lunes, 21 de abril de 2014

247. Saliendo de la crisis, o así

Que sí, que vale, que bueno, que ya estoy acá de nuevo, que ya lo sé, que he estado unos cuantos días sin subir nuevos textos, pero es que era Semana Santa, coño, y tendremos que descansar un poco, digo yo. No me vendrán ahora con que ustedes no han hecho ayuno y abstinencia de blog, porque yo entraba de vez en cuando y me encontraba que, en vez de las cifras habituales en torno a las 70/80 visitas diarias, la cosa no pasaba de 10/15. Son cifras engañosas, porque cuenta como una visita cada vez que alguien entra al blog, comprueba que no hay nada nuevo y se sale otra vez. Pero, engañosas y todo, sirven a efectos comparativos. Así que no me acusen de descuidar el blog en fiestas, que ustedes han hecho lo mismo.

Estas fiestas no me producen tanto rechazo como las de Navidad, porque son más cortas. Una semana de lapsus es un tiempo tasado y razonable, que viene muy bien después del trimestre de invierno y no es tan hartizo como las tres semanas de la zambomba. Las procesiones son un festejo arcaico, aburrido, que cada vez suscita menos fervor, como las corridas de toros, pero los veteranos como yo hemos conocido tiempos en que no había muchos más acontecimientos sociales, y las procesiones y desfiles eran lugares de esparcimiento mixto, donde alternar y pegar la hebra con la gente. Uno pillaba sitio y, mientras esperaba la llegada de los pasos, intercambiaba miradas y guiños con las mocitas del otro lado, a ver si se reían o se ruborizaban o mandaban de vuelta alguna señal esperanzadora. Entre la gente diez años mayor que yo, hasta sé de algún caso que acabó en matrimonio.

No he salido fuera en estos días de fiesta, lo que me ha permitido disfrutar de la ciudad sin atascos ni aglomeraciones, porque, después de varios años de crisis, esta vez sí que se ha ido mucha gente a la playa o a donde sea. Hay que tener en cuenta que este trimestre de invierno ha sido largo, sin puentes y con un tiempo tirando a gallego (yo he estado encantado). Y, por primera vez en años, no ha diluviado en Semana Santa. Mira que la iglesia se empeña en jugar al escondite con el calendario, de forma qué es imposible saber cuándo va a caer la Semana Santa. Pues, a pesar de ese truco, Dios les manda regularmente un diluvio, para dejar claro que no le gusta nada esa exhibición de idolatría que son las procesiones. Todos los años los telediarios nos muestran la misma murga de los cofrades llorando porque no pueden sacar a pasear las imágenes, después de estar todo el año preparándose.

Yo creo que este año Dios se ha despistado y no ha mandado el diluvio hasta la noche del último día, cuando ya estaba todo el pescado vendido. O a lo mejor, es que los ha dejado por imposibles, después de dos milenios de procesiones pasadas por agua. La cosa es que el tiempo era perfecto para salir y la gente tenía mucho síndrome de abstinencia. Se ha notado, no sólo en el Madrid vacío, sino en la vuelta de los atascos kilométricos y el aumento del número de accidentes. Pero los de siempre se apresuran a decir que éste es un síntoma más de que ya estamos saliendo de la crisis. Es curioso ese empeño del gobierno de Rajoy en asegurar que ya estamos fuera, que todo va viento en popa, cuando en la calle nadie lo nota.

Vean aquí al lado la interpretación de Forges, genial, como siempre. No es el único que se chotea del asunto. Miguel Ángel Aguilar, siempre agudo y preciso, dice en un artículo reciente, que nadie ve esas supuestas mejoras de la macroeconomía, ni siquiera los miembros del gobierno. Lo que sucede es que estos últimos las barruntan. En este momento desde el gobierno nos insisten en que ya se ve la salida del túnel, pero nosotros miramos a todos lados y no vemos nada. Este curioso fenómeno me trae a la memoria las dos historias que les cuento aquí abajo.

La primera, me remite a una persona muy querida, que no voy a identificar, que en un momento dado se pilló una depresión de caballo, de las llamadas endógenas (sin un motivo identificable), por la que tuvo que ser ingresada en un hospital. Sus amigos íbamos a visitarla con regularidad y apreciábamos sus progresos semana a semana. Los apreciábamos, digo, en su forma de hablar y en el brillo creciente de sus ojos, porque su discurso era siempre el mismo: estoy fatal, tengo una depresión de caballo. Al principio, nos lo decía con ojos opacos y un hilo de voz. Más adelante, con serenidad y sosiego. Después empezó a sonreírnos y a decírnoslo con una especie de resignación esperanzada. Ella se seguía viendo igual, pero su tono era cada vez más alegre, enérgico y animoso.

La última vez que la visitamos en el hospital, nos recibió a carcajadas. Apenas podía hablar de la risa. Fijaos si son mantas estos médicos –consiguió decirnos –que dicen que ya estoy curada, ja, ja, ja, y yo tengo una depresión de caballo, ji, ji, desde luego es que no se enteran, ju, ju, ju, curada, dicen, con la depresión que tengo. Al día siguiente le dieron el alta. Ya saben que soy un optimista inveterado y recalcitrante, pero a mí esto de la supuesta mejora de la economía española me da la misma risa que a la persona de que les hablo. Ojalá el resultado final sea el mismo.

La otra historia (me la contaron como cierta, aunque tiene pinta de ser una leyenda) nos remite a los tiempos de la mili, cuando los reclutas de la milicia universitaria debían recibir clases de diversas materias para completar su formación antes de acceder al grado de alférez. Las clases eran de materias variadas, como Física, y, en ocasiones, la falta de profesores bien cualificados llevaba a la tarima a algún sargento autodidacta que daba lecciones cuando menos pintorescas. Se cuenta de cierto chusquero que solía explicar el concepto físico del momento de inercia con el siguiente ejemplo práctico:

“Imaginen ustedes que viajan en un autobús a toda marcha. El autobús se mueve, y también ustedes, dentro de él, a la misma velocidad. Pero, de pronto, el conductor da un frenazo, porque observa un obstáculo próximo, como un perro que se cruza. El autobús se para bruscamente, pero ustedes se siguen moviendo hacia delante, unos instantes, hasta que se paran también. ¿Por qué? Pues por efecto de la inercia. Es decir, que hay un MOMENTO en el que el autobús ya está parado, pero los pasajeros se siguen moviendo, por efecto de la inercia. ESE es el momento de inercia” –concluía satisfecho.

Lo dicho: estamos ya saliendo de la crisis. El gobierno lo barrunta. Pero nosotros no lo notamos por culpa del momento de inercia. Les mando mis mejores deseos.

martes, 15 de abril de 2014

246. España no os roba: CiU os estafa

Los políticos suelen incurrir en un síndrome típico de la gente que pilla poder: el de creerse que todo vale, que se van a salir siempre con la suya y que sólo tienen que ser lo bastante cabezotas para forzar la realidad y acomodarla a sus intereses. Eso los lleva con frecuencia a perder el contacto con el mundo real. Es un síndrome que comparten con los asesinos en serie, con perdón (a los asesinos). Quiero decir que, a veces, cuando se encuentran en un apuro, se les va la olla pa’ Camboya y, cuanto más lo quieren arreglar, más la joden. Antes era más fácil conseguir que todo el mundo se creyera que lo blanco era negro. Ya saben, supongo, la maña que se daban los retocadores de fotos de Stalin a la hora de eliminar de ciertas imágenes a los tipos que iban cayendo en desgracia. Sin photoshop ni nada. Pero ahora, la gente va con sus smartphones, toma fotos y al momento las están viendo hasta en las antípodas.

No hay derecho, hombre, esto no mola, los poderosos tenemos que cogérnosla con papel de fumar y ya no podemos ir avasallando al personal libremente, ahora tenemos que tener un cuidado de la leche, porque, al menor descuido, te fotografían en un mal paso y te hunden la carrera política. Acabo de leer que a Luis Bárcenas lo han castigado en la cárcel a 140 días sin paseo, por insolentarse sucesivamente con una serie de funcionarios y guardias civiles que procedían a llevarlo al hospital penitenciario a petición propia. Parece que le intentaron poner unas esposas, como manda el protocolo, y el tipo se resistió al grito de: “¿Saben ustedes con quién están hablando? ¡Que yo no soy un delincuente, hostias!”

Las cárceles ya no son lo que eran. Hace 36 años Albert Boadella pidió también que lo trasladaran al hospital penitenciario. Entonces no había ni protocolo ni nada. Una vez en el hospital, el tipo se disfrazó de enfermera, maquillaje incluido, salió por la puerta y se largó a Francia. Eran años en que los catalanes y los maquetos como yo, nos carcajeábamos al unísono con historias como esta. Fíjense cómo han cambiado las cosas, que el señor Boadella ya no puede volver a Barcelona ni vestido de lagarterana. A los catalanes y a los maquetos ya no nos hacen gracia las mismas cosas. Boadella, que era una especie de héroe de la transición, se ha tenido que venir a Madrid y pedirle un puesto a Esperanza Aguirre.

Nunca he dudado de que Esperanza es (o era) muy lista. Hace falta un cierto sexto sentido para saber que Boadella aceptaría su oferta de trabajo, en una alianza que no aporta beneficio alguno a la imagen del cómico, y sí, muchos, a la suya propia. Unos meses antes, nadie en su sano juicio podía imaginar que Boadella aceptaría semejante puesto. Sin embargo, ella lo supo. Antes que nadie averiguó que detrás de ese rasgo burlón había un fenicio dispuesto a vender su alma a cualquiera que le pagase por hacer lo que le gusta; alguien a quien su imagen pública le importa un rábano, un bufón capaz en su día de vestirse de Gracita Morales para evitar los dos años a la sombra que tuvieron que pasar los demás miembros de su compañía.

He puesto “es (o era)”, porque nuestra ex presidenta es un caso claro del síndrome del que hablaba al principio. Ya conocen la historia, el asunto ha sido tremending topic y los periodistas han aguzado su ingenio para buscar titulares adecuados al despropósito: “Aguirre, la cólera de Dios”, “Tocata y fuga de Esperanza” “Aguirre and Louise” y otros similares. Está claro que esta señora ha perdido la relación con la realidad. Después de tantos años de moverse en coche oficial, ha vuelto a circular con su Toyota y resulta que la ciudad  ya no es la misma de hace veinte años. Ahora hay lugares donde no sólo está prohibido aparcar, sino también detenerse. Y si un policía te está multando, no puedes largarte y menos tirarle la moto. Encima, en su paranoia, se embarcó en una sarta de explicaciones delirantes. Sólo le faltó decir que el policía era un ultraizquierdista camuflado, miembro en sus ratos libres de los Bukaneros del Rayo. Menos mal que estaba en Madrid y no en Barcelona. Allí la hubieran “reducido” los Mossos d’Esquadra, que tienen un peligro acojonante.

Al final acabamos siempre en Cataluña, qué hartura. Artur Menos y sus huestes han perdido también la relación con la realidad y huyen hacia delante. Sólo eso explica que se hayan creído el informe de los expertos que ellos mismos han pagado, y que se analiza en el artículo que les pongo aquí: http://blogs.elpais.com/cafe-steiner/2014/04/secesion-de-terciopelo-adhesion-de-terciopelo.html. Cuando a uno le encargan un informe, bien se cuida de hacerlo al gusto de quien le paga por él, que la pela es la pela, escolti, aquí y en Barcelona. Aunque no se lo crean, yo ya estoy bastante relajado con este tema. Quiero decir que ya ha entrado tanta gente de peso a dar opiniones en sintonía con lo que yo vengo repitiendo desde el inicio del blog, que queda poco por añadir. Los fundamentos históricos  o culturales del secesionismo son falsos, y a nivel práctico es una barbaridad que se separen, pero allá ellos. Si son tan cortos como para que el señor Menos se los lleve a una ratonera, como el flautista de Hamelín, pues adelante.

Aún me queda un resto de esperanza (que no Aguirre) en el seny del pueblo catalán. Ejemplos no les faltan. Los quebecoises, una vez que han conseguido el máximo grado de autonomía política y financiera posible, han votado mayoritariamente contra la separación del Canadá. Y los flamencos, a las puertas de conseguir lo mismo (el próximo mes de julio), ya han anunciado, por boca del presidente del principal partido separatista, que renuncian a la independencia. Los catalanes están ya bastante cerca de ese nivel, les faltan sólo algunos flecos financieros y fiscales. Y lo rebasan ampliamente en el tema lingüístico: en ninguna parte del mundo se prohíbe la enseñanza en el idioma que hablan mayoritariamente sus ciudadanos. Ni siquiera en Letonia se prohíbe la enseñanza en ruso. Por lo demás, el IRA entregó sus armas a cambio de un nivel de autonomía menor que el que tiene aquí cualquier comunidad.

El problema es que los catalanes iban por la misma senda que flamencos y quebecoises y, en esa hoja de ruta, aprobaron un estatuto de autonomía en el que el señor Zapatero les dijo que pusieran lo que quisieran, que él lo apoyaba. Y tuvo que venir el PP a dar por culo con el recurso, logrando que los catalanes se cabrearan como monas y abrazaran las tesis del independentismo, el Catalonia is not Spain y el España nos roba. Y el señor Menos, se puso al frente, como Chaplín en Tiempos Modernos cuando recoge el trapo rojo del suelo y todo el mundo se cree que lleva una bandera, escena que ya se ha comentado en este blog. Y ahora, con Rajoy haciendo de Don Tancredo, lo único que estamos consiguiendo es ensanchar la herida. Ya está todo dicho, pero hay dos matices que no he encontrado en ninguna parte, salvo en mis propios textos, así que insistiré en ellos.

UNO. Ya se ha repetido hasta la saciedad que el nacionalismo es algo retrógrado, reaccionario, que vuelve a la caverna y pone diques a la tendencia natural del hombre hacia el universalismo (que es, no lo olvidemos, una propuesta propia de cualquier tesis progresista, desde Jesucristo y Buda). Pero es que el de los catalanes tiene un punto más de falta de ética, que lo hace aun más impresentable. Veamos. Llega la democracia. Año 1975, o 78, si lo prefieren, por aquello de la Constitución. Y se les pregunta a los catalanes: “A ver, vosotros ¿qué cojones queréis?” Respuesta de los interpelados: “Nosaltres volem llibertat, amnistía i estatut d’autonomía”. A lo que el Estado español les contesta: “Como éstas. Ahí lo tenéis todo”. Pasan los años y  los tipos disfrutan de la nueva situación, en la que tienen todo lo que han pedido. Hasta implantan una política lingüística y educativa única en el mundo y nadie les dice nada, salvo cuatro fachas. Pero siguen cabreados. ¿Por qué? Pues porque dicen: “escolti, nen, no nos emboliquen, es cierto que nos han dado todo lo que pedíamos, pero es que también se lo han dado a los demás y eso no mola nada. ¿Qué payasada es esta? ¿Qué pintan los gallegos y los andaluces y los extremeños con sus autonomías? Nos han engañado, nosotros lo que queríamos era ser más que los otros y resulta que lo que nosotros pedimos ahora se lo dan a todos, vaya estafa, España nos roba”. En fin, el calificativo, desde el punto de vista ético, a esta conducta, póngaselo el lector.

DOS. Las grandes empresas multinacionales dominan el mundo, es algo fuera de toda duda (no serán tan ingenuos de creer que Obama o la señora Merkel pintan algo en el zoco universal). Y esas grandes empresas están encantadas de que los países se disgreguen por tensiones nacionalistas, porque los estados grandes como Francia o Alemania son los únicos que pueden ponerles algún freno, en defensa de sus ciudadanos. Los países pequeñitos están en manos de la Coca Cola y el McDonalds (esa fue mi sensación cuando visité Croacia, por ejemplo). Ahora mismo, esos poderes en la sombra están encantados con lo que está pasando en Ucrania: de puta madre, primero el negocio de la venta de armas, y luego el chollo de la reconstrucción. Así que no es muy aventurado pensar que, detrás de estos movimientos secesionistas hay alguien que los anda financiando por detrás, porque para liar la que están liando los catalanes hace falta mucho dinero. No tengo pruebas de esto que digo (si las tuviera estaría cagado de miedo), pero estoy convencido de que es así.

Ya dije en algún post anterior que para mí los escoceses y los flamencos tienen un fundamento para los procesos en que se han embarcado, fundamento que también reconozco a los del Québec y que no veo en la enloquecida deriva catalana. Pues hoy, para seguir dando musho por culo, añadiré que lo de los ucranianos del este tiene también una lógica. Ellos no pretenden la tontería de ser un país pequeñito. Ellos quieren integrarse en la gran Rusia, donde piensan que sus derechos y su lengua van a estar mejor salvaguardados que en esa Ucrania pro-occidental de la que no se sienten parte.

En fin, Serafín. Dar musho por culo es función propia de bufones como yo o como Boadella, con quien me identifico completamente. ¿O es que creen que si Esperanza me pagara por hacer un blog como este, iba yo a rechazar el dinero? Sean buenos. 

sábado, 12 de abril de 2014

245. Las lenguas de Babilonia

El otro día les dejé al grito de AUPA ALETI a las 20.43 y, dos minutos después, provisto de una cerveza Mahou de 50 cl y un paquete de pipas de calabaza (fundamentales para el cuidado de la próstata), me puse a ver el partido en el que mi segundo equipo le dio un baño soberano al decadente Barça. Como no tengo canal plus, lo tuve que ver pirateado en el ordenador, con una calidad mediana y narrado en portugués. El Aleti salió en tromba y a los veinte minutos el locutor ya no podía más y exclamaba extasiado: Minha mae!! Eu fico louco!! A equipa du Atltcmdrid ‘sta a ganhar tudas as bolas!!

El portugués hablado tiene determinadas peculiaridades, que hacen, por ejemplo, que un locutor deba acelerarse momentáneamente para comprimir el nombre de un equipo de fútbol comiéndose todas las vocales menos la última. El portugués escrito es relativamente sencillo de entender, especialmente para un gallego como yo, pero para hablarlo hay que poner una entonación especial, mantener los labios prácticamente inmóviles y dejar salir una sonoridad gutural, que parece venir del estómago. Supongo que saben que, en Portugal, los sordomudos especialistas en leer los labios de los hablantes las pasan canutas, porque los portugueses apenas los mueven. Cosa muy diferente sucede en Brasil, donde la pronunciación es relajada y cadenciosa. Allí los mudos no tienen más problemas que en cualquier otro país.

Las particularidades de los diferentes idiomas hacen difícil su manejo excepto por su práctica continuada. La verbal communication es algo que sólo se adquiere hablando, no basta con  estudiar. Yo conozco gente que ha estudiado mucho más inglés que yo, que entienden y traducen textos con facilidad y, sin embargo, no se lanzan a hablarlo. Yo es que tengo mucho morro y poco sentido del ridículo, como saben. Eso me lleva a ponerme, por ejemplo, delante de un grupo de unos veinte alumnos de un curso Athens, soltarles un rollo en inglés, contestar a sus preguntas y luego irme con ellos en bicicleta a lo largo del parque Madrid Río, para seguirles colocando las batallitas que ya he contado cientos de veces. Otro en mi lugar diría “qué coñazo, con lo bien que estaría yo en mi casa descansando”. Pero yo no pienso en eso. La pereza no está entre los inputs por los que se rige mi transitar diario por la vida. 

Motivos como ese me llevaron este miércoles a acudir a una comida en el Restaurante del Golf, en el Club de Campo. Resulta que los coordinadores en España del Programa Athens, conscientes del esfuerzo que hacemos los profesores que participamos de gratis en las clases a los grupos de alumnos europeos, suelen compensarnos invitándonos a una comida conjunta al final de cada ciclo, en la que se juntan unas cuarenta o cincuenta personas, la mayoría profesores de la Politécnica. De todos ellos, el único que yo hubiera podido conocer de antemano, era mi amigo Pedro, el director del curso en el que llevo unos años participando, que no podía venir ese día. Otro en mi lugar hubiera dicho: “vaya rollo, ir a una comida en la que no conozco a nadie”. No es ese mi caso. A mí me dan una cerveza y empiezo a hablar con todo el mundo, no necesito que nadie me presente. Le calzo mis reflexiones sobre lo divino y lo humano a todo el que pille al alcance y no me corto con nadie.

Reconozco que acudo a estos saraos con una motivación adicional: la de hacer un poquito de networking/lobbying que decimos los elegantes, es decir, repartir tarjetas, hacer contactos y extender mi red en busca de peces que piquen y, en suma, abrir posibilidades de relación con personas de todos los ámbitos y todas las regiones del mundo, que ya saben que es mi entretenimiento favorito. En ocasiones, a través de comidas de este tipo, me han salido ofertas de escribir artículos o participar en congresos o actividades lectivas de todo tipo. Esta vez, entre otras personas con las que hablé, conecté con Papy Silvain Nsala, congoleño con el que acabé hablando de la necesidad de recuperar la franja de ribera del río Congo en Kinshasa, ciudad desde la que se ve enfrente el caserío de Brazzaville, la capital del otro Congo, que se erige en la otra margen. Parece que esa ribera está pidiendo una actuación estilo Madrid Río.

Pero no es de esto de lo que quería hablarles, sino de la conversación que ocupó la mayor parte de las dos horas y media de comida. Porque tras el rato de alternar de pie con unas cervezas, nos sentamos a las mesas (redondas, de unas ocho personas) y yo fui a caer en una mesa donde todos hablaban varios idiomas y la conversación se centró casi todo el tiempo en las peculiaridades de las lenguas de esta Babilonia en la que vivimos. Los idiomas reflejan en cierta manera el carácter de los pueblos que los crean. Por ejemplo, el alemán, del que yo sé bastante poco, es una lengua de cabezas cuadradas, en la que todo se declina. En alemán no existe la palabra más larga, porque siempre se puede añadir un matiz adicional. Por ejemplo, nosotros podemos decir: el capitán del barco que cruza el Rhin en el turno de noche con una gorra blanca. En alemán, eso se dice con una sola palabra, construida de forma más o menos inversa: el nocheturnoRhincruzadorbarcogorrablancacapitán. Uno puede siempre hacer una palabra más larga, añadiendo por ejemplo que la gorra blanca tiene un adorno rojo.

También en el alemán son básicos los ritmos y el juego de aceleraciones y pausas. Si usted viaja a Alemania y quiere agradecer las atenciones de sus anfitriones, ya sabe que la expresión correcta es Danke shoen. Pero debe pronunciarlo todo junto, casi como un estornudo: dankshén. Porque, como se le ocurra subrayar con una pausa el vacío que se escribe entre ambas palabras, el sentido cambia completamente y, si la interlocutora es una jovenzuela en sazón, lo normal es que se ponga muy colorada, porque le acaba usted de decir: gracias, bonita. Algo parecido sucede en el País Vasco. Usted debe dar las gracias con la expresión eskarrikasko pero, como se coma la primera ese, habrá dicho ekarri kasko, a lo que el euskaldún zumbón le responderá invariablemente: “vale, ahora te traigo un casco”.

Los lugareños de todas partes se ríen las tripas con las cosas que dicen mal los extranjeros. Igual que hacemos los españoles. Las primeras veces que salí a correr con mi amiga holandesa R. me sorprendía diciéndome: “vamos a parar un poco a estrechar”. Entre los anglófonos que vienen a nuestro país a aprender español, se escuchan cosas tan graciosas como “el bufando” o “el papel jiguiénico”. Por eso son muy valorados los profesores que explican las frases corrientes de la calle, esas que no vienen en ningún libro. Mi amigo B., americano de California, se dedicaba a apuntar todas las expresiones de ese tipo que iba escuchando a lo largo del día, como “la cabeza me duele un huevo, tío” o “este vino está que te cagas”. Entre las que más valoraba: “a fulanita se le hace el culo agualimón”. Apuntaba también refranes llamativos, como “al que nace gordo, tontería que lo fajen”.

Mi amigo regresó a su tierra hace ya unos años, con la intención de poner una academia de idiomas (también recopilaba expresiones de otras lenguas) en donde se pusiera el énfasis en ese tipo de expresiones coloquiales que facilitan la verbal communication. Poco antes de su marcha me lo encontré un día por la calle, con gesto un poco torcido. Le habían dado un golpe por detrás en el coche y tenía una pequeña molestia en la espalda. Le pregunté cómo había sido el accidente y empezó a contarme: “Yo iba bien, pero el otro conductor… el otro conductor…espera, he anotado lo que ha dicho un señor en la calle”. Buscó su bloc de notas hasta encontrar la expresión que buscaba. Su cara se iluminó cuando proclamó: “el otro conductor LLEVABA UNA CASTAÑA COMO UN PIANO. Sencillamente extraordinario”.

En fin, cambiando de tema (o no), resulta que la noticia más leída hoy en El inMundo es la que informa de que a Kim Kardashian le han conseguido hacer una foto del culo. La estadística da una idea precisa del nivel de ese periódico y de sus lectores. Aquí tienen la foto de marras.



A esto se le llama culo en una denominación impropia, aunque todo el mundo la use, porque lo cierto es que la palabra culo se refiere propiamente al agujero. Esto son unas nalgas, o unas cachas, hermosa expresión caída en desuso, excepto en su derivación “estar cachas”, por estar muy fuerte. En Francia, por ejemplo, se distingue “le cul” de “les fesses”. Para decir “quedarse con el culo al aire” ellos dicen avoir les fesses à l’air. Jacques Dutronc buscaba el doble sentido en su canción L’Hôtesse de l’air (La azafata), 1970, aquella que decía Toute ma vie j’ai rêvé d’avoir...d'avoir...les fesses on l’air… Todo está en el lenguaje, en las lenguas de Babilonia. Les dejo con esa vieja canción de Dutronc.