viernes, 23 de noviembre de 2018

788. Mi amigo Jordi I

Hasta el último momento he tenido serias dudas de si escribir lo que voy a escribir o no. Si no lo hubiera anunciado en el post anterior, creo que me hubiera echado para atrás de nuevo. En realidad se trata de algo que me contaron hace mucho y ni siquiera sé si es cierto o no. La memoria es muy mentirosa y lo que voy a contar contradice o matiza algo que se ha dado por cierto durante mucho tiempo y detrás de lo cual hay gente real que se puede sentir ofendida. Así que lo voy a englobar en la etiqueta Relatos. Declaro formalmente que todo lo que voy a contar es falso, producto únicamente de mi imaginación calenturienta, una fabulación cocinada por mi incierta memoria y adobada por el paso del tiempo. Dejémoslo así. En ocasiones he dicho que, si yo fuera capaz de imaginar una trama como esta, sería un novelista de éxito. Pero no quiero hacer daño a nadie. Mi viaje a Chile ha removido los posos de esta historia que, vuelvo a repetir, es completamente falsa.

Mi amigo Jordi, que no se llama Jordi, es o era un tipo cojonudo. Con pocas personas en mi vida he llegado a conectar a tal nivel. He dicho es o era porque no estoy seguro de que viva. Lo he buscado muchas veces pero parece como si él también hubiera desaparecido. La última vez que lo vi fue con ocasión del primer concierto de Bruce Springsteen en España, Barcelona, 21 de abril de 1981. Yo me cogí el llamado tren del rock en Atocha y me desplacé a Barna, en donde me alojé en casa de Jordi. Luego pasaron años y le perdí la pista. En aquellos tiempos no había móviles ni correo electrónico. Yo tenía su correo postal y su teléfono fijo. Unos seis o siete años después intenté conectar con él y ya no estaba en ninguno de los dos. La carta que le escribí me fue devuelta y el teléfono correspondía a otro abonado. Después tuve dos hijos y la vida me fue llevando por derroteros lejanos de aquella Barcelona cosmopolita de los primeros 80. La penúltima vez que intenté contactarle fue con motivo de mi premio de novela corta Encina de Plata. Quería mandarle un ejemplar, pero no lo pude encontrar.

Ahora existen Google, Facebook, Linkedin y otras redes. Le he buscado en todas sin éxito. Sé cuál es su nombre real y sus dos apellidos. En Google no existe. Por eso creo que tal vez se haya muerto. Un tipo tan creativo como él es muy raro que no haya abierto una página en Facebook. Jordi fue siempre muy catalán (de pueblo) y muy catalanista. Hablaba español con un acento cerradísimo. Y no me extrañaría lo más mínimo que, si vive, sea independentista. Aunque, en tal caso, lo más normal es que tuviera un perfil en Facebook lleno de esteladas por todas las esquinas. La historia que voy a contar parte de una confidencia que me hizo probablemente al final de una noche de borrachera, cuando ya no se lo pudo callar más. Repasando cronologías, creo que tuvo que ser en Barcelona, en esa última vez en que coincidimos, tal vez la noche antes del sensacional concierto de Springsteen. Jordi, que no se llama o se llamaba Jordi, es uno de los mejores amigos que he tenido nunca. Vamos con el relato.

Mi amigo Jordi nació y se crió en algún pequeño pueblo de Cataluña que no logro recordar. Allí hizo el bachillerato y se llegó a sentir tan asfixiado que experimentó una necesidad imperiosa de huir. No quería ir a una universidad, pero no era esa la única posibilidad de escapar de su pueblo. Jordi tenía una curiosidad enorme por temas como la literatura, el arte, el rock o conocer nuevos mundos. Y tenía una cualidad innata: era un gran dibujante, que hacía cómics y se atrevía con otras variantes más serias del arte pictórico. Con apenas 17 años recaló en Barcelona, donde se buscó un trabajo alimenticio para poderse costear la matrícula en una escuela de Bellas Artes. Hablamos de la Barcelona metropolitana, abierta y cosmopolita de finales de los 60. En aquellos años, la gente joven se movía entre diversas tendencias. Estaban los artistas, los activistas políticos, los rockeros y toda clase de gente alternativa. Y menudeaba la droga, especialmente el haschís, de manera bastante generalizada.

Ese fue el mundo acelerado, arriesgado, apasionante y maravilloso en el que Jordi se integró, totalmente fascinado y convencido de que había dado un paso de gigante desde su realidad pueblerina original. Un salto muy parecido al que yo di al venir de La Coruña a Madrid en 1968. Por eso conectamos tan bien cuando nos conocimos muchos años después. Este pequeño universo activo, revolucionario y divertido, estaba al tanto de lo que sucedía en todo el mundo, con especial atención a los lugares donde se desarrollaban escenarios especialmente rompedores. Y en 1969, uno de esos lugares era Chile. Allí se preparaban elecciones para el año siguiente. El gobierno democristiano de Eduardo Frei, padre, estaba muy debilitado y desprestigiado por diferentes escándalos de corrupción, con la guinda de la matanza de los campesinos okupas de Puerto Montt (ya comentada en un post anterior) y se veía la posibilidad de vencerlo si la izquierda conseguía unirse (algo casi consustancialmente imposible en las izquierdas del mundo). Por una vez, en Chile podía lograrse lo imposible.

Los partidos de la izquierda consiguieron un acuerdo amplio, que englobaba a socialistas y comunistas con otra serie de grupos menores y el apoyo explícito del MIR, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, en el que estaba la gente joven más concienciada del país. Todos ellos constituyeron una candidatura única a las elecciones generales, que se dio en llamar Unidad Popular. Para presidirla, el Partido Socialista propuso al médico y senador Salvador Allende. Y el Partido Comunista, el otro socio mayoritario, ¿saben ustedes a quién propuso? ¿A que no? Pues nada menos que al poeta Pablo Neruda. Con sorpresa he descubierto en mi viaje que la figura de Neruda es más controvertida en Chile que a nivel internacional. Antes de las primarias, Neruda se retiró y dejó el camino expedito a Allende. Según sus partidarios, fue un gesto altruista. Según sus detractores, todo se debió a que le soplaron que tenía serias posibilidades de conseguir ese año, como así fue, el Premio Nobel, posibilidades que pondría en riesgo si insistía en continuar en política. El caso es que Allende fue el candidato y logró derrotar a Frei por un margen muy estrecho. Y empezó a gobernar.

Por entonces, Jordi se movía ya como pez en el agua en los medios trostkistas y de la extrema izquierda. Y, en ese momento, la ocasión que se abría en Chile era un caramelo para ser degustado. Tal vez siguiendo la estela de algún amigo, Jordi se fue a Chile. De esto quiero decir algo también. En ese momento yo era bastante joven y no estaba muy al tanto de estas historias. Pero estábamos en los últimos años del franquismo y, en 1968, mucha gente del rollo antifranquista se fue a París, a vivir la revolución de mayo. Luego, en los primeros 70, la gente se iba a Chile. Y en 1974, muchos se fueron a Portugal a vivir la revolución de los claveles. Aquí ya estaba yo un poco más engagé y vi como algunos amigos míos se iban. En 1975 se murió Franco y ya no hubo que viajar para vivir intensamente nuestra transición finalmente pacífica.

En Santiago, Jordi se integró rápidamente en la vorágine. Encontró ocupación como diseñador de carteles para las convocatorias de los diferentes actos prerrevolucionarios. Estaba permanente ocupado. Cada día llegaban consignas. Hoy hay que cortar el tráfico en la avenida O’Higgins. Después hay una performance frente al Ministerio del Interior. Después a comer algo en cualquier esquina. Deprisa, porque hay nuevas historias vespertinas. Que si hoy okupamos un piso o hacemos unos grafitti. Que si una sentada en la universidad. Que si un concierto solidario con Víctor Jara. Y luego las fiestas hasta la madrugada, la cerveza corriendo libre y también la marihuana. Una delicia para un joven con una curiosidad infinita. Conocen, supongo, la frase atribuida a Talleyrand: Quien no haya vivido antes de la Revolución, no conoce la verdadera dulzura de vivir. Era la frase que dio lugar a la estupenda película de Bertollucci Prima della Revoluzione (1964). Y sucedió lo que siempre ocurre en estos casos: que surgió el amor. Muy poco después de llegar, Jordi tenía ya una novia norteamericana, con la que se fue a vivir en un cuarto, parte de una comuna. Se llamaba Joyce y era también activista trotskista.

Pero la contrarrevolución también avanzaba. Con el país acorralado por el bloqueo económico decretado desde el primer día por Nixon y Kissinger, el régimen hacía aguas por todas partes. La clase media empezaba a estar muy asustada, entre la actividad permanente de la extrema izquierda y los milicos mordiendo el freno. Y los que estaban más disgustados eran la clase alta, lo mismo que sucedería después en Venezuela con Chaves. Pero Jordi estaba en la gloria y vamos a ver muy pronto que era un tipo nada dogmático. En medio de esa vorágine, la marihuana era un elemento clave y Jordi empezó a comprar. Y entonces conoció a un chaval de la clase más alta de todas, que le compraba al mismo camello. Hicieron amistad y el tipo empezó a invitarle a su mansión de vez en cuando y le llegó a coger mucho cariño (Jordi era ciertamente adorable). Cuando me contó todo esto, Jordi se refería a él como mi amigo el facha. Ojo con él porque tendrá un papel central en la historia. Mi amigo iba a casa del facha a descansar de la vorágine. Allí dejaban correr el tiempo fumando y charlando tranquilamente.

Ahora hay que hacer un largo flashback para conocer de dónde había salido Joyce, la flamante novia de Jordi. Nacida en Minnesota de padres de origen noruego que regentaban un ultramarinos, estudió en la universidad local donde ya se vinculó a grupos trotskistas. En esos grupos conoció a Charly, un joven periodista con grandes ideas sobre cómo arreglar el mundo. Como todo izquierdista de verdad, Charly concebía el mundo como una sola patria. Y viajaba todo el tiempo, a donde se pudiera apoyar alguna causa perdida o hubiera una noticia que investigar y vender a los medios afines. Joyce le admiraba pero no era su pareja (siempre en la versión de Jordi). Y se planteó la posibilidad de que la chica se integrara en el núcleo duro del grupo, el que se iba a los países más lejanos. Pero Joyce se encontró con la oposición frontal de su familia, muy conservadora y bastante preocupada por la deriva de su hija. Ante este bloqueo, Charly y Joyce decidieron casarse. El padre de Charly era un magnate neoyorkino y tuvieron una boda por todo lo alto. Sucedió esto en 1968. Charly tenía 26 años y Joyce 24.

Comenzaron entonces una vida nómada de acá para allá. Y, en 1971, llegaron a Chile con su grupo. Según Jordi, eran un matrimonio sólo en el papel y eran libres de buscarse otras relaciones. Poco después, Joyce vivía con Jordi y Charly con su nueva novia Terry, también norteamericana. Fue un tiempo maravilloso para todos. Pero la situación se deterioraba por días, paso a paso, de forma irreversible. Y llegó el 11 de septiembre de 1973. He de aclarar que a los militares no les gustan estas cosas. Ellos actúan cuando se ven requeridos por una oligarquía que ve peligrar su mundo financiero y social. Llegan para poner orden en el desorden. El problema es que sólo saben hacerlo de una manera. Nuestra Guerra Civil fue un golpe militar fallido que se enquistó durante tres años. Una vez alcanzada la victoria, los ganadores se dedicaron a poner orden. Está demostrada la cifra de 200.000 asesinados ya en tiempo de paz. Lo de Chile (como lo de Argentina, Uruguay, Brasil, Paraguay y tantos otros lugares) fue igual de terrible, aunque en ninguna parte se llegó a cifras ni parecidas. 

El 7 de septiembre era viernes. Charly y Terry se fueron a Viña del Mar. Un amigo americano les invitó a pasar el fin de semana y les habló de que andaban por allí unos compatriotas recién venidos de USA. Charly confraternizó con ellos y estuvieron tomando cervezas. Y llegó a una conclusión: los tipos eran de la CIA y estaban allí preparando los detalles técnicos del golpe a punto de darse. El 11 de septiembre era martes. Charly y Terry seguían en Viña del Mar y pudieron ver por TV las imágenes del bombardeo de La Moneda. El 15 pudieron regresar y refugiarse en su casa de Santiago. Pero ya se había puesto en marcha la maquinaria de las desapariciones. El 17 por la noche una patrulla llegó a casa de la pareja y se llevó a Charly. A Terry no la molestaron, porque este tipo de partidas de la porra suelen ser bastante machistas. La guerra es cosa de hombres. Un testigo siguió al jeep en su coche y dijo que lo habían llevado al Ministerio de Defensa. Lo mataron al día siguiente y su cuerpo nunca apareció.

A Jordi le fue a buscar otra patrulla esa misma noche. O tal vez la misma. Joyce estaba sola en casa y los milicos venían a por Jordi. No lo encontraron y se fueron. ¿Dónde estaba nuestro héroe? Sí. Han acertado. Jordi se había refugiado en casa de su amigo el facha y estaba intentando pasar tan duros tragos con la ayuda de la marihuana. Joyce le avisó por teléfono de que le estaban buscando, con nombre y apellidos, y de que se habían llevado a Charly. Ese mismo día, Joyce y Terry empezaron a investigar qué le estaba pasando a Charly, aunque tenían los peores presagios. Contaron su historia en la Embajada Americana, donde les apoyaron en lo posible. Pero la situación era terrible. Cada día desaparecían unas docenas de jóvenes. Joyce y Terry buscaban desesperadas por todos los lugares posibles. Jordi fumaba aterrorizado, bajo el amparo de su amigo. La situación se estaba enquistando y estaba claro que, antes o después, lo acabarían encontrando. Entonces decidió intentar un órdago. Él era español y tenía su pasaporte en vigor. Podía comprarse un billete de vuelta a su tierra e intentar romper el bloqueo.

Y así lo hizo. El día D dobló la ración de marihuana antes de que su amigo le llevara en coche al aeropuerto. Pasaron varios controles antes de llegar a destino. Su amigo lo abrazó, convencido de que no podría salir del país. Muerto de miedo, se internó en el caos de la muchedumbre que abarrotaba el aeropuerto. Llegó al mostrador de los carabineros. Examinaron largamente su billete y su pasaporte. Jordi estaba a punto de explotar o ponerse a dar alaridos. Entonces, como en un sueño, el carabinero le plantó un sello en el pasaporte, le deseó buen viaje y le franqueó el paso. ¡¡De pronto, estaba del otro lado!! El lado de la libertad. Caminó como un sonámbulo sin tenerlas aún todas consigo. Y no se relajó hasta que el avión despegó. Entonces estalló en llanto.

Ya sé que esta parte del relato es increíble, pero tiene una explicación. En aquellos años, no existía Internet. La idea de la transmisión instantánea de la información era algo que ni se soñaba. Les recuerdo que los billetes de avión eran entonces una especie de talonarios con muchas hojas que nunca entendí para que servían. Los milicos estaban buscando a Jordi por todo Santiago. Con nombre y apellidos. Pero, en el caos de esos primeros momentos, no habían cruzado todavía sus datos con los carabineros del aeropuerto. No puedo imaginar otra explicación. Terminaré mi relato en un segundo post que voy a escribir enseguida. No se lo pierdan. Aún queda lo más asombroso.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

787. Y yo pisé las calles finalmente

Yo pisaré las calles nuevamente
De lo que fue Santiago ensangrentada
Y en una hermosa plaza liberada
Me detendré a llorar por los ausentes
De una canción de Pablo Milanés

Escribo ya desde Madrid, como en el post anterior, y hasta ahora he dado una versión amable de la realidad chilena. Va siendo hora de que contemplemos otros perfiles más críticos. Es cierto que me ha encantado visitar este país hermoso, variado y acogedor, pero he hablado mucho con sus gentes y me he podido hacer un retrato más completo que el que se lleva el simple turista. Algunos lectores me dicen que esto cada vez se parece más a la Guía del Trotamundos y reclaman alguna tonalidad menos almibarada. Vamos con ello. Nada más aterrizar en Santiago, uno recoge sus maletas y sale fuera en busca de algún taxi o transporte que le lleve al centro, un trayecto de unos 17 kilómetros. Y, en cuanto atraviesa la última puerta de cristal, aquello es el caos.

Antes de esa salida hay diferentes mostradores desde los que te vociferan ofertas para ver si les contratas. Nuestra interlocutora del Hotel Vegas nos había recomendado la empresa Transvips. Nos acercamos, contratamos un transporte para seis personas con sus equipajes y nos dieron lo que aquí se conoce como una boleta. Estando en posesión de una boleta, digamos que el caos se fragmenta, uno sólo ha de enfrentar una parte de ese caos, la que corresponde a Transvips. Es decir, en una acera estrecha, se arremolinan los grupos de viajeros enarbolando sus boletas y gritando todos al unísono. Un tipo de la empresa trata de controlar el cotarro, pero de vez en cuando llega una furgoneta y no hay un turno o un orden que sea perceptible: unas se estacionan delante, otras mucho más atrás y al que le pille al lado se sube. Y en ocasiones, aparece un tipo trajeado y con autoridad en el porte, al que se apresuran a atender para que se suba el primero. Los demás han de esperar, veinte, treinta, cuarenta minutos, en medio de tremendo guirigay.

Es un caos propio de los países de Latinoamérica que conozco. Por ejemplo, en Bogotá me tocó asistir a la salida del trabajo de distintas empresas y factorías de una zona industrial y pude ver a los diferentes medios privados remoloneando y coqueteando con los grupos, acercando sus autobuses con una puerta abierta, desde la que el mismo conductor vocea ofertas de rebajas. Todos vehículos muy antiguos, que no conocen el concepto ITV, que contaminan un montón, a pesar de lo cual los mantienen con el motor encendido, mientras cortejan a los potenciales viajeros hasta que los dan por llenos o bien desisten de conseguir más viajeros. Nada parecido a un sistema de paradas y horarios a cumplir. Un inciso: Santiago de Chile es, a día de hoy, la segunda capital más contaminada de América, después de Ciudad de México. El hecho de estar encajonada entre altos cerros tampoco ayuda.

En nuestros siguientes pasos por el aeropuerto de Santiago cambiamos a la empresa Argos, que pareció funcionar un poco mejor la primera vez, pero fue el mismo caos la siguiente. Acabamos recurriendo a ir en dos taxis y, en nuestra última visita, alquilamos una furgoneta, que usamos al día siguiente para ir a visitar Valparaiso. En una palabra: el sistema de transporte colectivo en estos países está en manos privadas y no tiene demasiado control público. Las empresas de transporte se lucran de este caos, que la población soporta con estoicismo, y no hacen nada por mejorar la calidad de su servicio, porque les interesa que se mantenga el caos (en Bogotá, la sabiduría popular ha bautizado los vehículos en función de su tamaño: hay el bus, la buseta y el busetón). Un amigo mío trabajaba para ALSA, una de las primeras empresas occidentales de transportes que implantó sus servicios en la China posterior a Mao. Y me contaba que les había costado un gran esfuerzo que la gente entendiera y asumiera eso de las paradas en lugares fijos y el sistema de horarios. Hasta entonces la gente salía al camino cuando le petaba, se ponía en cualquier curva y paraba con la mano el primer autobús que llegara.

Chile es un país en vías de desarrollo, situado en el lugar 43 del mundo por PIB nominal, sólo por detrás de Brasil, México, Argentina y Colombia, en Latinoamérica. Está indudablemente prosperando, es un país ordenado y organizado. Pero ha de quitarse determinadas lacras de su pasado reciente que desde fuera se ven como indicativas de un cierto grado de retraso. El tema del transporte colectivo caótico y en manos privadas es una de ellas, pero no la única: por ejemplo, en todo el país se ven muchos perros vagabundos sin dueño, que corren libres por las calles (incluso en Santiago). Es un asunto que llegó a convertirse en problema en países como Rumanía. No tanto en Chile, donde no parece haber hambre o escasez por ninguna de las regiones que he visitado. Pero es algo directamente relacionado con la recogida de basuras y las mínimas condiciones de higiene viaria.

Chile, por su forma alargada y estrecha, sería un lugar perfecto para establecer un buen sistema de transporte colectivo norte-sur, mediante trenes o autobuses de titularidad pública. Y lo tuvo, con un tren que recorría el país de punta a punta. En Santiago hay una magnífica estación de ferrocarril, con una marquesina de hierro diseñada por el mismísimo Gustave Eiffel. Pero en 1985, un terremoto destruyó una gran parte de la red ferroviaria, que no ha sido reconstruida. Hoy cubre apenas un trayecto de 400 kilómetros. ¿Por qué no se ha reparado? En parte por desidia y porque requiere una inversión pública muy alta. Pero también por la presión del lobby de los autobuseros privados, que tienen buenas conexiones con los sucesivos gobiernos. Hace unos años, una empresa china ofreció construir una línea completa de alta velocidad de punta a punta. Se quedarían su gestión en régimen de concesión durante diez años y luego se la cederían al Estado chileno en condiciones bastante ventajosas. Pero el Gobierno se lo estudió y dijo que no. Pudieron más las presiones de los lobbies. Lo mismo sucedió con el proyecto de extensión del Metro de Santiago al aeropuerto, ahora mismo pospuesta con carácter indefinido.

Son rasgos de un cierto tercermundismo. Chile no es Birmania, obviamente, pero sus índices de corrupción o de transparencia distan mucho de ser los de un país europeo. Los gobiernos más democráticos tienen una larga lucha por delante para mejorar esos índices. Y habría que hablar también de la polarización social. Hay una clase alta que vive muy bien, descendiente de los españoles que colonizaron el país y una clase baja que vive bastante mal, aunque ya he dicho que no vi hambre ni miseria por ninguna parte. Aquí encuadraríamos a la población india. Los diferentes pueblos que conviven en Chile tienen vagas reivindicaciones étnicas, en algunos casos muy acusadas, como entre los mapuches, que tienen algunos grupos radicales que han llegado a quemar iglesias, porque ellos siguen creyendo en la diosa tierra, a la que conocen como la Pachamama. Entre ambos grupos sociales extremos hay una clase media amplia y urbana que sufre los extremismos de ambos y cuyos votos se inclinan a un lado o a otro del espectro político en función del talante y la personalidad de los candidatos. Es esta una población que vive sobre todo en las ciudades (8 millones en Santiago), que trabaja, madruga, toma cafés a media mañana y discute sobre las noticias de prensa.

Pero tengo que hablarles ahora de un sector muy concreto: el ejército. Chile es un país con un alto grado de militarismo, tal vez inducido por la influencia alemana. Los llamados por la gente milicos son un poder a tener muy en cuenta. En Chile, según nos contaron, un milico (o un policía, o un carabinero) se puede jubilar a los 38 con una pensión de por vida mucho más alta que la de cualquier trabajador por cuenta propia o ajena. Y, lo más escandaloso, puede simultanear esa pensión con un empleo, más o menos encubierto, en ocasiones en el mismo sector de la seguridad en el que antes trabajaba, donde puede hacer valer su experiencia. Determinados gobiernos han favorecido la externalización de ciertos servicios de seguridad a compañías dirigidas o participadas por antiguos servidores públicos. Otro dato que envenena el ambiente y que tendrían que ir corrigiendo.

Los militares y los policías no bromean en este país. Y, por el otro extremo, ha habido muchas veces grupos revolucionarios que se han pasado bastante. Pinochet no era un loco que surgió de la nada. Por el contrario, representaba a un sector de la población que demandaba orden, en un momento en el que consideraban que ese orden estaba en peligro o no existía. Algo parecido dice sobre Franco un historiador que ha estudiado su figura y sobre el que ayer apareció un artículo en El Mundo que me parece muy bueno (pueden leerlo AQUÍ). La historia reciente de Chile supongo que todos la conocen. En 1970 llegó al poder Salvador Allende, médico socialista que formó un gobierno apoyado por la Unidad Popular, una agrupación de partidos de izquierda, más o menos radicales. Era alguien muy popular y muy querido, pero le sucedió lo mismo que a la República española. Que no le dejaron completar su programa. Está demostrado históricamente que Henry Kissinger y la CIA se aprestaron desde el primer día a organizar un boicot económico sistemático, que terminó por asfixiar al país. Allende apenas pudo nacionalizar el cobre y esbozar una incipiente reforma agraria. Además, los sectores más revolucionarios no ayudaban, como suele suceder, iban a su bola y no se bajaban de sus propuestas de máximos.

El 11 de septiembre de 1973, fue un día funesto para Chile y para todo el mundo civilizado. Yo vivía en ese momento en un piso en la urbanización Saconia, después de haber convencido a mi padre de que podía seguir estudiando sin vivir en un Colegio Mayor, algo que mis hermanos mayores no habían siquiera intentado. Recuerdo el día, recuerdo los carteles que pusimos en la Escuela de Arquitectura. Pinochet había dado su golpe, al frente de las tres ramas del ejército, más los carabineros. Todo el mundo en Chile sabe que a Allende lo mataron, tras defender heroicamente el Palacio de la Moneda, sede del Gobierno. Y que también mataron de alguna forma a Pablo Neruda, unos días después. Y que en ese punto empezaron las desapariciones. Más de 3.000 personas fueron ejecutadas hasta que, en 1990, Pinochet dejó el poder tras perder un plebiscito que esperaba ganar a toda costa. Uno de los gobiernos democráticos posteriores organizó una Comisión de la Verdad, que, en sus conclusiones, cifró en 40.000 las víctimas, entre muertos y afectados de cualquier forma.

Frente al Hotel Vegas donde yo me alojé en Santiago, está el edifico Londres-38, el primer y principal centro de detención y tortura de la DINA, la siniestra policía política de Pinochet. Hoy es un centro dedicado a la memoria de estas víctimas, la mayoría jóvenes del MIR. En la calle, frente al edificio hay una serie de placas metálicas intercaladas entre los adoquines del piso con los nombres y las edades de los desaparecidos. El Estadio Nacional fue habilitado como centro de detención masiva (allí estuvo el cantautor Víctor Jara, entre otros, hasta que lo mataron también). Hay detalles de todo esto en los libros de Historia y en las wikipedias. Un asunto que me afectó mucho en su día y que todavía recuerdo con pavor. Por eso me hice la foto que ven abajo, junto a la estatua de Allende, frente al Palacio de la Moneda.


Algunos chilenos me contaron anécdotas de los últimos momentos de Allende. Aparte de su talla personal y política tenía dos cualidades menos conocidas. La primera, un sentido del humor permanente; estaba todo el día bromeando con sus colaboradores que lo llamaban El Chicho; era un cachondo. Y la segunda: un arrojo extremo; este señor no conocía el concepto de miedo. Eso explica que, cuando empezaron los bombardeos al Palacio, el tipo se calzara un casco y se pusiera al frente de sus defensores. Había otros médicos con él, entre ellos el doctor Gijón, compañero de la facultad. Este ha contado que, en algún momento del asedio, se preguntaron dónde estaba el Presidente; no lo veían por ningún lado. El doctor Gijón lo reconoció finalmente, tumbado en el suelo y asomado por un hueco de la fachada disparando su fusil. Asustado, lo agarró por las piernas y lo jaló hacia atrás a rastras. Allende soltó una puteada: me cago en tus muertos. Luego, al reconocerlo, añadió: –Ay, perdona, Gijoncito. Mira que ya te dije yo que esto era más grande de lo que nos imaginábamos.

Otro de sus colaboradores, el catalán Joan Garcés, que sigue dando conferencias sobre este período de su vida, ha contado que tenían puesta la música y estaban escuchando a Joan Manuel Serrat, cuando alguien trajo la información de que Radio Magallanes no había sido tomada todavía por los facciosos y que tenían conexión directa con ellos. Entonces el presidente se puso al micrófono e improvisó allí mismo su conocido último discurso al pueblo de Chile. Un discurso emotivo que pueden encontrar transcrito en la Wikipedia y hasta en audio en Youtube, y que terminaba con estas palabras: –Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas y por ellas pasará el hombre libre para construir una sociedad mejor. Palabras proféticas, por fortuna. Así que yo pisé las calles finalmente, de lo que fue Santiago ensangrentada, y en una plaza limpia y soleada, me fotografié ante la estatua del ausente.

Termino con un anuncio. En el siguiente post voy a contar una historia relacionada con ese momento histórico concreto, que atañe a un amigo mío al que hace tiempo perdí la pista. Es algo que no he contado nunca a nadie, porque soy respetuoso con la privacidad de los demás (ya lo era antes de que existiera la Ley de Protección de Datos). Durante años he tratado infructuosamente de comunicarme con él para pedirle permiso para contarlo. Y por fin, tras visitar Santiago, he decidido escribirlo adjudicándole un nombre camuflado. Es un asunto con muchas componentes, pero me parece que todas ellas encajan en la línea de este foro. Y creo que puede ser un auténtico highlight del blog. No se lo pierdan. Y sean buenos.

viernes, 16 de noviembre de 2018

786. El enigma Rapa Nui

Viajar a Isla de Pascua es acceder a un lugar de resonancias épicas, legendarias, fabulosas. Estamos hablando de una isla de 163 kilómetros cuadrados, menos de la tercera parte de la superficie del municipio de Madrid. Y situada en medio de la nada. Dista de la costa chilena unos 3.700 kilómetros y, junto con Hawai y Nueva Zelanda, conforma el gran triángulo de la Polinesia, formado por tres lados de unos 7.000 kilómetros cada uno. El lugar habitado más cercano es la solitaria isla de Pitcairn, a más de 2.000 kilómetros. ¿Les suena de algo ese lugar? Se lo voy a recordar. Tal vez ustedes, como yo, cuando eran casi unos adolescentes, tuvieron la oportunidad de leer la trilogía de novelas que narraban la odisea del motín a bordo del Bounty. 

El primer libro se llamaba Rebelión a bordo y narraba el motín que lideró el marinero Fletcher Christian contra el tiránico capitán Bligh. El segundo, Hombres contra el mar, contaba en detalle la odisea del capitán, abandonado a su suerte en un bote junto con los que se le mantuvieron fieles, con los mínimos alimentos como para vivir unos pocos días. El tercero, La isla de Pitcairn, contaba la deriva de los once amotinados que se llevan el barco, arriban a Tahiti y desde allí se van con algunas novias locales a la isla que se cita en el título. Marlon Brando interpretó a Christian en una actuación inolvidable, en la película llamada precisamente Rebelión a Bordo, que yo vi incontables veces. Incluso intentaba imitar sus gestos todo el tiempo.

Volviendo a la Isla de Pascua, se trata de un lugar cuya única vía de acceso son los vuelos desde Santiago de Chile, uno diario y tres días a la semana reforzados con un segundo. El vuelo, de unas cinco horas, llega a un aeropuerto enano, en el que el piloto desciende casi hasta el mar para apuntar bien y entrar por un extremo de la única pista. Enseguida ha de frenar duro para no salirse por el otro lado y caer al agua. De todas formas, este no es el aeropuerto en el que he pasado más miedo en mi vida aterrizando, honor que sigue ostentando el de Melilla. Toda la Isla de Pascua es parque nacional y Patrimonio de la UNESCO así que, nada más llegar, hay que comprar en el mismo aeropuerto la entrada al parque, que vale 80 dólares y que te van sellando en los sucesivos lugares de interés que se van visitando. Allí nos esperaba Rocío, una chilena que nos puso unas guirnaldas de flores al cuello y nos llevó en una furgoneta a las cabañas Hinariru Nui, donde hicimos el check-in y nos hicieron entrega de dos jeeps para movernos por el lugar. Se nos advirtió que en la isla no hay seguros, por lo que cualquier desperfecto en los coches habríamos de pagarlo de nuestros bolsillos.

Es una advertencia oportuna, porque las carreteras son infernales y por la isla circulan libremente grupos de vacas de la ganadería local y cientos de caballos libres, que cruzan por donde quieren. Se pueden imaginar que, a nivel de suministros, la cosa está bastante cruda. En los supermercados hay una oferta escasa y mala. Los restaurantes tiene mejores productos, pero hay que tener cuidado de que no te estafen. Las montañas son onduladas, la isla es de origen volcánico y pueden distinguirse claramente los tres cráteres de los volcanes que la originaron, generando su forma triangular. Como uno llega al mediodía, te explican un programa para hacer en esa tarde, que es bastante decepcionante. Uno viene aquí a ver los moais y la conclusión de esa primera visita vespertina es como el chiste del cazador: moais, lo que es verlos, no hemos visto ninguno, pero había un olor a moai que echaba para atrás.

El segundo día se hace una segunda excursión en la que se va entrando en contacto con diferentes moais, todos tumbados y con la nariz contra el suelo. Y entonces se llega al lugar denominado Rano Raraku, la cantera de los moais. Y uno se cae de culo ante tanta belleza. Porque este es otro de esos lugares mágicos que, como los glaciares del sur, merecen de largo la pena de viajar hasta un lugar tan recóndito. Es que uno no puede hacerse a la idea de lo que es este lugar a través de fotografías. Como sucede con el Partenón y otros lugares, hay que ir allí y ver el conjunto en su entorno natural, para hacerse una idea de lo grandioso del lugar. No obstante, aquí les pongo una selección de fotos.







Y aquí entra en escena el misterio del lugar. Porque los primeros occidentales que llegaron a las costas de la isla, encontraron a una sociedad depauperada, con la isla arruinada y deforestada, sobreviviendo apenas en cuevas y con graves problemas de alimentación. Y con TODOS los moais derribados hacia adelante, con la nariz enterrada en el suelo. Todos excepto los de la cantera, que están ahora exactamente igual que fueron encontrados. ¿Qué había sucedido? Pues no hay una explicación que pueda darse por cierta, porque sólo se pudo acceder a los relatos orales, siempre confusos, de los nativos empobrecidos que sobrevivieron al desastre político, social y ecológico que parecía haber sufrido la isla. Teorías hay muchas. Una etnia erigió los moais y luego llegó a la isla otra que destruyó esta civilización, les derrotó y tiró abajo los moais para humillarles aun más. O bien, hubo una competición a ver quien los construía más altos y eso consumió los recursos naturales, especialmente la madera, induciendo a la debacle del ecosistema. O llegaron unos extraterrestres que se cargaron a los pobladores originales. O los propios pobladores originales eran extraterrestres y los nativos los combatieron ferozmente hasta acabar exhaustos tras exterminarlos.

Después de ver el lugar y hablar largamente con sus gentes, yo tengo una teoría (que es sólo eso: una teoría, pero de la que estoy bastante convencido). El pueblo rapa nui fue siempre uno solo, que llegó a la isla en canoas precarias, proveniente de algún lugar de la Polinesia (sus rasgos lo confirman). Parece demostrado que esta llegada tuvo lugar en torno al Siglo X. Thor Heyerdhal demostró en 1956 que era posible alcanzar la isla en una balsa de madera, en la famosa aventura de la Kon-Tiki, llamada en la lengua rapa nui Aku-Aku. Parece claro también que la civilización que instauraron y en la que se erigieron los moais, duró hasta bien entrado el Siglo XVI. Los rapa nui tenían al parecer un rey, el ariki, descendiente directo de los dioses. En un primer momento pensé en una especie de revolución laica contra ese poder divino, similar a la que encabezó Amenophis IV en Egipto, el faraón disidente que acabó con todos los símbolos divinos y hasta se rebautizó como Akenathon. Pero la explicación a la que he llegado finalmente es mucho más sórdida y descorazonadora.

El pueblo rapa nui se dividía en diferentes clanes, a pesar de su origen común. Y surgieron entre ellos las rencillas, el odio y en definitiva, una cruel guerra civil, en la que cada clan derrotó alternativamente a los otros, de forma que finalmente todos acabaron arruinados y con sus moais derribados. Un inciso: derribar un moai no es algo sencillo. Por el contrario, exige un trabajo y un esfuerzo casi igual que el de erigirlo. Esto no fue una casualidad, sino un exterminio mutuo minucioso y sistemático. Una especie de autogenocidio. Cada aldea disponía de una hilera de moais levantados de espaldas al mar y mirando a la propia aldea. Estos moais, honraban a sus difuntos y eran el símbolo del poder del clan. Tenían unos ojos de color blanco, esculpidos en coral, y una pupila roja de escoria de los volcanes. Su mirada no se despegaba de los habitantes de la aldea a los que oficialmente transmitía el mana, la energía vital para seguir viviendo (y supongo que, también, eran un elemento vigilante del mantenimiento del orden y las buenas costumbres). Por eso el furor de los enemigos en derribarlos cara al suelo, para cortar el flujo del mana y derrotar doblemente a sus protegidos. Y por eso no se molestaron en derribar a los de la cantera, que no tenían aun su ojos operativos. Aquí pueden ver un moai reconstruido por completo. Unos ojos realmente inquietantes.


Así que esta es la alucinante historia. En el siglo X unos polinesios arriban a un lugar que es la tercera parte de la ciudad de Madrid y aislado en medio de la nada, a miles de kilómetros de cualquier otro lugar habitado. Llegan a un paraíso y en unos pocos siglos, reproducen en una especie de minúscula maqueta toda la historia de la Humanidad. Desde Caín y Abel, hasta episodios tan siniestros como nuestra Guerra Civil. Se matan entre ellos, arruinan el medio natural, agotan el entorno ecológico y se van a la mierda de forma clamorosa e irreversible. Para hacérnoslo mirar. Hasta dónde puede llegar la locura humana. Y eso es lo que está sucediendo ahora mismo (salvando las distancias) en Podemos Madrid. Realmente deprimente.

Vayamos ahora con algunos aspectos técnicos. Los moais eran tallados in situ en la cantera única de la isla, en donde había una piedra volcánica muy porosa y fácil de trabajar. Pero, en pleno Siglo X y siguientes, estas gentes estaban aún en la edad de la piedra. No conocían los metales. Usaban para esculpir sus gigantescas estatuas una  especie de lascas de basalto muy duro, de las que se conservan muchas, que se pueden ver en el único museo de la isla. Tallada la estatua, había que ponerla de pie, para lo que se recurría a cuerdas trenzadas con lianas de los bosques. Y luego había que trasladarlas a su ubicación definitiva, junto al mar y mirando hacia adentro. ¿Y cómo se hacía esto? Recuerden que estamos hablando de unos bichos de unos 11 metros de alto y más de 80 toneladas de peso (en la cantera se encontró uno a medio esculpir de 21 metros, que es conocido todavía como El Gigante). 

Durante años se especuló con que los rodaban sobre troncos de madera y que de ahí vino la severa deforestación. Ahora se tiende a pensar en otra cosa. Las estatuas tienen unas hendiduras pronunciadas en las cuencas de los ojos y bajo la nariz. Aquí se ajustaban sendas cuerdas de las que  grupos de nativos a ambos lados tiraban alternativamente, induciendo un movimiento similar al que se hace cuando se quiere desplazar una pesada nevera, y parecido también al desgarbado paso de los pingüinos. Un movimiento lento pero que no ponía en peligro la integridad de la escultura, hecha en una piedra de cierta fragilidad. Ya en el emplazamiento definitivo, se le añadían los ojos de coral, las pupilas de escoria y unos tocados altos de la misma escoria, que equilibraban la proporción. En el otro extremo de la isla se puede encontrar la segunda cantera, la de la escoria rojiza, donde quedan sombreros de los moais. Eran cilíndricos, lo que permitía trasladarlos rodando.



Existen también otros lugares de interés en la isla, en donde se han vuelto a poner de pié algunos moais. Thor Heyerdhal levantó algunos. Una expedición científica japonesa repuso una hilera completa en su disposición original, mirando hacia adentro de la isla, que se puede contemplar en Tangariki. Y hay otra hilera más en el lado opuesto de la isla, junto a la playa Anakena, estos tocados con sus sombreros reglamentarios. Aquí unas imágenes de ambos grupos.


Y qué pasó cuando llegaron los occidentales. Pues, como de costumbre, que las cosas fueron a peor. Esclavistas peruanos se llevaron a miles de nativos para venderlos en el puerto de El Callao. La sífilis y el alcoholismo hicieron el resto. En torno a 1890, el Estado de Chile adquiere la isla. En ese momento quedan unos 100 rapa nuis. Chile libró a los nativos de la amenaza de la esclavitud. Pero sólo para confinarlos en una especie de reserva en un extremo de la isla, en donde actualmente están el pueblo más grande, Hanga Roa, y también el aeropuerto. El resto de la isla lo arrendó a una compañía ganadera británica, que la llenó de ovejas. Durante la primera mitad del Siglo XX, Isla de Pascua fue el principal proveedor de carne de toda Latinoamérica, carne que se exportaba primero en barcos y luego en aviones. Durante la Segunda Guerra Mundial, Chile intentó vender la isla al mejor postor, ofreciéndola a los nazis, los japoneses y los yanquis. Todos le concedían una importancia estratégica de primer orden. Pero la codicia y el chalaneo del gobierno de Chile hizo que finalmente los tres compradores potenciales se mosquearan y eso frustró la lucrativa operación. Los rapa nui sólo pudieron librarse de su confinamiento y tener libertad para moverse por toda la isla en 1965. Hasta ese año tan reciente, en las escuelas de la reserva se enseñaba sólo en español.

Es decir, que el pueblo rapa nui se ha librado hace nada de esa calamidad histórica que les perseguía desde que se mataron entre ellos y se derribaron los moais unos a otros. En 1995 la isla fue declarada íntegramente Patrimonio de la Humanidad. Pero el dinero que da la UNESCO para su conservación lo administra íntegramente la región de Valparaíso, a la que está asignada. Los 80 dólares de la entrada al parque sí se reinvierten en su conservación, pero sólo desde hace año y medio. Es entonces cuando se cedió la gestión del parque a la administración local autónómica. Hasta entonces, se cobraba una entrada que valía para tres días. Los rapa nui la han subido mucho de precio, mediante el truco de hacerla válida para diez días (nadie se queda allí diez días) Y permiten repetir todos los enclaves cuantas veces quieras, con una sola excepción: la cantera Rano Raraku, es decir, lo que todos repetiríamos si nos dejasen.

Ahora mismo viven en la isla 8.500 habitantes. Más o menos la mitad son rapa nui. El resto, chilenos, norteamericanos y europeos que gustan de vivir en un lugar como este y no sufren de claustrofobia insular. Estos regentan bares y chiringuitos, viven de los turistas y montan grandes juergas nocturnas, como en cualquier lugar tropical. La gasolina que surte a las dos gasolineras que hay cerca del aeropuerto proviene  de unos tanques que se rellenan periódicamente. Viene un barco petrolero y un buzo se sumerge y le enchufa un tubo directo a los depósitos. Hace apenas dos años que tienen Internet y, como ya les dije, de una calidad bastante mala. No hace falta que diga que los rapa nui no se sienten chilenos para nada, sino polinesios. Sus señas de identidad son ahora respetadas, la enseñanza es bilingüe y todos son moderadamente independentistas, una aspiración legítima (no como la de otros que se inventan que les están puteando). Es algo que te dicen con la boca pequeña y con mucha cautela porque son conscientes de las dificultades que tendrían si siguieran solos. Su prioridad ahora es que la gente joven se forme, acuda a universidades lejos de la isla y practique deportes, porque el alcohol y las drogas son una amenaza cierta y se ve por allí a tipos muy pasados.

Hay muchas más cosas que contar de este lugar tan singular, pero no quiero alargar más este texto. Toda la costa es de altos acantilados, excepto una playa (Anakena) de arena muy blanca, en la que nos dimos un buen baño para probar las frías aguas del Pacífico. Los caballos son libres, tienen pastos para aburrir y forman parte del paisaje de la isla al que le dan un punto de belleza más acentuado. Sin embargo, constituyen un problema en potencia, porque sólo un 10% son utilizados para tiro o para carne y el resto empiezan a estar en situación de sobrepoblación. Me aprendí dos palabras en el idioma rapa nui: Iorana (Hola) y Mauru-ru (Gracias).

Y tuvimos ocasión de participar en el festival anual de la lengua rapa nui, el Mahana Ote Re’o. Allí, al ritmo de los ukeleles enloquecidos, bailan los adolescentes de los diferentes colegios. Es una versión menor del Tapati, el gran festival de la cultura polinesia que se celebra en febrero. Grabé varios vídeos con el móvil, pero no sé cómo subirlos al blog. A cambio, les pongo uno de hace dos años que está colgado en Youtube. Para verlo han de pinchar AQUÍ. Dura media hora y no hace falta que se lo vean entero si no les interesa, aunque es vistoso y deja muy claro que esta gente no son chilenos, sino polinesios. Hay una larga introducción, más o menos hasta el minuto 4. Es el momento en que entra la banda de ukeleles desbocados que inician el baile más frenético. Siguen después diversas canciones y coreografías. Este año la cosa no era muy diferente. Toda la gente se concentraba ante el escenario y coreaba las canciones, entre chiringuitos con fritangas, en una fiesta popular que dura todo el día.

Es cuanto puedo contarles de mi visita al remoto paraje de la Isla de Pascua. Les deseo un feliz y descansado fin de semana de otoño.