domingo, 18 de agosto de 2013

162. Señas de identidad e independencia

En mi reciente post #158 “Otra vez al pie del cañón” les hacía una relación apresurada de las señas de identidad de la nación escocesa que, junto con su larga  trayectoria histórica propia, constituyen la base de la consulta que el Gobierno autónomo de Escocia, presidido por Alex Salmond, del Partido Nacional Escocés, aprobó en enero de 2012 para que se celebre en septiembre de 2014. No tienen prisa estos señores, como ven. No como otros que sí la tienen y ya se imaginan a quién me refiero. No quiero aburrirles con el tema del nacionalismo, ya sé que les divierte más que les hable de pedos y otras curiosidades, pero me voy a referir brevemente a las tres cosas: señas, historia y consulta para la independencia (así es como la llaman los escoceses; otros prefieren camuflar consultas similares bajo el nombre de “derecho a decidir”, o “autodeterminación”, y a mí, que observo el tema desde el lado contrario, me gusta llamar a esto por el nombre que le asigna la RAE: secesión).

En los posts #64 y #131 ya les hablaba largamente del whisky escocés, mi relación con él y la importancia que tiene para Escocia. En mi viaje reciente pude corroborarlo, recorriendo la región del Speyside, la cuna del whisky, donde visité una de sus destilerías más famosas, la de la marca Glenfiddich, la más premiada en la actualidad. Respecto al cardo ya les expliqué su importancia al final del propio post #158. Y lo relativo al kilt y la gaita lo dejo para textos posteriores. Me centraré, pues, en los aspectos gastronómicos.

La comida en Escocia es poco variada y no muy recomendable desde el punto de vista dietético, como evidencia la cantidad de gordos que se ven por todos lados. En ninguna parte, salvo en Estados Unidos, había visto tantas personas obesas y con tanto volumen. Son auténticos minusválidos, que se fatigan y resoplan y tienen problemas para viajar en avión y hasta en autobús. Hay familias enteras de gordos y sorprendentes parejas mixtas de gordo y flaca, y gorda y flaco. El escocés hace normalmente un buen desayuno; en torno a las 12 del mediodía se toma un té con unas pastitas, y luego cena copiosamente a partir de las 18.30, al volver del trabajo. No dudo de que los gordos que yo he visto han de comer algo más que un té en las horas centrales.

El desayuno escocés se compone de huevos revueltos con beicon o salchichas, acompañados por champiñones y tomates a la brasa. A esto se le añade fruta cortada con yogur líquido y uno o dos cafés, con tostadas con mantequilla y mermelada de naranja amarga. Como el desayuno inglés, pensarán. Pues sí, hasta aquí. Lo que pasa es que los escoceses le añaden  un plato más que es exclusivamente suyo: el porridge. El porridge es, literalmente, un plato de gachas de avena. Su sabor recuerda al del Pelargón y otras papillas para bebés en fase de destete. A mí me gusta (¿habrá algo que no me guste?), pero tengo que reconocer que no es un plato muy apetitoso. Los auténticos escoceses se lo toman solo, si acaso con un poco de sal. Yo prefiero echarle unas pasas o un puñado de pipas peladas. Con semejante desayuno uno aguanta hasta la noche sin problemas, porque, además, por estas tierras el beicon no es como en España. Aquí son auténticas tajadas de unos tres milímetros de espesor. 

Por la noche, comen pescado, sobre todo salmón y bacalao fresco (el popular haddock). Y otro de los platos emblemáticos de estas tierras: el haggis. En todos los restaurantes de Escocia encontrarán ustedes un plato que nunca falta: haggis with neeps and tattis. El haggis es un pastucio marrón conseguido a base de machacar tripas, hígados, corazones y otras vísceras de diversos animales, que se mezclan también con avena y adquieren un aspecto parecido al de una morcilla destripada, aunque su sabor recuerda más al del morteruelo de Cuenca. A pesar de sus ingredientes, tengo que confesarles que está buenísimo, con su guarnición habitual de neeps (puré de nabo) y tattis (puré de patatas). Es una delicatesen que no deben dejar de probar. Yo he cenado eso varias noches y me he traído una lata para hacérmelo en Madrid.

¿Qué decir de la historia de Escocia? Pues que ha sido un estado independiente desde siempre. Hasta 1707 en que, libremente, se integró con Inglaterra, Irlanda y Gales en el llamado Reino Unido (del que luego se separaría Éire) y del que constituye un tercio de la superficie total. El primer gran rey que tuvieron fue David I, en el siglo XII, que era católico y fue el que construyó las monumentales abadías de piedra que pueden verse (en ruinas) por todas partes. Para ocuparlas trajo a frailes franceses (escoceses y franceses siempre se han llevado bien, por aquello del enemigo común inglés). Pero su dinastía se extinguió al final de dicho siglo y los ingleses aprovecharon para poner de rey a un protegido suyo. El problema fue que el protegido les salió rana y se tomó más en serio de lo esperado el papel de líder del pueblo escocés. Y eso inició la guerra entre ambos pueblos, en la que destacó el héroe nacional William Wallace, idealizado en la película Braveheart.

En realidad, el verdadero vencedor de estas guerras que duraron décadas fue Robert de Bruce, que se proclamó rey de Escocia y propició la llegada de los Stewart (conocidos entre nosotros por su apellido españolizado Estuardo). Varias veces se intentó unificar ambos reinos, pero se interpusieron todo el tiempo las guerras religiosas. Inglaterra se había vuelto anglicana, cuando a Enrique VIII se le puso en la polla (con perdón, pero es literal) separarse de la reina y casarse con Ana Bolena. Como el Papa no le dejaba, se autoproclamó Papa anglicano y procedió a autorizarse a sí mismo. Algo así como lo que ha intentado Berlusconi, salvando las distancias. En ese tiempo, una mayoría de escoceses había abrazado la reforma presbiteriana y el resto seguían fieles al Papa de Roma. Eso obstaculizó los intentos de unificación.

Para los presbiterianos, el mundo es una pirámide en cuyo vértice no puede haber nadie más que Dios. Eso de que pretendieran imponerles que la cima de la pirámide la ocupara un señor gordo, adúltero y con barba, no les gustaba nada. Las guerras fueron muy crueles y, entre otras salvajadas, los ingleses destruyeron una por una las abadías escocesas del rey David, precediendo a los talibanes y otros vándalos. Si viajan a Escocia podrán visitar las ruinas de todas ellas, actuales monumentos a la barbarie humana. La única que sigue en pie es la de Glasgow, que fue defendida heroicamente por los poderosos gremios de comerciantes.

Con semejante historia, ¿no creen ustedes que los escoceses están en su derecho de hacer una consulta como la que están organizando? Esta es una historia real, no es un invento como el que se hacen otros pueblos que nunca han sido independientes. Ya he hablado largamente de este tema en innumerables posts y se sabe cuál es mi opinión al respecto. Sólo a título de recordatorio, les repetiré cómo se origina el proceso actual. La cosa empieza en Quebec (Canadá). Los francófonos con capital en Montreal organizan un primer referéndum para separarse del Canadá y lo pierden. Mucho tiempo después repiten la jugada y vuelven a perder, pero esta vez por poquito. Entonces, los partidarios de la secesión declaran alborozados: ya nos queda menos, a la próxima ganamos.

En ese momento toma cartas en el asunto el Tribunal Supremo del Canada, al que su Gobierno pregunta si es correcto que se sigan organizando consultas de este tipo, de forma indefinida, hasta que ganen (y añado yo: sobre todo teniendo en cuanto que, en cuanto ganen y se separen, su primera medida será prohibir las consultas inversas, para proponer volverse a unir. Ya lo comprobarán si un día se separan los catalanes). El Supremo del Canadá dicta entonces la Clarity Act, una Ley de marzo de 2000 que se ha convertido en el texto de referencia mundial para este tipo de procesos.

La Clarity Act establece un procedimiento reglado: para que una región se separe legalmente del Estado al que pertenece, se requieren dos condiciones sucesivas. La primera es que se firme un acuerdo formal entre el gobierno central y el de la región, permitiendo dicha separación. Solo entonces se puede pasar al segundo requisito: una consulta a la población afectada, en un referéndum en el que no basta un 51%, sino que se requiere una mayoría cualificada, en un porcentaje fijado en el acuerdo precedente. Sencillo, eficaz, brillante y todos los calificativos que ustedes quieran.

En la estela de esa norma, el jefe del Gobierno de Escocia Alex Salmond, en cuanto resulta elegido, le pide a Cameron su permiso para organizar el referéndum. Y Cameron dice: vale, hacedlo, total vais a perder. Y firma el acuerdo. Esa es la situación actual y no es creíble que cambie de aquí a septiembre de 2014. Los escoceses son muy listos y no quieren volver a su violento pasado. Viven muy bien, nadie les impide comer haggis ni sentirse orgullosos de su historia, y no se separarán. Aunque al asunto se hayan adherido alegremente personajes públicos tan populares como el actor Sean Connery (pronúnciese Shon), que, por cierto, mucho amor por su tierra, pero en cuanto pudo se largó a vivir a Marbella, donde hace mucho más calorcito, y luego a las Bahamas, donde tiene ahora su residencia. Aquí lo tienen vestido de independentista. Sean buenos una vez más.  
    

sábado, 17 de agosto de 2013

161. El turista invasivo

Como ya he dicho, he viajado en los últimos años en torno al mes de agosto a lugares fríos que resulta duro visitar en otras épocas del año. Pues en ninguno de ellos había visto tal masa de turistas como en algunas zonas de Escocia. Debe de estar de moda, supongo, y todo el mundo quiere presumir de haber estado en el lugar que más mola. Entre lo que más viste, parece estar la isla de Skye, que yo no he conseguido visitar porque, no es que estuviera petada, es que en cuanto te acercabas a la costa frente a ella empezabas a encontrarte multitudes de gentes en caravana peregrinando a ver si encontraban un restaurante con sitio libre, o haciendo colas monstruosas para ver unos instantes un simple crucero de piedra.

Además, si pretendías reservar un alojamiento en cien kilómetros a la redonda del puente que constituye el principal acceso a la isla, la Web te respondía con una advertencia: “La capacidad hotelera de la zona está al 97%, le sugerimos seleccione otra fecha”. Los escoceses son tipos capaces de sacar dinero de una piedra y hay mucha gente en estas tierras dedicada al negocio turístico que, dada la climatología, viven todo el año de lo que sacan haciendo, literalmente, el agosto. En general, hemos procurado aprovechar que teníamos vehículo propio para huir de estas aglomeraciones, en busca de paisajes más solitarios en los que poder hacer rutas a pie y disfrutar de la naturaleza. Pero hemos tenido contacto esporádico con zonas invadidas por el turismo masivo que, para una persona observadora como yo, son un estupendo caldo de cultivo para el estudio de la conducta del ser humano, en su faceta más gregaria.

El lugar de origen de los turistas es fácil de determinar a partir del idioma y los acentos. Hemos encontrado familias de sudamericanos pudientes, como argentinos, mexicanos o brasileños. Les puedo asegurar que no hemos visto un solo griego o portugués, estos sí que están en medio de una crisis severa. Entre los pueblos con más tradición viajera, se distingue a los alemanes, franceses e italianos, educados, correctos, en familias con uno o dos hijos pequeños, muy preocupados de que los chicos no molesten y de que las mesas y sillas se queden bien colocadas cuando terminan de comer. Los japoneses están en esa misma línea, frecuentemente son parejas mayores, jubilados de clase media, vestidos de forma estándar, silenciosos y respetuosos, de movimientos pausados y mirada experta.

Pero hete aquí que, en el ámbito de los asiáticos, ha hecho irrupción un nuevo grupo bastante llamativo: los chinos. Lo de la China actual supongo que será un fenómeno sociopolítico que se estudiará en las universidades del mundo como algo sorprendente. Me refiero al hecho de que una sociedad comunista, de Partido Único, como la Unión Soviética, o la Cuba de Castro, decida de pronto que hay que implantar el modelo capitalista, porque da mejor resultado que los experimentos de producción colectiva y se pongan como locos a conseguirlo. Por ejemplo, ya es el segundo país del mundo con más millonarios. Según la revista Hurun, hay 230 chinos con fortunas superiores a los 1000 millones de dólares USA. Los planes del Partido son parar cuando lleguen a 600. Aquí el link a la lista http://www.hurun.net/usen/HRRL.aspx

Y estos chinos tienen que viajar y hacer turismo por el mundo, también por decreto. Y se les nota que no saben comportarse, que llevan sus vestidos de nuevo rico con incomodidad, que son bruscos, autoritarios y rudos, características que los diferencian radicalmente de los japoneses, todo delicadeza y tranquilidad. Algunas escenas al respecto. Jardines del Palacio Hollyrude de Edimburgo. Pareja de chinos con hijo adolescente. Se hacen cientos de fotos. Pero la madre no sale en  ninguna: es la fotógrafa. El padre elige encuadres sucesivos muy parecidos, agarra al hijo por el hombro, sonríen ambos y dicen: “aquí”. La madre les sigue sumisa, haciendo una tras otra mil fotos idénticas.

Otra. Familia más amplia. Padre con mando en plaza, seguramente del Partido. Su mujer y un par de cuñados en actitud de subordinados. Varios niños. Están tomándose un desayuno de buffet, hablan muy alto, se ponen mucho de todo y no parecen capaces de comerse todo lo que se han servido. Uno de los niños se lleva un sonoro bofetón, probablemente no por molestar a los demás usuarios del comedor, sino por alguna falta de respeto al patriarca. Miradas de reprobación de las chicas que recogen las mesas. Pero aun falta lo peor. El jefe de la familia ha terminado ya, antes que los demás, y aprovecha el lapsus para la productiva ocupación de sacarse los mocos de la nariz a dos manos, con ayuda de la servilleta blanca de papel, con la que se forra el meñique o hace canutillos para facilitar la labor de prospección minera. En un momento dado, la servilleta está ya convertida en despojo asqueroso, pero la tarea sigue sin terminar, por lo que la esposa, solícita y sumisa, le acerca la suya propia para que pueda continuar la extracción. Todo esto mientras los demás de la mesa siguen comiendo. 

Al final, todos se levantan para irse, menos el patriarca que se queda unos minutos para cumplir una tarea adicional. Sobre el cuenco con restos del yogur con frutas, va volcando minuciosamente todas las sobras de los otros platos, supongo que por ayudar. Cuando ya no queda nada, coge su tazón mediado de café con leche y lo vuelca por encima. Examina someramente el resultado de sus esfuerzos, una sopa hedionda, y, satisfecho, se levanta y se va. Las chicas recogen poco después el cuenco con asco evidente, risas, etcétera. Como lo vi, se lo he contado. Hablaré ahora de los españoles. Dejemos a un lado los grupos de catalanes, que hablan alto por el mero placer de que por ahí fuera se sepa que Catalonya is not Spain.

Me centraré en la familia extensa, prototípica del sur peninsular, formada por cuñados, primos y socios del trabajo, que se desplazan en bloque y, en cuanto entran en una sala amplia, hacen que parezca enana. Hablan muy alto, contando sus intimidades de forma desinhibida, como si estuvieran en su casa, confiados en que nadie les entiende. Sobresalen en esta tipología algunos especímenes. Uno que no suele faltar: el chaval de unos doce o trece años que sabe un poquito de inglés y se dedica a traducir a voces todos los letreros, con el soniquete del que recita una lección aprendida y completando lo que no entiende con recursos propios. Eso lleva a declamaciones tan pintorescas como esta: “Durante el reinado de Jaime IV, los nosecuantos atacaron el noloentiendo y el pueblo escocés se defendió con su característica nosequé”.

Pero el elemento más carismático de este modelo, es el padre de familia cabreado porque lo han traído a rastras, con lo bien que se está en Cai, hombre, y no aquí malcomiendo y pasándolas canutas, con frío y lluvia a toda hora. No me diréis ustedes-vosotros que no se está mejor en la Playa de Matalascañas, hombre, con tu sombrilla, tus aceitunas sevillanas y tu finito, un manzanilla bien fresquito, joé. Y no poderse tomar un triste gazpacho, coño, un ajoblanco. ¡Una pipirrana, hombre! Pero, nada: como tu amiga la Consuelo estuvo en Escocia y vino encantada, pues todos a Escocia, a pasar frío y hambre. Por no gustarme, ni la cerveza me gusta. Tanto rollo con la cerveza Caledonia, hombre, que parece que va a ser la maravilla de las maravillas. Pues, para mi gusto, no es mejor que la lager del Carrefú.

La escena continúa en un restaurante. El cabeza de familia (o más bien de ganado), está inquieto por su madre, a la que han tenido que ingresar de urgencias para operarla de una salmorragia, y él allí en el fin del mundo, donde Cristo dio las tres voces, pasando frío y sin poder atenderla, hombre. Menos mal que está con ella la tía Charo, que les ha contado que eso no es nada, que a ella la operaron de lo mismo y en dos días tenía el culo niquelao. Y en medio de esos refunfuños, suena el móvil y el hombre se pone histérico: ¡¡¡Shhhhh. Callarsus to’er mundo que es la tía!!! ¿Charito? Charito, dime: ¿cómo está la madre? ¿Que me vas a poner con ella? ¡¡Espera!! Espera que pongo el manos limpias, para que pueda oír a los nietos.

Del aparato sale una voz aguardentosa y metálica de señora de rompe y rasga, que resuena en todo el restaurante: ¿Mariano?¿Eres tú, mi arma?/Sí, madre, yo mismo en persona. Dime: ¿cómo te encuentras?/¿Que cómo me encuentro? Te lo voy a decir. Con la estampita de la Macarena que la tengo aquí bien apretá en la mano, que no la he zoltao en to’er rato; y con er Orfidá, er Buprofé, el culo que lo tengo asín un poco en pompa, y un bombón de licor que me estoy comiendo, de los que me ha traído tu hermana que ya voy por el segundo, pues qué quieres te diga, m’hijo: en la gloria bendita estoy. Asín que ustedes-vosotros a zeguir de viaje, que yo no les necesito pa ná.

Ahora díganme: si yo tuviera la imaginación suficiente como para inventarme historias como esta, ¿no creen que ya sería un escritor consagrado? Lo cierto es que sólo soy una persona que observa y registra por escrito lo que ve. Que pasen un buen día.

viernes, 16 de agosto de 2013

160. Edimburgo, una ciudad singular

Edimburgo es el punto por donde empezamos nuestro reciente periplo escocés. El primer día nos apuntamos a la visita guiada de SANDEMANs NEW Europe, una  empresa de Berlín que ha organizado una red que opera en dieciocho ciudades, en la que emplean a estudiantes de turismo o licenciados en paro que viven en el lugar y te cuentan en español (o en otros idiomas) lo que normalmente no viene en las guías: anécdotas, curiosidades, sucesos y todo lo que compone la intrahistoria de una ciudad. Suelen tener un punto de cita frente al más céntrico de los Starbucks Coffee, y allí organizan los tours sobre la marcha, en función del número de usuarios que haya. Si tienes la suerte de que haya unos cuantos españoles, te lo montan en tu idioma. En caso contrario, has de apuntarte a algún tour en inglés o lo que haya.

La información sobre estos tours, que suelen ser gratuitos, se puede consultar en la página http://www.neweuropetours.eu/es/. El relato de estos chavales es muy útil para hacerse una primera composición de lugar. Esta vez nos tocó un guía catalán muy simpático e informado. Se llamaba Jordi, era historiador y periodista y había logrado trabajar de las dos cosas en España, hasta que le pilló la crisis y se quedó en paro. Entonces, decidió largarse a Edimburgo. Algunas de las historias que les cuento a continuación las supimos por este joven animoso y bien preparado. El resto surge de mis observaciones directas y de la consulta de las wikipedias de turno. La historia de Edimburgo se merece un post propio.

Toda Escocia tiene unas características geográficas especiales. Si se observa el mapa, todo el territorio está salpicado de líneas Este-Oeste, un poco inclinadas, sobre las que se asientan los lagos principales, como el famoso Loch’ Ness, todos ellos alargados y con ríos de drenaje a los mares de los lados. La isla surge hace más de 300 millones de años a partir del magma de diversos volcanes, pero mucho después sufre las sucesivas glaciaciones. Al final de cada una de estas verdaderas Edades del Hielo, los deshielos arrastran grandes bloques helados que roturan el territorio como auténticos peines de hierro. Esto es lo que crea esa serie de valles paralelos. Entre ellos sobreviven algunos núcleos volcánicos de basalto, que se resisten a ser arrastrados y producen las colinas redondeadas que salpican Escocia (la montaña más alta, el Ben Nevis, tiene poco más de 1300 metros).

El terreno sobre el que se asienta Edimburgo es el testimonio de estos movimientos telúricos formidables. Hay una roca altísima de basalto, sobre la que se asentaron los primeros pobladores, en la que se sitúa actualmente el Castillo de Edimburgo. Hacia el Este tiene una especie de cola que se protegió de los efectos del último deshielo y forma una loma alargada, con caídas pronunciadas a norte y sur. Allí se asentó la ciudad medieval, estructurada en torno a una main street que terminaba a la puerta del castillo. De ella salían diversos callejones sin salida, aquí llamados courts y algunas calles transversales cortas, enseguida convertidas en caminos muy empinados hacia el valle del sur y hacia el lago que se formó en el valle del norte. 

En el Edimburgo medieval hay toda clase de historias tenebrosas. Por las noches, cuando las buenas gentes se refugiaban en sus casas, las calles eran pasto de borrachos, peleas, crímenes, violaciones y lo que se quieran imaginar. Como hace un frío que pela, en invierno las calles sin pavimentar se helaban y debajo del hielo se escondían los cadáveres y otros restos de estas trifulcas. Al llegar el deshielo los cadáveres bien conservados en esta morgue natural salían a flote y la gente los empujaba a patadas para que resbalaran por las cuestas perpendiculares a la main street y se perdieran en el Loch’ Nor o en los osarios del sur. Además de eso, no había alcantarillado y era legal arrojar la mierda por las ventanas a partir de cierta hora. Eso alimenta la leyenda del hombre-mierda, el borracho que llegaba tarde a su casa cubierto de inmundicias de pies a cabeza y sorteando los cadáveres deslizantes de las calles embarradas, personaje en el origen de muchos chistes locales por sus problemas con la parienta al regresar en tan lamentable estado. Una delicia, la ciudad medieval, como ven.

Otra historia tremenda del pasado de la ciudad fue la aparición de la peste bubónica, en el siglo XVII, que empezó a diezmar a la población de forma alarmante. La solución que dieron las autoridades fue aislar la zona afectada con unos muros altísimos, para que al otro lado se muriera todo el mundo. Mucho tiempo después, demolieron esos muros y desinfectaron la zona. Eso inició toda clase de leyendas de apariciones de almas en pena que asustan al viajero por las noches, acentuada cuando la reconstrucción de estas zonas se hizo en altura, dejando bajo los edificios una especie de ciudad subterránea que puede visitarse, por la que vagan los espectros de los muertos (y los escoceses, que son unos vivos, hacen negocio con las almas cándidas que se creen este tipo de cosas). Aquí les dejo el link de una página relacionada, para que vean que no me invento estas historias.
http://www.elviajerolento.com/index.php?option=com_content&task=view&id=23&Itemid=60

A finales del XVII, la ciudad  no tiene ya capacidad de albergar a tantos habitantes como se hacinan en este asentamiento de imposible expansión. Se convoca entonces un concurso para construir el nuevo Edimburgo, al otro lado del Loch’ Nor. Ese concurso lo gana un joven arquitecto de 26 años, que propone un esquema de cuadrícula alargada, organizado en torno a un eje central longitudinal, que se remata con dos plazas en los extremos. Otras dos calles laterales paralelas al eje central rematan esta sencilla ciudad de ensanche, con cortas calles transversales y estatuas de próceres en todos los cruces. Las clases pudientes se trasladaron enseguida a la ciudad nueva dejando a los más humildes en la ciudad medieval.

E inmediatamente se procedió a desecar el Loch’ Nor, un lago infecto a donde habían desaguado directamente las casas de la ciudad medieval durante siglos y cuyas salidas naturales del agua estaban taponadas de escombros. Hacia 1820, la nueva ciudad estaba terminada y el Ayuntamiento disponía de una vasta extensión de terreno de su propiedad entre ambos asentamientos. Hoy en día se mantiene esa estructura. Los barrios históricos se llaman la Old Town y la New Town y conservan sus estructuras viarias medieval y georgiana respectivamente. Ambos están declarados Patrimonio de la Humanidad.

Entre ambas Towns, los terrenos públicos del antiguo lago están cruzados por dos o tres calles transversales, entre las que se sitúan el gran parque urbano Princes Street Garden, y una serie de edificios públicos que albergan los principales museos de la ciudad. Y la Gran Estación Central del ferrocarril, que entra en subterráneo por la vaguada entre los promontorios de las dos ciudades. Llegar en tren a Edimburgo, me dicen, es una experiencia inolvidable, uno entra por un túnel, sale a la Gran Estación y desde allí al espacio abierto flanqueado por las fachadas de la Old y la New Towns, la panorámica más espectacular de este lugar de cuento.

En agosto, la ciudad está petada, como dicen ahora los chavales. El motivo es la coincidencia del prestigioso Festival de Edimburgo, un evento elitista dedicado a la ópera y el teatro de vanguardia, con el Fringe, su reverso callejero, que llena las plazas de titiriteros, acróbatas, mimos, magos, buhoneros y músicos callejeros. El estruendo de las músicas enlatadas, se superpone con el vocerío de los tipos que recitan cuentos y las bandas de gaiteros con falda. Entre los artistas improvisados, un tipo cubierto de pies a cabeza de "cacas" de plástico, recrea la leyenda del hombre-mierda y el personal se hace fotos con él. En estos días la gente abarrota los espacios públicos generando un ambiente similar al de los sanfermines.

Particularmente, me reservo la posibilidad de visitarla en otros momentos más tranquilos, para tener la oportunidad de tomarme una cerveza Tennent en la terraza de la taberna Deacon Brody, sin que me deje sordo un gaitero o un cantante de rap enloquecido. Ustedes pueden optar por lo que más les atraiga, el trasiego del Fringe es ciertamente impresionante y divertido, aunque yo prefiero los ambientes más reposados.