de semana. He de confesar que no había vuelto a ver cine de este señor desde la excelente Volver (2006), porque soy alguien que se deja influir por las opiniones de los demás y todo el mundo me decía que no merecía la pena ir a ver las películas (4) que Almodóvar ha escrito y dirigido en este tiempo. Las anteriores a Volver creo que las vi todas en los cines donde las iban estrenando. Y tal vez debería revisar esas cuatro que no he visto.

Dolor y Gloria es una película muy buena. Alguien me dice que Almodóvar lo ha pasado regular en los penúltimos tiempos y que este film viene a demostrar que está saliendo del agujero anímico en el que supuestamente estaba. El guión es magnífico, la ambientación, decorados, vestuario, etc. tan exquisitos y cuidados como en todo su cine, la interpretación de Banderas es extraordinaria y los personajes secundarios están muy bien dibujados, especialmente los femeninos, como de costumbre. La película recupera la línea del mejor Almodóvar, el director patrio más reconocido y agasajado en el extranjero. Es además, su película más autobiográfica; no es difícil reconocerle a él en el atribulado protagonista, un director de cine, asediado por diversos dolores y sobre todo por lo que García Márquez llamaba el desgano, esa suma de desánimo, tristeza y abulia que nos invade de pronto, a menudo a partir de situaciones de soledad no deseada. Algo muy urbano; en el medio rural no suele ser tan acusado.

Este personaje, al que interpreta Banderas, tiene todo el tiempo del mundo para recrearse en su desdicha, para comerse el tarro y recordar los tiempos irrepetibles de la infancia y la adolescencia, así como sus años de gloria, cuando era un director de éxito. Y los recuerdos que ceban su nostalgia están recreados y filmados con un cariño y una autenticidad prodigiosas. He de decir que hace muchos años traté a Pedro personalmente, igual que a su hermano Agustín, con quien he coincidido en algunos saraos. Eran otros tiempos, éramos jóvenes, salíamos todas las noches, Pedro y yo compartíamos un amigo (el gran Mariano, uno de mis lectores más fieles) y en algunas ocasiones estuvimos tomando cañas juntos. La imagen que conservo de esos escasos encuentros es la de un tipo próximo, sensible, divertido y muy educado. La vida y la fama lo han ido aislando y ahora imagino que ya no sale tanto a la calle y está encerrado en su mundo como el protagonista de Dolor y Gloria. Y aquí viene la pregunta: ¿están las calles de nuestras ciudades preparadas para acoger a los viejos?

En las tardes de los tres últimos martes he asistido en el Ateneo a un pequeño ciclo del que les informo. Lo ha organizado mi amiga Ester Higueras, Directora del Máster de Planeamiento Urbano con el que suelo colaborar cada año. El motivo o la excusa del ciclo es el hecho de que hay cuatro catedráticos de Urbanismo de la Escuela de Arquitectura que se han jubilado en apenas año y medio. Ester pensó en organizarles un pequeño homenaje, convocándoles a hablar sobre el tema La Ciudad y los Mayores. Cada acto se componía de una pequeña charla del homenajeado, seguida de una mesa redonda con tres de sus colegas o discípulos más jóvenes. Los tres que han tenido lugar hasta ahora han resultado interesantes y entrañables y al cuarto no voy a ir porque no tengo mucha afinidad con el sujeto, de quien no diré siquiera su nombre. He de puntualizar que los cuatro recién jubilados entraron en la Escuela a primeros de los 80 y, dado que yo terminé la carrera en el 78, no tuve el privilegio de recibir las enseñanzas de los tres que admiro. En realidad, yo me empecé a relacionar con el urbanismo tras acabar la carrera.

El primer encuentro fue con José Fariña Toxo, de quien ya imaginan que es paisano, en concreto de Santiago de Compostela. Fariña es un histórico, que tiene un discurso urbanístico muy sólido y que mantiene un blog de urbanismo buenísimo. Con su característico acento, nos habló de cómo ha de ser el espacio público en las ciudades, arre carallo. Para que las plazas y las calles sean gratas a los mayores han de ser seguras, con buen piso, con visibilidad, con recorridos asequibles y con mobiliario adaptado, porque el viejo es inseguro, frágil, trastabillante y de visión defectuosa; no podemos ponerle obstáculos. Los bancos han de ser cómodos, no de diseño, como esos de granito en los que te asas en verano y te hielas en invierno. Esos bancos te producen cistitis, hombre. Y la ciudad es para caminarla, coño, ni bicicletas ni patinetes ni nada, la ciudad hay que diseñarla para el paseante. ¿Que dicen que quieren hacer deporte? Pues que vayan al gimnasio, que para eso está. Y ahora encima van con motor, los ciclistas y los patinadores. ¿Qué carallo de deporte es ese?

El acto de Fariña fue el más entrañable de todos. Entre el público había numerosos alumnos de diferentes edades que le dedicaron toda clase de alabanzas hasta casi hacerle llorar. Para él era también una ocasión muy emotiva, puesto que regresaba al Ateneo, más de 40 años después de dar allí su primera conferencia en Madrid, sobre las diferentes tipologías edificatorias del medio rural gallego, invitado por el gran poeta Celso Emilio Ferreiro. Salimos todos de allí bastante conmovidos. Una semana después repetimos la jugada, esta vez con Ramón López de Lucio, de quien tengo pendiente contar la historia de la Guía de Urbanismo de la Ciudad de Madrid, ese enorme tocho con el que cargo en todos mis viajes para regalárselo a mis sucesivos anfitriones (los últimos que he llevado fueron para Shannon Ryan en LA, Diego Moreno en Tijuana y Alain Sinou en París). Ramón es un cascarrabias con quien he tenido largas discusiones a cuenta de Madrid Río, que terminaban siempre con un abrazo y unas cañas si se terciaba.

Ramón empezó diciendo que la soledad urbana no deseada es el origen de todas las tribulaciones para la gente mayor. Y él propone dos soluciones. La primera, el llamado co-living, o co-housing, tan en boga últimamente. Consiste en montar conjuntos habitacionales a medias entre las residencias de ancianos y los hoteles. Es decir reunir un conjunto de pequeños apartamentos con servicios comunes: atención médica, lavandería, bar, centro de reuniones, etc. Allí se pueden reunir mayores que sean amigos, o que no lo sean tanto, para compartir una vida en comunidad. Para ello pueden montar una cooperativa que gestione su construcción y su funcionamiento posterior. Y, normalmente, uno tiene que vender su casa, a menudo más grande, para financiar su participación. Tengo ya que decir que esta es una fórmula que a mí no me atrae nada; qué coñazo ver todos los días a la misma gente, repitiendo los mismos chistes, porque se les ha olvidado que ya los contaron ayer. Además, lo de meterse a gestionar sin saber es como un dolor y, si te involucras en algo así en edades en torno a los 65 a 70 que es cuando la gente se jubila, te vas a pasar cinco o seis años sufriendo hasta tener listo tu co-housing para luego disfrutarlo unos pocos años y a lo mejor constatar que no te mola. Quita, quita.

Otra fórmula del co-housing es en alquiler. Hay empresas que se dedican a construir este tipo de complejos y luego alquilárselos a gente que se financia alquilando a su vez su viejo piso. El resultado es el mismo, o sea, que tampoco me mola, con el agravante de que, con los precios que tiene en este momento el mercado inmobiliario, lo normal es que no puedas optar a una cosa así en tu barrio. Lo cual duplica el coñazo: no sólo tienes que aguantar que tus colegas te cuenten los mismos chistes cada día, sino que encima te ves desterrado a la sierra y no puedes salir a tomarte un vermú en el bar de la esquina o al cine. Pero les decía que Ramón nos habló de dos alternativas. La otra, que me gusta más, consiste en involucrarse en las actividades del barrio. Según Ramón, que es un broncas, lo mejor es meterse en actividades de tipo reivindicativo; la lucha  vecinal pone mucho. Y si encima ganas alguna batalla, entonces el subidón es de aúpa. Él ha participado en las luchas de Chamberí contra el campo de golf de prácticas que puso Esperanza Aguirre sobre el gran depósito del Canal, calificado como zona verde. Han logrado que se anule la licencia y se cierre. Ahora están diseñando el nuevo parque de forma colaborativa entre los vecinos que han llevado la lucha, con ayuda de jóvenes arquitectos del barrio que, según Ramón, tienen más peligro que la propia Esperanza.

Este martes escuchamos a Julio Pozueta, ingeniero de Caminos navarro que es una referencia para los que entendemos el urbanismo de una determinada manera. Desde el punto de vista académico fue la mejor de las tres sesiones, por la altura de los contertulios: Patxi Lamikiz, mi jefa y el Decano del COAM mi amigo José María Ezquiaga. Todos estuvieron muy bien y pusieron el acento en la importancia de los datos, la formación de grandes bases de datos alfanuméricos y su estudio por sistemas digitales, para poder saber lo que está pasando en la ciudad. Julio Pozueta, a pesar de estar jubilado, sigue con sus alumnos estudiando los flujos urbanos e investigando cómo controlarlos. Y mi jefa reivindicó los trabajos que hemos estado haciendo en estos últimos tres años de acuerdo con las directrices de Pozueta, como la Estrategia de Regeneración Urbana de la periferia, el Plan MadRe, el Reinventing Cities y otros. Ya saben que estas cosas son las que voy contando yo por lugares como Chicago o París, que por todas partes suscitan mucha atención por su carácter innovador.

En definitiva, la conclusión de este ciclo inacabado es que la población mundial vive cada vez más en ciudades y está cada vez más envejecida. No anoté los datos de Julio, pero los porcentajes de mayores en nuestras ciudades se están disparando y la cosa se va a acentuar todavía más cuando se jubile la generación nacida en los años 60, el famoso baby-boom. En consecuencia, es necesario diseñar una ciudad inclusiva, no sólo para los viejos, sino también para las mujeres, los niños, los discapacitados, las embarazadas, la gente que circula con bolsas de la compra o que empuja carritos de niños. Y para eso, como dijo Fariña, hay que eliminar la supremacía del coche privado y ganar metros para el peatón. Lo que se hizo en los 70 para dar todo el espacio al automóvil es una auténtica canallada, que congestiona nuestras ciudades y nos hace respirar mierda. En aquellos años, mi padre, que siempre fue un visionario, pronosticaba que pronto veríamos la prohibición de caminar por la calle: –Esto va a terminar en la desaparición del peatón por decreto, enfatizaba.

Un ciclo muy interesante este de La Ciudad y los Mayores, que yo he rebautizado como La Ciudad y los Viejos, porque nada me obliga a ser políticamente correcto. Y no se quejen que, por un momento, pensé titular este post La Ciudad y los Carcamales. La verdad es que a ciertas edades uno empieza ya a estar pa echarlo al arroz, como dicen en Andalucia. Vean si no al pobre Mick Jagger que ha tenido que suspender la gira de los Stones para que le cambien una válvula cardiaca. Desde aquí le mando mis mejores deseos y espero verlo pronto de concierto. Hace tiempo que los Stones hacen sus giras con una unidad geriátrica de apoyo. Pueden ver aquí una caricatura que ya traje al blog hace unos cuantos años, en un post llamado Ancianos dinamiteros.











Los Stones viven todos con parejas mucho más jóvenes y tienen niños pequeños. Tal vez aquí radique el secreto de su energía y longevidad. En este sentido, mi ídolo absoluto es mi vecino Fefe, un colega mayor que yo, que tiene su estudio aquí por Atocha. Hace como un año me lo encontré paseando por la plaza del Reina Sofía con dos niños muy pequeños de la mano. Me explicó que el de la derecha era su nieto, de dos años y medio y el otro era su hijo, de cerca de dos años. La penúltima vez que lo vi iba en una silla de ruedas, con una pierna en alto y empujado por la guapa y sonriente rubia que lo acompañaba el primer día. Le pregunté qué le había pasado y le quitó importancia: –Nada, que me he caído con la moto; un tobillo cascado y poco más. Después lo he vuelto a ver por la plaza caminando normalmente y con un pitillo en la mano. Yo quiero ser así cuando sea mayor. Sean buenos.