martes, 29 de agosto de 2017

667. Dos por el precio de uno

Esta vez, sí. Esta vez les voy a contar dos días de mi viaje, para dejar pendiente sólo el último, el del interminable viaje de vuelta, que desarrollaré aparte. El miércoles 2 de agosto era mi último día útil para enredar por Seattle. Tenía algunas opciones, como visitar el museo Boeing, algo que me hubiera gustado hacer de haber contado con más tiempo. Pero ya saben que a mí lo que más me entretiene es caminar por las calles un poco al azar. Me quedaban un par de zonas por visitar y me animaba la posibilidad de utilizar los autobuses públicos por 1$. Así que salí de nuevo caminando hacia el sur por la Primera Avenida y esta vez paré a desayunar en un Cherry Street Coffee House próximo al hotel. Es esta una cadena creada a imagen y semejanza del Starbucks, pero con menos caché. Por lo demás funciona igual: dices lo que quieres en un mostrador, te lo cobran y te coges una bandeja con el café y el muffin, para llevártelo a una mesa, en el interior o en la acera. Luego hay unos cubos de basura en los que tiras los desperdicios separadamente.

Continué adelante, pero esta vez pase de largo frente al Pike Market Place. Me dirigía a la zona de Pionner Square, el barrio más antiguo, a partir del cual creció la ciudad. Allí quedan todavía algunos de los edificios históricos, si bien en esta región americana no existe el concepto de patrimonio histórico-artístico: en Portland vimos cómo estaban derribando un edificio de 150 años para disgusto de Radcliffe. Abajo algunas imágenes de la zona. En un punto, la autovía de borde del puerto se echa encima de la Primera avenida y la anula. El último edificio de la derecha, que marca el final del barrio, es de planta triangular y alberga un bar singular: el Seattle's Historic Triangle Pub.


 


Me quedaba por visitar el núcleo de Ballard, más allá de Freemont. Encontré una parada del 40 y esperé. En la zona, cercana a la estación de ferrocarril, había un puñado de homeless, no tantos como en Portland ni tan deteriorados como los de Vancouver. Llegó el bus y entré agitando en el aire un billete de un dólar, mientras decía con voz cantarina elder than sixty-five. El conductor sonrió y me dijo que no se lo creía, que me veía fenomenal. Iba ya a sacar el carnet, cuando me dio el ticket: estaba de broma. El bus es también una buena atalaya para ver una ciudad tan extensa. La línea discurría por la Tercera avenida hacia el norte, para enlazar luego con la Quinta y atravesar el canal por el puente más bajo.

Cruzamos también Freemont y llegamos a Ballard, en donde el bus seguía en dirección norte por una amplia avenida. Ballard fue en su día un pequeño asentamiento de los colonos y luego un pueblo independiente, ahora absorbido por el crecimiento de Seattle. Es un barrio con muchas oficinas, talleres y pequeños almacenes de una planta, vinculados a la actividad portuaria. Según la información que llevaba, me bajé en el cruce con la New Market Street, eje urbano este-oeste con edificios residenciales un poco más altos.  Es una avenida amplia en la que los domingos se instala un mercado callejero. Pero, en día de diario no tiene nada de especial, mucho tráfico por la calzada y poca gente por las aceras, porque el sol empezaba a castigar ya los cueros cabelludos. 

En un momento dado doblé a la izquierda por la avenida Ballard, una calle mucho más grata, con pocos carriles viarios y sombreada por plátanos bien cuidados. Las aceras estaban aquí mucho más concurridas. Al amparo de la sombra proliferaban cafetines y algunos edificios históricos, como este precioso banco en la esquina con Vernon, ahora recuperado como hotel. 


Me senté un rato en una terracita a tomar una tónica y luego seguí por la avenida Ballard adelante. Los edificios interesantes empezaban a escasear y la calle se volvía más desangelada por momentos, pero yo quería llegar a un lugar: el restaurante The Walrus and the Carpenter, especializado en ostras, del que me había hablado también mi sobrina Eva. Me hice un selfie en la puerta para mandárselo, pero casi en el mismo momento decidí marcharme del barrio. Era todavía muy pronto para comer y ya no me quedaba mucho que hacer por allí. Pensé en regresar al centro, comer algo y subir al hotel a descansar. Así que busqué la línea del 40, lo esperé y repetí la gracia de elder than sixty-five, aunque esta vez el conductor no movió un solo músculo de la cara. El bus regresaba por una avenida diferente pero, a la luz del día, fui reconociendo el recorrido y me bajé donde quería. En Virginia Street había unos cuantos restaurantes con buen aspecto. Eché un vistazo a las cartas y finalmente me decanté por el Serious Pie. Era un lugar bullicioso con mesas corridas de madera y me sentaron entre una pareja de indios y una familia americana. Me comí una pizza artesanal muy rica y me fui al hotel.

Tras una siesta corta, me senté al ordenador. Estaba un poco cansado de callejear, afuera hacía un calor importante y era un buen momento para acometer algunas tareas pendientes. Preparar mi presentación del día siguiente en la oficina de Radcliffe en Portland. Pasar mis fotografías al ordenador, eliminar las desenfocadas o feas y clasificarlas por carpetas. Y, por supuesto, escribir un post sobre mis nuevos amigos transnacionales. Caía la noche cuando cerré la oficina y salí de nuevo a la calle, con un destino definido. El día antes, de camino al Dimitriou’s Jazz Alley, había visto un bar de aire señorial con aspecto de vinoteca. Se llama RN74 y está en la esquina de Pike con la Cuarta. Resultó ser tal como lo imaginaba: decoración a base de madera oscura y paredes enteladas, luz tenue, música de piano, manteles de tela blanca, pocos clientes hablando en murmullos. Me situé en la barra y me pedí una sopa de cebolla, que me tomé con la ayuda de un par de copas de vino chileno. Un lugar muy exclusivo para cerrar mi estancia en Seattle.  

El día 3 de agosto madrugué, hice la maleta, bajé a desayunar al Cherry Street y regresé a hacer el check-out. Eché a andar con mis maletas para otro recorrido de una hora, pero esta vez por la Segunda Avenida, sin cuestas y con temperatura más suave. Desde esta avenida se puede acceder a la King Street Station por el nivel de arriba y bajar en un ascensor. Me había programado para estar allí media hora antes de la hora indicada, como con el bus de Vancouver, pero enseguida me di cuenta de que era un margen insuficiente. Había que hacer tres colas sucesivas. La primera para facturar la maleta, trámite bastante engorroso porque había familias enteras con montones de bultos, lo que hacía que la línea avanzara muy poco. De allí te mandaban a una segunda cola larguísima, ante un par de funcionarios uniformados, que te comprobaban el billete y te asignaban el asiento en un papelito escrito a mano. Y luego había una tercera cola ante la puerta que daba acceso al andén. 

Me entró la neura de que me quedaba fuera, una cosa ridícula (los americanos no dejan en tierra a nadie que esté allí a su hora). Ya libre de la maleta, observé que en la segunda cola había dos filas paralelas, una enorme y otra casi vacía para los viajeros de primera clase. Me puse en esta segunda y al llegar a la raya, me hice el despistado. Le tocaba el turno a una familia de negros que discutían acaloradamente entre ellos, circunstancia que aproveché para hacer una rápida diagonal y colarme descaradamente. Para este tipo de cosas, el pelo blanco ayuda, pero también hay que tener una cierta pericia, rapidez y suerte. Qué quieren que les diga, no les recomiendo para nada que hagan cosas como esta y menos en un país extranjero: es una estupidez. Lo que pasa es que a mí me va la marcha y me hace revivir sensaciones de cuando era más joven y más insensato. Finalmente fue algo innecesario: la puerta del andén no la abrieron hasta que ya no quedaba nadie en la segunda cola. Y después accedimos al tren en unos minutos. Aún nos sobró tiempo. Como hemos abierto la veda de los Stones, aquí un blues estrechamente relacionado con las estaciones de tren. Por cierto, el solo de mandolina es cosa de Ry Cooder.


El tren era impresionante, dos pisos, exterior de aluminio, silencioso, asientos espaciosos. Me tocó una compañera francesa que llevaba viviendo once años en Seattle, en donde tenía una galería. Iba a Portland a entrevistarse con un artista local. Lo malo es que el tren atraviesa una especie de selva continua muy tupida que te impide ver nada del paisaje. Menos mal que llevaba el libro más reciente de Javier Cercas y me pude entretener en su lectura. El viaje dura unas cuatro horas y media y se detiene en una serie de estaciones. La primera, Tacoma, junto al aeropuerto de Seattle. La última, Vancouver (Washington), en la orilla norte del río Columbia. Enseguida está Portland. Me entregaron la maleta en un mostrador y volví a afrontar el camino al hotel a pie. Pero el calor era realmente asfixiante. Había reservado en el Hilton, para darme un homenaje y porque estaba cerca de la oficina de Planeamiento y Sostenibilidad de Portland, en donde tenía cita a las 16.00. Bajo un sol despiadado, caminé por anchas aceras punteadas por homeless medio achicharrados y llegué finalmente a la puerta del Hilton.

La habitación era magnífica. Bajé al bar a tomarme un croissant de jamón y queso, con una IPA beer de botella para soltar la lengua, y salí hacia la oficina de mis amigos. Radcliffe me había dicho por whatsapp que tenía que ir al médico con su mujer y los pequeños (no sabía que tuviera hijos) y que seguramente llegaría tarde. En la séptima planta del edificio municipal me esperaban todos sus compañeros, unos doce. Hablé hora y media, luego hubo muchas preguntas y me dieron las gracias. Radcliffe no apareció y al menos tres personas se marcharon antes del final. El resto se interesó mucho por el proyecto Madrid Río y su historia. Al día siguiente, Radcliffe me diría en un mensaje que sus ayudantes habían aprendido mucho.

Regresé por la sombra, en medio de un bochorno que, me dijeron, nunca antes se había visto en Portland. Agradecí el fresquito del aire acondicionado del hotel, en donde me subí a descansar un poco, una vez cumplido mi compromiso. Luego me ocupé de algunas tareas pendientes: el checking on line de mi vuelo a Madrid, bajar a imprimirlo y reservar un taxi para el aeropuerto a las 3 de la madrugada. Me terminé el libro de Cercas para dar tiempo a que bajara un poco el calor y salí por fin. ¿Saben a donde fui? No es difícil adivinarlo: al Bridgeport BrewPub, la cervecería más antigua de Oregon. Tuve que caminar un buen trecho, pero merecía la pena: me tomé un plato de salmón con dos pintas de cerveza negra Porter, que los americanos pronuncian Por’r, y disfruté de mis últimas horas en un bar genuino del territorio USA. Luego regresé al hotel, atravesando masas de jóvenes que bebían, fumaban y conversaban a la puerta de los bares, aprovechando las horas de alivio térmico. Y me acosté en la magnífica cama del Hilton para unas pocas horas. Al otro día me esperaba un viaje larguísimo, en el que tendría margen para dormir más, dentro del proceso de descambiar el horario (¿Cuanto tardará la RAE en admitir la palabra descambiar?). Se lo cuento todo en la próxima entrega. 

lunes, 28 de agosto de 2017

666. Callejeando por Siarl

En fin, me ha pillado el número del diablo sin tener nada preparado al respecto, así que, para subsanarlo, voy a empezar por ponerles un clásico, el Sympathy for the devil de los Stones, una de las canciones más hipnóticas de la historia del rock. Hace años yo solía empezar mis conferencias en inglés con cara traviesa diciendo Please allow me introduce myself. Dejé de hacerlo cuando vi que el público ya no me reía la gracia, porque esta canción había dejado de ser una referencia para las nuevas generaciones. La letra es bastante terrorífica, ya saben, yo estaba allí cuando Jesucristo dudó y luego me aseguré de que Pilatos se lavara las manos; también cuando mataron a los zares en San Petersburgo y cuando cayeron los Kennedy. No hay duda de que el señor de que se habla se paseó por las Ramblas de Barcelona hace unos días. Y luego está el coro ese uh-uh, del que es difícil advertir cuando empieza: primero no está y, en cuanto te descuidas, ya se ha colado en la canción y no ceja hasta el final. Disfrútenla hoy, con motivo del post 666.  


Siarl es la forma en que los americanos pronuncian Seattle. Una precisión al respecto. Por la misma regla, Beatles deberían pronunciarlo Biarls. Sin embargo, lo pronuncian Birls. ¿Por qué? Pues por la presencia de la doble-te. La doble-te rescata la a anterior, que se pierde cuando la te es única. Mi amigo Ed, ahora disfrutando de unas merecidas vacaciones, a cuyo taller de conversación inglesa espero incorporarme en septiembre, me explicó esta y otras reglas. En la primera clase a la que asistí le dije que el inglés era muy difícil para mí porque no tiene reglas de pronunciación. Su respuesta: por supuesto que existen reglas de pronunciación en inglés y además muy estrictas, otra cosa es que usted no las conozca.

Volvemos, pues al martes 1 de agosto, día en el que amanecí en mi cuarto del Bellmont Inn de Seattle o Siarl. Este hotel no tiene restaurante, por lo que me vestí y salí caminando en dirección al mar. Más allá de la Primera Avenida, hay todavía algunas otras, hasta llegar a la última, que se llama la Alaskan Way, el camino de Alaska. Pero yo la tomé en dirección contraria a Alaska, para recorrer el puerto hacia el sur. Algunas imágenes.




Continué mi camino hasta llegar a la parte trasera del Pike Place Market, uno de los lugares obligados de ver en esta ciudad. Desde la Alaskan Way hay que subir por unas escaleras, porque la entrada principal, desde la Primera Avenida, está tres plantas más arriba. Estamos ya en la zona de los mayores desniveles. A media escalera encontré un pequeño antro del que salía un olor a café estupendo. Se llamaba Zig-Zag Café. El aroma me llevó adentro de cabeza (no había desayunado). El local lo llevaba una chica que hablaba español. Me contó que su madre la había parido en Altea y que había pasado allí su niñez. Luego se habían tenido que volver pero ella seguía añorando España. Me dio un café de tamaño doble, con tapadera y pajita, pero no tenía bollos. Para redondear el desayuno, me recomendó ir a De Lurentis, en la esquina con la Primera Avenida. Allí tenían unos muffins maravillosos y no les importaba que trajera el café de otro lado.

Tras desayunar, me topé justo enfrente con una oficina de información turística en la misma plaza de acceso al Pike Market. El tipo era amable, me preguntó si tenía interés en visitar museos y le dije que no, que lo que me gustaba era callejear (hangin’ round). –A mí también, me contestó. Le pregunté por alguna tarjeta de transportes. La había, pero no me compensaba para dos días. –Es que esta es una ciudad muy grande –le dije– y, si cada vez que cojo un bus tengo que pagar 2,50$... Entonces me explicó que, si yo tenía más de 65 años, sólo debía pagar un dólar. Agradecí la información, me acordé de toda la familia de los dos conductores bordes del día anterior, que no habían tenido a bien avisarme, y me fui a visitar el mercado, que es muy interesante, aunque era un poco temprano y estaban todavía montando los puestos. Si el mercado de Granville en Vancouver, me había recordado al elitista de San Miguel en Madrid, este remitía más a la Boquería de Barcelona: era un mercado de verdad, donde se vende toda clase  de comida, además de productos de artesanía y souvenirs turísticos. Alguna imagen más.






La última de las fotos corresponde al primer Starbucks Coffee que se abrió en el mundo. Porque han de saber que esta es una ciudad de emprendedores, donde nacieron además otros gigantes empresariales, como Microsoft, Amazon o la primera fábrica de aviones Boeing, ahora convertida en museo. Estuve, en fin, bastante rato por el mercado, pero ya había desayunado y me encontraba con fuerzas para afrontar cualquier cuesta que me saliera al camino. Salí pues en perpendicular a las avenidas, con intención de alcanzar la calle Broadway. Tomé la calle Spring, un tobogán de cuestas, porque, según el plano, permitía cruzar por encima la Autopista Nacional 5, que atraviesa la ciudad de sur a norte. Quería llegar a la calle Broadway lo suficientemente al sur como para encontrar lo primero que buscaba: la estatua de Jimmy Hendrix.

Por si no lo saben, Jimmy Hendrix nació en Seattle, aunque de niño pasaba largas temporadas en casa de su abuela en Vancouver. Anduvo de acá para allá hasta que se alistó en el ejército para evitar que lo metieran al trullo por robar coches para irse de juerga. Luego ya no volvió mucho por Seattle. Pero el hecho es que nació aquí y que la ciudad le erigió una pequeña estatua en la calle Broadway, que yo quería ver. Y tengo que decir que me decepcionó bastante. Tal vez impresionan más las cosas que te encuentras por sorpresa. Pero lo cierto es que es una estatua pequeña y bastante fea, en mi opinión, y además en un lugar gris e impersonal. Nada que ver con la de Lenin. Juzguen por ustedes mismos.

Broadway adelante se atraviesa por una zona de edificios de la Universidad. Había bastante ambiente a pesar de ser verano. Amplias plazas arboladas llenas de chavales con libros y mochilas, edificios de ladrillo bastante nuevos, paradas de autobús, alguna cafetería. Caminando un poco más por la avenida, entré en el barrio de Capitol Hill, otro de los que me había recomendado mi sobrina. Es esta una zona de casas de hasta tres o cuatro pisos, donde viven muchos estudiantes y hay también una cierta marcha nocturna. Algunas vistas matutinas. Arriba la uni, abajo y al medio Capitol Hill.




En Capitol Hill había una oferta de restaurantes de todas las partes del mundo. Vietnamitas, chinos, peruanos, hamburgueserías. Elegí el Rooster, un Tex-Mex-BBQ en el que me tomé un plato combinado con pollo, patatas y una ensalada, en una mesita de terraza en la propia avenida Broadway. Después tomé las calles Denin y Bell, para volver a Belltown. Doy todos estos datos porque sé que hay algunos de mis lectores que se bajan el Google Maps y van siguiendo mis recorridos. Este camino, tenía las cuestas en sentido descendente, lo cual está mejor, excepto para las rodillas. Seattle es una ciudad llena de obras en solares inmensos, donde se ven excavaciones gigantescas y grúas por todas partes. Tal vez los parados que se ven por las esquinas de Bellmont están al acecho por si viene alguien a contratarlos, como se hacía antes en la glorieta de Legazpi, que también estaba llena de gente. Con la regulación laboral que tienen en este país no sería de extrañar.

Llegué al hotel y me subí a echarme una siesta, como me gusta hacer en vacaciones. Había caminado toda la mañana, calculo que unos seis o siete kilómetros, además de todo el rato que estuve en el mercado, y necesitaba descansar un poco. Cuando me desperté empecé a buscar un lugar donde escuchar un poco de jazz esa noche. El hombre de la información turística me había señalado unos cuantos, uno de ellos no muy lejos del hotel: el Dimitriou’s Jazz Alley. Ese día se anunciaba un concierto a las 7.30pm: Lee Ritenour con Dave Grisin. Mentiría si dijera que me sonaban de algo. Entré en Internet y busqué información sobre ambos. Resulta que se trata de dos viejos colegas del combo de Sergio Mendes y su Brasil-66. Un grupo cuyo nombre indica la fecha de su lanzamiento. Y sólo le falta un 6 para redondear el número de este post. Conexiones inexplicables. En cualquier caso, la prehistoria de la música actual. Tenían que ser muy mayores.

Pero Lee Ritenour es de mi quinta, año arriba, año abajo. Debía de ser casi un crío cuando entró como guitarrista del grupo. Dave Grisin sí que es mayor: 83 años. Era el teclista. Entré en la página del Dimitrious y abrí el programa para sacarme una entrada. Era un coñazo. Te pedían cuarenta datos, seguramente para fidelizarte y luego enviarte propaganda. A la tercera pantalla de petición de datos me harté y anulé la operación. El lugar no estaba muy lejos, era martes y pensé que podía caminar hasta la puerta y ver si me vendían una entrada en la taquilla. Seguí enredando un rato con el ordenador y, a las 6.30pm, bajé a la calle. Esta vez tenía que ir hacia el interior, en busca de la Cuarta Avenida. Encontré el lugar, me acerqué a la taquilla y pedí una entrada. –¿No tiene usted reserva?– me dijo una señora de pelo blanco. –No. –No se preocupe, queda alguna mesa libre. ¿Sabe que la entrada cuesta 34$, más lo que se tome usted después? Lo sabía.

Un rato más tarde estaba en una mesa, detrás de los teclados, ante una pinta de IPA beer. Con la segunda me pedí una ensalada, el plato más barato que había, porque no tenía demasiada hambre. Era el único que estaba solo en su mesa. Entre el público, que llenaba el local, mayoría de veteranos en grupos ruidosos. Salieron los músicos, que eran también veteranos y muy buenos. Lee Ritenour es muy simpático y hablaba bastante con la gente, entre tema y tema. Los demás guardaban un prudente segundo plano. La música que hacían era del llamado jazz-fusión, lo que remite a Miles Davies y a Wheather Report, entre otros. Y a Pat Metheny, por supuesto. Les acompañaba un bajo negro, también de más de sesenta, que empezó sentado y medio adormilado, limitándose a cumplir. Pero, como todos los negros, fue cogiendo marcha y acabó cantando y jaleando con palmas al personal. Los negros se dice que son diesel.

El cuarto y último miembro de la banda era un batería muy joven, que tenía una nariz idéntica a la de Ritenour, de lo que deduje que tal vez era su hijo. Lo confirmé luego en el programa: tenía el mismo apellido que el jefe de la banda. Hicieron un concierto largo e intenso. A sus 83, Grisin tiene un ritmo que no decae en ningún momento. Reconocí algunas melodías de Jobim, de Gilberto, de Stan Getz. Saqué algunas fotos, aunque mi cámara no es muy efectiva en la oscuridad. Se las dejo abajo, de despedida. Queda decir que el camarero me invitó a una tercera pinta de IPA beer, de la que sólo me pude beber la mitad. Y que salí del lugar en el calor de la noche con la cabeza envuelta en vapores alcohólicos y jazzísticos. Y que caminé por la Cuarta Avenida de vuelta, en medio de la gente que se mueve a esas horas por las ciudades, de vuelta a sus casas o saliendo de farra. Estaba todo el trayecto muy concurrido. Un día vivido en Seattle, una ciudad americana que es todas las ciudades, disfrutando de sus calles, de su gente y de su música. Aún me quedaban un par de días por América, antes de regresar. Ya les cuento. 






jueves, 24 de agosto de 2017

665. La tercera decisión

A falta del relato de los días 1 a 4 de agosto, los últimos de mi reciente viaje, hoy vamos a dar descanso al tema, para centrarnos en otro asunto. La verdad es que si les estoy contando detalladamente mis peripecias viajeras es por varias razones. Una ya se ha dicho: me lo he pasado muy bien y quiero tener una reseña completa para que todo esto no caiga en el olvido (a mí cada vez se me olvidan más las cosas). Además ya saben que me gusta acabar las cosas que empiezo. Pero hay otra razón más. Alguna gente no entiende cómo es posible que me haga feliz andar por ahí perdido, yo solo, callejeando por ciudades extrañas, donde no conozco a nadie ni puedo hablar en mi lengua. Cuando les cuento mis andanzas, en sus miradas hay una curiosidad y unas preguntas subyacentes: ¿Qué haces a lo largo de todo un día? ¿No te aburres en ningún momento? De ahí el interés en contarles minuto a minuto mis jornadas de viajero. Para que entiendan por qué me lo paso tan bien.

Hoy, sin embargo, vamos a explorar una línea iniciada hace unos cuantos posts. Agosto es el momento de las grandes decisiones para el año que empieza (porque para mí los años empiezan en septiembre, no en enero). Ya les conté las dos primeras: cortarme el pelo y volver a correr. Respecto a la primera, parece que a uno le fluyen mejor las ideas con el pelo un poco más recortadito. Y, en cuanto a lo de correr, he salido ya seis veces, algunas de ellas con temperaturas asfixiantes y de momento la cosa va bien, estoy mejorando tiempos (el primer día tardé 37 minutos en hacer los 5 kms de mi circuito más corto y ya estoy por debajo de los 34) y por ahora no me canta ni la espalda ni las rodillas. Veremos hasta dónde llego. Empezar a entrenar con calor tiene la ventaja de que, cuando el tiempo va refrescando, vuelas.

Siguiendo un orden lógico, la tercera decisión afecta a un asunto clave: qué hacer respecto a la jubilación. Hasta cuándo seguir en el trabajo. Rebobinemos. Yo tenía un primer hito en mis objetivos laborales. El 1 de octubre, dentro de nada, cumplo 35 años de Ayuntamiento, lo que conlleva un premio económico importante, de acuerdo con nuestro convenio. Y, una vez llegados hasta ahí, lo lógico es que siga hasta mi cumpleaños, el 19 de febrero, lo que me supone un incremento de la pensión de un 2%. Esa fecha es la primera que me había planteado para jubilarme. Porque luego no tiene mucho sentido aguantar otro año más, sólo para ganar otro 2%; a edades como la mía, el tiempo empieza a ser más importante que el dinero (excepto para el que no lo tenga, desde luego). Pero, por otro lado, en el trabajo estoy mejor que hace unos años. Cuando abrí este blog, estaba totalmente marginado y arrumbado a un lado. Ahora tengo unos jefes que valoran mi trabajo y me cuidan.

Hace un año, mi jefa directa decidió que el único despacho individual que quedaba libre fuera para mí, a pesar de que tenía bastantes novios y que yo estaba de baja médica. Ahora ha sido ella la que ha decidido que vaya a Portland, misión para la que luego he sabido que también se postuló más de uno, aprovechando que yo estaba en la Toscana. Entre uno y otro detallazo, muchos otros que no voy a desvelar aquí. Cotidianos, en el trato, en el día a día. Ella se ha esforzado en integrarme, en aprovechar lo que yo puedo ofrecer, y yo me siento a gusto y también me estoy esforzando por estar a la altura y ser de utilidad. Y saraos como el de Portland me compensan de todo un año de trabajo. Es una pena que haya conectado tan tarde con estas redes de ciudades, justo cuando estoy a punto de retirarme. Así que, en conclusión: pues que tenía fuertes dudas: ¿debería quedarme o debería irme? ¿Should I stay or should I go?


Empecé, pues, a mover ficha. Lo primero, le comuniqué a mi jefa que estaba valorando seriamente la posibilidad de irme en febrero. Se entristeció visiblemente y me dijo que para ella era una faena, que mi trabajo era importante, que no tenía a nadie que pudiera sustituirme y que me lo pensara. Le conté también mis planes al Coordinador, la persona que está entre mi jefa y el concejal. Respuesta similar: tristeza, flores diversas y el consejo de que me lo pensara. Cuando uno dice que se va de un lugar, es normal que la gente lo envuelva en halagos. A veces interesados. Y otras veces poco sinceros, dichos de forma automática o por pura cortesía. Pero yo soy ya lo suficientemente veterano como para discernir las alabanzas sinceras y sentidas, de la simple adulación. Y mis sensaciones fueron claras en ambos casos.

Para dar un paso tan decisivo, es básico contar con toda la información. Yo necesitaba saber exactamente cual es mi pensión en este momento y qué incidencia tiene en ella el hecho de que siga más tiempo o no. O, dicho de otra forma: si seguir me supone redondear algo, o es irrelevante, o incluso si estoy haciendo el idiota porque estoy perdiendo derechos. Pasito a pasito, hablé primero con los responsables de personal de mi concejalía. Ellos me remitieron a Personal del Ayuntamiento. Y allí me dijeron que, para saber con precisión lo que yo quería, tenía que dirigirme a una oficina de la Seguridad Social. Entré en Internet y pedí cita en la de mi barrio. Y me la dieron para el 8 de agosto, ya de regreso de los Estados Unidos.

La señora que me atendió me lo explicó todo perfectamente. En este momento tengo derecho a una pensión X (supongo que no esperaban que fuera a revelarla en un foro público como este). Me la especificó al céntimo y me la puso por escrito en un certificado con su sello oficial. Esa es mi pensión hasta el 19 de febrero. Si sigo después de esa fecha, la cuantía se incrementa automáticamente en un 2%. Y esa cantidad se mantendrá hasta el 1 de enero de 2019. Porque ese día las pensiones sufrirán un tajo ya aprobado, que se estima en torno a un 5%. Precisemos. El gobierno de Rajoy tiene ya aprobada la Ley que determina ese bajón, nada menos que desde diciembre de 2013. Y está elaborando el Reglamento que la desarrolle, que se aprobará en 2018 y será el que determine exactamente la cuantía de los recortes. Pueden encontrar información al respecto AQUÍ. El apartado 3 del artículo no deja lugar a dudas.

Es muy extraño que en la calle no se esté hablando nada de este espinoso asunto. Parece que los españoles preferimos vivir en nuestros Mundos de Yupi respectivos (los catalanes en el suyo propio, escolti, eh, que no es el mateig, y los demás en los nuestros). Supongo que uno duerme mejor si se dedica a pensar en los avatares de la Liga de Fútbol o en las semifinales de La Voz Kids. Por lo demás, esta Ley, como suele suceder en España, no tiene efectos retroactivos. No afectará a las pensiones de los que se hayan jubilado en fechas anteriores. Sólo a los que lo hagan a partir de entonces. Le he echado un vistazo en diagonal y he visto que hay más cosas, no sólo el recorte de la cuantía. El llamado factor de sostenibilidad habilita para eventuales ulteriores recortes o congelaciones en función de cómo vaya la economía del país, la esperanza de vida y otros factores. En estas condiciones, es previsible que a finales de 2018 se jubile todo el que pueda, que en los últimos meses de dicho año haya una auténtica desbandada. Yo, como gallego, no puedo dejar de señalar que no me sentiré 100% a salvo de futuros descuentos, aunque de entrada no me afecte el nuevo régimen. Las leyes no tienen efecto retroactivo hasta que lo tienen.

Pero, volviendo a mi dilema y mis dudas, ya tenía lo que necesitaba: me tengo que jubilar en el intervalo comprendido entre el 19 de febrero de 2018 y el 1 de enero de 2019. Ese es el período en el que tendré derecho a una pensión más alta. A partir de esta certeza, he decidido quedarme hasta los meses finales de 2018. Así se lo he comunicado ya a mis jefes inmediatos, que se han puesto muy contentos. La verdad es que la historia de Portland me ha influido a la hora de tomar esta decisión. C40 organiza un encuentro presencial al año y tal vez pudiera pillar otro, aunque no es seguro. Esta mañana he desayunado con Clare en el Café Comercial para despedirnos. Una vez cumplida su misión, mi guapa amiga se tiene que ir de Madrid. El 1 de septiembre regresa a su Londres natal para trabajar en un proyecto diferente dentro de C40. Esta es la foto que nos hemos hecho y que rápidamente hemos colgado en el grupo de whatsapp.


Resumiendo, que la cosa está muy clara. De una manera o de otra tenía que quedarme hasta mi cumpleaños. Luego, el tiempo desde finales de febrero hasta el verano, se pasará rápido, en un suspiro. Y los tres meses de verano, en los que nuestro horario se reduce en una hora, son bastante llevaderos. Además, cuento con tener plaza de garaje desde el 1 de diciembre próximo hasta el 1 de junio del año que viene. He de decir que, durante este mes de agosto, he estado también viniendo en coche a la oficina, porque había sitio para aparcar en el parque de al lado. En los tres meses próximos, me tocará volver a usar el Metro.

En principio estoy valorando una fecha para jubilarme: el 19 de octubre. Ese día cumpliría 67 años y medio. Pero no se la tomen muy en serio. Cuando el momento se acerque, ya tomaré una determinación concreta en función de los requerimientos del equipo en el que desempeño mis tareas. Así que esto es cuanto puedo contarles respecto a la tercera decisión. El cuarto asunto a tener en cuenta es el de la salud. De ese ya se hablará cuando toque. De momento conténtense con saber que salgo a correr 5 kms, tres veces por semana, y que empezaré a nadar un día por semana en cuanto abran las piscinas cubiertas de los polideportivos municipales. Ahora están todas cerradas por obras de mantenimiento, después de años de abandono por los gobiernos locales anteriores. Sean buenos. Y prepárense para mis cuatro días finales de viaje, que son sabrosos.