miércoles, 8 de noviembre de 2023

1.256. Family Man

Escribo ya desde Madrid, felizmente regresado, y me quedan dos entradas para completar el relato de mi viaje londinense, de las que ya les adelanto que la primera tiene un punto más familiar, mientras que la segunda vuelve a mostrar lo que en el post anterior he llamado hechos prodigiosos. Realmente yo soy un tipo bastante familiar, no había estado en Londres desde mi visita para contar el Madrid Río a los planificadores de la TfL (Transports for London), preludio de mi fractura de húmero en el año 2016, que xa choveu, y tenía mucha gente con la que encontrarme allí. Ya les he hablado de Lucas y su chica Laura, de Pedro Cubino propietario del restaurante Rayuela y de Samantha Fish. Pero tenía en programa más encuentros.

Andrew Roachford es un músico británico de cerca de 60 tacos, que canta y toca teclados con bastante energía. En 1989 lanzó su carrera en solitario con un disco en el que incluía un tema que se llama irónicamente Family Man y que fue un bombazo. Yo, que por entonces estaba bastante al tanto de la aparición de nuevos artistas, me compré el disco, deslumbrado por la potencia de esta canción hipnótica y ya de primeras comprobé que el resto del álbum era bastante inferior. Eso y el carácter de Roachford, bastante alérgico a la fama, hicieron que su carrera no durase mucho. Desde 2010 forma parte como teclista de la exitosa banda Mike and the Mechanics, donde desempeña un papel secundario, en la sombra, como a él le gusta. Pero el tema Family Man es buenísimo y les pido que lo escuchen.

Nos quedamos el otro día al final del sábado 28 de octubre, día en el que Lucas, Laura y yo regresamos de Bexhill tras ver el concierto de Samantha Fish y visitar también Hastings. El domingo 29 me quedé por la mañana en casa escribiendo un post para ustedes titulado Living in the City. Y nada más terminarlo, mis hijos y yo cogimos bus y tren para acercarnos a Hampsted West, un elegante barrio residencial donde vive mi sobrina Elena, con su marido Pelayo y sus tres hijos. Habíamos quedado a comer juntos en un pub cercano a su casa, que se llama The Railway, cerca de la estación de tren correspondiente. Allí nos vimos inmersos en un lugar ruidosísimo, con múltiples pantallas de televisión de diferentes tamaños, en las que se podía ver el derby futbolero británico por excelencia: Manchester United versus Manchester City. Es decir un lugar perfecto para pulsar el ambiente british más auténtico.

En el pub, la mayoría de la gente era del United y aullaban cada vez que su equipo iniciaba un contraataque, porque el City de Guardiola dominaba claramente el partido, que acabó ganando por tres a cero. Para mi faceta de seguidor del futbol fue la única mala noticia del fin de semana (me encanta que pierda Guardiola), porque ganaron el Depor, masculino y femenino, y también el Real Madrid femenino de mi querida Athenea del Castillo. En un lugar tan enxebre, aproveché para tomarme el plato british por excelencia: fish and chips. Es un simple pescado blanco rebozado, con patatas fritas, pero la verdad es que estaba bueno. Al final, los chicos se adelantaron para volver a su casa y los mayores nos quedamos haciendo sobremesa. Pero, visto el estruendoso ambiente, decidimos subir nosotros también a conocer la casa y tomar allí el té. Después, nos hicimos la foto de rigor. 

Elena y su marido son arquitectos que se ganan la vida en estudios prestigiosos y me gustó mucho visitarlos. Llovía a cántaros cuando salimos de su casa y caminamos hasta la estación para volver a casa. Allí dejamos correr la tarde de domingo, siempre un tanto deprimente para la gente que trabaja y más bajo un diluvio persistente. Cenamos pronto y nos fuimos a dormir. Eso nos lleva al lunes 30, el octavo día de mi viaje. Tras desayunar con mis anfitriones y recoger la cama de colchón hinchable, bajé a coger el bus 55 y luego el Metro hasta la estación de Baker Street, que tiene para mí una resonancia especial.

En 1978 el músico británico Gerry Rafferty compuso una canción con ese nombre, una balada sencilla que en principio no tenía nada de especial y donde contaba sus andanzas por esa calle que siempre visitaba cuando venía a Londres. El caso es que, durante la grabación en un estudio londinense, a alguien se le ocurrió añadirle un saxo para darle más cuerpo al tema. Llamaron a un prestigioso saxofonista de estudio y el tipo se marcó un riff espectacular, inolvidable, demoledor, que yo creo que todos hemos oído muchísimas veces. Y que, cómo no, les voy a pedir que disfruten una vez más.

Rafferty expresaba aquí su visión del ajetreo de la gran ciudad desde su punto de vista más rural. Y yo me disponía a seguir el camino contrario: conocer el campo y su tranquilidad desde mi punto de vista de urbanita irredento. Desde el Metro de Baker Street hube de caminar un poco todavía hasta llegar a la estación de ferrocarril de Marylebone. Allí debía tomar el tren que va a Oxford City, para bajarme en la segunda parada: la de Beaconsfield. Subí al tren mostrando en el lector correspondiente mi tarjeta Visa y atravesé los verdes prados del norte de Londres. En la estación de Beaconsfield me esperaba Ian Standish, mi hermano británico.

Conocí a Ian y Louise hace más de diez años, a través de alguien que me los presentó y me preguntó si podía hacerles de guía para mostrarles lo más interesante de la ciudad de Madrid. Estuvimos un día entero visitando Madrid Río y otros proyectos (Ian es ingeniero civil jubilado), así como el centro histórico, donde cerramos la visita con unas buenas cervezas en la Plaza de Santa Ana. Ese día sellamos nuestra amistad, fortalecida por el hecho de que les comenté que tenía un blog y me pidieron que les incluyera en el mailing para recibir los avisos de cada nuevo post publicado. Les advertí que mi lenguaje era un poco particular y difícil para un extranjero, pero me dijeron que eso era precisamente lo que ellos querían, utilizarlo para practicar un español más cotidiano que el que se aprende en cursos.

Desde entonces, Ian lee mis posts y me hace frecuentes comentarios, no en el blog mismo, sino por e-mail. Y me contó que, efectivamente, mi lenguaje les supone un nivel intermedio entre el español coloquial con el que te puedes mover por España y pedir algo de comer en un restaurante, por ejemplo, un nivel que ellos dominan de largo, y el lenguaje de noticiarios y documentales, que les resulta más envarado y formal. Aunque Ian me confesó entre risas que no se lee mis textos enteros, que mira los santos y lee hasta que se cansa. Es normal y a mí me hace mucha ilusión tener unos seguidores fuera de España, lo que sólo sucede con ellos, algunos mexicanos y colombianos y mis hijos cuando les da por leer alguna de mis paridas.

Pero en la estación de Beaconsfield me encontré con que los tornos de salida no admitían mi tarjeta de crédito. Ian no sabía cómo había hecho para entrar con ella, porque la compañía de ferrocarril (que, por cierto, es privada) no contempla esa forma de pago y hay que comprar un billete. Ian me ayudó con el jefe de estación, que lo primero que hizo fue venderme un billete sólo de ida y me dijo que los temas con la TfL los resolviera directamente con ellos. Nos explicó que en la estación de Marylebone hay tornos que sirven para trenes y Metros y por eso había yo podido acceder al andén con la Visa. A mí me preocupaba que, habiendo entrado con ella y no salido por ningún lado, me cobraran el máximo posible. Pero hicimos una reclamación con el teléfono, vía chat, y la cosa se solucionó, como pude comprobar al día siguiente cuando me cargaron únicamente lo correspondiente al bus 55 y el Metro a Baker Street.

Solucionado el problema, Ian me llevó con su viejo Land Rover hasta su casa, que está en un lugar llamado Flackwell Heath. En esta zona, como en Galicia, el caserío está disperso en pequeñas agrupaciones de casas entre las que, de vez en cuando, hay pueblos más grandes, como Beacosnville, estructurado en torno a la estación, o Marlow, que también visitaríamos. Saludé a Louise, que estaba ocupada en diferentes asuntos y nos tomamos un café. Como Ian sigue el blog, sabe que soy un buen caminante y que, aunque prefiero la ciudad para mis caminatas, no desdeño el senderismo rural. Lo que pasa es que Ian enseguida detectó que yo no disponía del calzado más apropiado para andar por caminos embarrados y me ofreció unos zapatos suyos de obra, duros pero muy eficaces. Me los puse y salimos ambos a caminar por los suaves paisajes del anillo verde que rodea Londres, resultado del plan urbanístico de Abercrombie.

Es un paisaje idílico, muy verde en esta época del año, por donde pueden verse muchos tipos de aves de todos los tamaños y hasta pequeños ciervos. Cruzamos con cuidado algunas carreteras y llegamos a un pub perdido en medio de la campiña, que se llama The Crooked Billet y tenía un cartel de cerrado en la puerta. Pero Ian me guiñó un ojo, llamó al timbre y nos abrieron. El dueño del pub es amigo suyo y un tipo muy particular, porque tiene el pub como hobby más que como negocio y siempre tiene el cartel de cerrado para abrirle sólo a los amigos o a los que le caen bien. No quiere que se le llene de turistas. Nos pedimos un par de pintas y nos las tomamos con él en la terraza, porque el tiempo nos estaba dando un alivio. Un par de imágenes del lugar.


El edificio del pub era muy antiguo, con estructura de madera y unas vigas enormes. Preguntado al respecto, el dueño nos contó una historia interesante. No todos los barcos de la llamada Armada Invencible terminaron en el fondo del mar. Algunos fueron derrotados pero no los hundieron, sino que los llevaron a Londres adonde entraron por la desembocadura del Támesis. Allí fueron desguazados y muchas de las traviesas fueron vendidas a agricultores y ganaderos locales, que las subieron río arriba y las usaron para construir sus casas y sus establos y graneros, como era el caso de esta construcción reconvertida luego en pub. Pasamos, en fin, un buen rato en compañía de este señor, representante de la Inglaterra rural, que es el contrapunto del ajetreado mundo urbano de Londres.

Regresamos por los caminos hasta encontrar la casa, en donde Louise nos preparó una comida rápida con cordero que nos supo a gloria. Después tuvimos una larga sobremesa, trufada de confidencias e informaciones personales cruzadas, que nos sirvieron para conocernos mejor y reforzar nuestra amistad y que, obviamente, no les voy a contar aquí. Ya anocheciendo, Ian propuso ir a cenar al pub que se anuncia como el más antiguo de Inglaterra, el Royal Standar of England, que está en Beaconsville, adonde fuimos en coche. Es un lugar precioso donde sirven unos platos muy elaborados, a la altura de la decoración. No hice fotos porque mi móvil no va muy bien con la iluminación nocturna, pero a cambio les pongo unas bajadas de Internet. 


Regresamos a casa, en donde mis anfitriones me habían preparado una habitación de invitados con una cama fastuosa, a años luz del colchón hinchable de casa de mi hijo, en la que dormí como un auténtico pachá. Con Ian habíamos medio acordado que llegaríamos a un equilibrio entre mi pulsión urbana y el mundo rural paradisiaco en el que ellos viven, consistente en que pasaríamos un día de tranquila vida en su zona y otro en el que me acompañarían a la City para enseñarme algunas de las zonas más monumentales. Así lo hicimos, de forma que el martes 31 de octubre, noveno día de mi viaje, desayunamos en la casa de Flackwell Heath y fuimos en coche a visitar sucesivamente Beaconsville y Marlow, pueblos de la corona metropolitana de Londres, en los que me dijo Ian que hay zonas muy lujosas en las que viven actores, futbolistas y millonarios diversos. El resto es gente que va cada día a trabajar a la ciudad, en tren o en coche, generando los atascos correspondientes. Aquí sí que hice unas cuantas fotos que les muestro.






Las dos últimas corresponden a Marlow, que está Támesis arriba, donde estuvimos viendo los edificios de la antigua fábrica de cervezas, hoy reconvertidos a diferentes usos culturales y comerciales. Después, hube de calzarme de nuevo los zapatos de obra de Ian para hacer un largo paseo de ribera hacia el Este recorriendo un tramo de río también lleno de toda clase de patos y aves diversas, incluso pelícanos. Volvimos a casa a comer y pasamos una larga y agradable tarde charlando de nuestras cosas, viendo alguna serie de TV y con las persianas bajadas hacia el lado de la carretera, por si venían los niños de Halloween a pedirnos caramelos con su habitual trick or treat. Cenamos y nos fuimos a dormir.

El día 1 de noviembre, décimo día de mi viaje, desayunamos y recogí mis cosas para subir al coche de mis anfitriones para ir todos juntos a la estación de Beaconsfield a tomar el tren para nuestra visita a la zona más monumental de Londres. En Marylebone buscamos un bus que nos llevó a Picadilly Circus y desde allí fuimos bajando por Picadilly street en dirección al río. Intentábamos llegar a la zona de Westminster, pero de pronto se desató el aguacero y Ian nos dirigió hacia un lugar realmente peculiar: el club de los aviadores y miembros de la RAF, la fuerza aérea del Reino Unido. Descubrí aquí que Ian fue piloto de aviones (ya sabía que es patrón de barco y ha recorrido con su velero la mayor parte de las costas británicas). Con su carné de miembro del club, entramos sin demasiados problemas; a Ian le pidieron que se quitara la gorra y a mí me miraron de arriba abajo.

Aprovechamos ya para comer algo, en mi caso un curry excelente, y dimos una vuelta por las instalaciones del club, que en los pisos superiores tiene habitaciones en las que pueden alojarse no sólo los miembros del club sino, por ejemplo, cualquier miembro en activo del ejército español, por ser colegas de la OTAN. Vimos por allí inscribiéndose en la recepción a algunas parejas muy ancianas, con el marido con aires de haber sido compañero de Montgomery y señoras muy peripuestas y orgullosas de su papel de consortes. Todo el edificio respiraba un aire como vetusto, de una alcurnia muy rancia y auténtica; a mí siempre me han fascinado estos lugares tan exclusivos, que sólo se pueden ver si alguien te franquea la entrada como amigo. También aquí hice algunas fotos que les muestro. 




Seguimos nuestro camino y atravesamos primero el Green Park, uno de los numerosos parques del centro de Londres, no tan conocidos como el Hyde Park, pero igualmente llenos de encanto, con mucha gente paseando y numerosas ardillas y aves de todo tipo por allí pululando. A continuación seguimos por el Saint James Park, de similares características. Entre ambos parques, a modo de charnela, se sitúa el Palacio de Buckingham, residencia oficial de los reyes, pero que en este momento no usan salvo para recepciones y actos oficiales, puesto que viven en otro de sus palacios. Lo vimos por fuera y es ciertamente impresionante. Y, ya al otro lado del Saint James Park, junto al Támesis, están algunos de los edificios más famosos de la ciudad: la abadía y el palacio de Westminster, sede del parlamento británico, con el Big Ben y el 10 de Downing Street, así como otros menos conocidos como las sedes centrales del MI-5 y Scotland Yard. Algunas fotos más.


Decidimos hacernos los tres un selfie, testimonio de nuestra amistad y de nuestro venturoso encuentro. Aquí lo tienen.

Gente encantadora, mis hermanos británicos, a los que tras este viaje conozco mucho mejor. Con ellos continuamos nuestro camino por la orilla norte del río, a la altura de la gran noria que se ve al otro lado. Aquí un par de fotos más.


Cruzamos por el puente de Waterloo al otro lado, enlazando con la zona de la south bank por donde yo me había movido durante los días anteriores, el National Theatre y la Tate Modern. Mis amigos querían mostrarme un lugar más. En el edificio OXO, que yo había visto por fuera, se puede subir a una cafetería que hay en la octava planta, en donde hay unas vistas fabulosas de Londres. Allí nos tomamos el último té mientras la noche iba cayendo sobre la ciudad, de la forma lenta y deliciosa en que anochece en estas tierras tan al norte. Después nos despedimos con fuertes abrazos y ellos caminaron hacia el Este, en busca de un Metro que les llevara a la estación de Marylebone, mientras yo crucé hacia el norte, en busca de la línea de bus 26, para volver a casa de Lucas y Laura.

Ambos me esperaban para salir a cenar a un bar de ramen muy de moda, en cuya puerta hubimos de hacer un poco de cola bajo la lluvia. El ramen que nos sirvieron, con uno de los llamados huevos milenarios incluido, era ciertamente una exquisitez. Y desde allí cogimos de nuevo el bus de vuelta, para recogernos debidamente de la lluvia y el frío. Terminó así mi fase más familiar del viaje, a la espera de nuevos hechos relatables durante los días londinenses que me restaban y que les contaré en el post siguiente. Sean buenos.

viernes, 3 de noviembre de 2023

1.255. Suma y sigue

Bien, sigo en Londres hoy, a viernes 3 de noviembre, mañana tengo mi vuelo de vuelta y hasta este momento no he tenido margen para seguir contando mis andanzas, en un viaje ya casi cumplido, que ha sido una singladura intensa y trufada de hechos prodigiosos, como verán si tienen a bien seguir leyendo mi blog. Mi plan es contar en cada post al menos tres días de viaje, para no seguir con el tema hasta las Navidades. Completamos en el último texto la reseña del tercer día de viaje, miércoles 25 de octubre y a partir de ese punto retomo el hilo.

El jueves 26, cuarto día de viaje, el tiempo estaba revuelto, mi hijo Lucas teletrabajaba en casa y yo decidí quedarme con él por la mañana escribiendo mi primer post londinense, o londoner. A mediodía, Lucas me dio unas mínimas instrucciones de cómo hacer una pasta para los dos, que nos tomamos, yo con una cerveza y el con agua del grifo, que tenía que seguir trabajando. Tras recoger la mesa, me puse el abrigo y cogí el bus 26 hasta la parada de Camomille Street. Allí eché a andar hacia el sur, crucé el London Bridge de nuevo y me interné por las callejas del south bank en dirección Oeste. Me acerqué al Shakespeare Globe y pregunté si ese día había representación de Macbeth (alguien me había dicho que esta obra se estaba representando hasta final de octubre). La chica, con mucha amabilidad, me dijo algo que no entendí bien (y aquí mi bajonazo con el tema del inglés), haciendo gestos afirmativos en medio de una parrafada en la que escuché la palabra Macbeth y algo sobre una sesión a las siete y media.

Me compré esperanzado una entrada de pie, para pulsar el ambiente del verdadero teatro medieval y me fui a caminar para hacer tiempo hasta la función, cuyo ticket me había costado diez libras. Pasé por detrás de la Tate Modern, vi el edificio OXO que es un centro comercial y de ocio bastante interesante, rodeé el National Theatre y la Hayward Gallery, donde trabajó durante un tiempo mi amiga Claudia Capuleto y llegué hasta el punto en que ya se ve el Golden Eye, la gigantesca noria en la que se puede uno montar para ver buenas vistas de Londres desde las alturas. Es una noria que se mueve muy despacio de forma continua, de modo que hay que subirse en marcha, como en unas escaleras mecánicas. El viaje dura una hora, así que opté por dejarlo para otro día, para no tener apuros con el teatro. Vamos con unas imágenes. Primero, un selfie casero con Lucas, luego una vista exterior del Shakespeare Globe y por último varias vistas tomadas durante mi paseo.






Me senté a tomar un té en una terraza y estudié la entrada que había comprado. Allí no ponía nada de Macbeth. Y otra información inquietante: la representación duraba dos horas y 35 minutos. Es decir, terminaba después de las diez y yo tenía que caminar luego hasta la línea 26 de bus, esperar, suponía, un buen rato por ser tan tarde y tal vez llegar a casa cerca de la medianoche. Llamé a Lucas, se lo conté y me dijo que me esperaría levantado. Pero al llegar tendríamos que inflar el colchón, que hace un ruido espantoso, a menos que mi hijo me hiciera la cama antes. Un incordio en cualquier caso. Pero ya no se podía hacer nada. Desanduve mis pasos, rebasé el teatro y empecé a buscar algún lugar en el que comerme algo, constatando que estaba todo petao, por ser el jueves noche, el día en que la mayor parte de la gente joven sale de marcha. Empezaba a desesperar, cuando se me ocurrió acercarme al Borough Market. Allí localicé un puesto que vendía empanadas argentinas. Me calentaron dos, me añadieron una botella de cerveza y me fui a comérmelo a un poyete junto al río.

Accedí al teatro, me situé en primera fila como me gusta y esperé a que empezaran. Abajo les pongo algunas imágenes del interior del lugar. La verdad es que los jóvenes actores eran excelentes, lo obra (que no era Macbeth) tenía un ritmo sostenido en el que se intercalaban de manera natural diversos números musicales, interpretados en directos por una pequeña banda que estaba en un proscenio en altura. El espectáculo era muy interesante y sugerente, pero he de confesarles una cosa: no entendía apenas nada del inglés de Shakespeare, lo que fue un bajón adicional. Estaba muy lleno y la gente reía y aplaudía maravillada. Creo que, aun sin entender los diálogos, es algo que merece la pena ver. Hora y cuarto después del inicio, los actores anunciaron un breve descanso. Y yo aproveché para marcharme, decisión en la que no fui el único. Además de mi inquietud por fastidiar a mis anfitriones llegando a horas intempestivas y mi torpeza para entender el inglés antiguo, se sumaba un tercer factor: la cosa era al aire libre y del Támesis venía una rasca creciente que me tenía totalmente entumecido, además de lo incómodo de  estar de pie. Vean las imágenes prometidas.





Y esto es lo que dio de sí el cuarto día de mi viaje. El quinto, viernes 27 de octubre, mi hijo debía quedarse también en casa, porque venía un técnico del gas a revisar la cocina. Me quedé una parte de la mañana con él y luego salí a pasear por Hackney Wick que, como todos los barrios de Londres, tiene un pequeño centro de actividad, en este caso la Hackney Broadway llena de pequeños comercios, bares y pubs, además de pequeños y grandes parques muy agradables. Tal vez el llamado Great London proviene de la unión de muchos pequeños pueblos que fueron creciendo y se fusionaron. Compré por allí cervezas y pan y subí a comer con mi hijo, que apenas tenía un break de una hora a pesar de ser viernes. A eso de las cuatro y media, Lucas cerró el ordenador y los dos nos fuimos a coger el autobús 55 para llegar a la Victoria Station donde nos reunimos con su chica. Los tres teníamos un plan que no les he contado antes y que paso a relatarles.

Como saben, Samantha Fish estaba estos días de gira por el UK, gira que cerraba el día 30 en el 100 cc de Londres, en donde hace semanas que no quedaban entradas, estaba sold-out. Tal vez yo podía haber intentado ir a la puerta para ver si habían dejado algunas entradas para vender allí, como se hace en España. Pero era algo muy incierto y además lo que toca Sam en este tour no me entusiasma demasiado, por el peso que tiene en la música su colega Jess Dayton. Así que había decidido no ver ningún concierto de mi diva favorita esta vez. En esas estábamos, cuando mi querido amigo Ian Standish, mi hermano inglés al que tenía en programa visitar después y que es un seguidor fiel de mi blog, me escribió un Whatsapp. Me decía que Sam daba un concierto durante su gira en el pequeño pueblo de Bexhill on Sea. Que el local del concierto, el De La Warr Pavillion, es un edificio modernista muy bonito al lado del mar. Y que tanto Bexhill como su vecino Hastings son ejemplos magníficos de pueblos ingleses de costa, frente a la boca del Canal de la Mancha.

Yo estaba aun en Madrid pero me picó la curiosidad. Le pregunté a Lucas por Whatsapp si él me acompañaría en esa aventura. Su respuesta fue que él ya sabía con toda seguridad que yo viajaba a Londres a ver un concierto de Samantha Fish, y no a visitarle a él. Y que por supuesto él vendría encantado conmigo, y su chica también. Así que reservé desde Madrid tres entradas y luego busqué alojamiento para tres en Bexhill. Los escasos hoteles baratos cercanos a la estación y al De La Warr Pavillion estaban completos y los que tenían plazas para tres eran carísimos. Pero encontré una casa victoriana de cinco dormitorios y capacidad para nueve personas, que me dejaban para tres por 250 libras, que no es mal precio. Lucas había reservado los billetes de tren, así que en la lluviosa tarde del viernes 27 salimos los tres de la Victoria Station, hicimos un cambio de tren en Hampden Park y llegamos a Bexhill.

Estaba cayendo un diluvio y era de noche, pero con la ayuda del Google Maps conseguimos llegar a la casa victoriana. Era realmente espectacular, pero apenas teníamos tiempo para dejar las cosas y volver a salir a la lluvia para llegar al Pavillion. El concierto anunciaba la apertura de puertas a las siete, el grupo telonero (los canadienses The Commoners) a las ocho y Sam a las nueve. Eran las siete y media cuando llegamos a la puerta, para enterarnos de que allí no se daba nada de comer, pero que había un par de pubs estupendos, a menos de cien metros. Teníamos un hambre importante, así que nos llegamos al primer pub que encontramos y nos calzamos unas hamburguesas fabulosas con la consabida pinta de IPA beer. Abajo el selfie que nos hicimos.

Cruzamos la avenida y entramos al De la Warr Pavillion. Ciertamente es un lugar bonito. Los Commoners habían terminado ya su concierto y los técnicos de Sam estaban ahora ocupados cambiando todas las conexiones y probando los instrumentos. Aprovechamos para pedirnos una segunda cerveza y nos situamos lo más adelante que pudimos. El cien por cien del auditorio eran gentes por encima de los sesenta años, como les había anunciado a mis hijos, prácticamente eran ellos los únicos más jóvenes. Y a mí me preocupaba que se aburrieran o no les gustara el concierto. Pero las veces que me paré a observarlos, estaban con cara de mucha satisfacción, porque la música en directo vista desde cerca es siempre algo muy fascinante y además, Sam se vuelca en los conciertos y es muy exigente consigo misma y con sus músicos. Fue un concierto fabuloso y, aunque yo estoy deseando que se independice de Jess Dayton y vuelva a su repertorio anterior, reconozco que el dúo está cada vez más engrasado y que Jess es un tipo majete, que además toca muy bien la guitarra. Vean un pequeño clip que les grabé con parte del clásico I put a spell on you

Dieron varias propinas y se marcharon ovacionados de forma unánime por un público entregado desde el primer momento. En el living había instalada una mesa con discos de Sam y también de los Commoners. Pregunté si iba a haber meets and greets y una señora me dijo que sí. Había una cola para la compra de discos y otra para la firma con los artistas. Le dije a Lucas que se cogiera sitio en la segunda y yo me acerqué a comprar dos vinilos: el Belle of the West y el Wild Heart, que para mí es el mejor de todos los suyos y andaba intentando conseguirlo hace tiempo. Con ellos en la mano me sumé a Lucas, que ya había pegado la hebra con una pareja de alemanes, sorprendidos de que alguien tan joven estuviera por allí y encima hablara alemán. La chica se llamaba Osa (se escribe con A con un circulito arriba, pero no tengo ese signo en mi teclado español) e hicimos buena amistad durante el rato en que hicimos cola.

Sam y Jess llegaron pronto y dedicaron mucho tiempo a cada uno de los fans que se acercaban, incluso algunos con niños (¿tal vez nietos?). Cuando yo llegué, le pregunté si se acordaba de su segundo mejor fan español. Me dijo que perfectamente y que también del primero. Le dije que no había podido venir, pero que yo le traía sus recuerdos. Hablamos un rato mientras Lucas y su chica hacían muchas fotos seguidas desde diferentes ángulos y luego me firmó como de costumbre uno para the second best spanish fan y otro para Emilio. Luego posé con ella en una foto. Abajo tienen el doble reportaje fotográfico. Primero el punto de vista 1.






Ahora el punto de vista 2.









Y, como resultado de todos estos afanes, abajo tienen LA FOTO 2; esta vez, como les he mostrado arriba el proceso, espero que Paco Couto no piense que me la he fabricado yo con un fotoshop o con inteligencia artificial.

Mi nueva amiga alemana Osa insistió en que me quedara mientras Sam le firmaba a ella sus cosas para hacernos una foto juntos y luego alguien nos tomó una segunda en la que también aparecen su marido y mi hijo. Recuerdos para la posteridad.


Osa vive en Munich y quedamos en llamarnos si uno de los dos viaja a la ciudad del otro. Nos despedimos y caminamos hasta nuestra casa victoriana, felices como perdices. El sábado 28 amanecimos descansados, recogimos todo, dejamos la llave en el cajetín correspondiente y caminamos a desayunar a una bakery que tenía unos pasteles buenísimos. Observamos que la bakery se llamaba 1.066 y recordamos que ese mismo número era la clave que habíamos utilizado para abrir el cajetín de la casa el día anterior. Intrigados, buscamos en Google el significado de ese guarismo y lo encontramos. Ese es el año en el que se produjo la histórica batalla de Hastings en la que los invasores normandos, capitaneados por Guillermo II El Conquistador y recién desembarcados de Francia, derrotaron a los anglosajones, instaurando una dinastía de reyes en Gran Bretaña, luego sucedida por los actuales Windsor, de origen alemán.

Bexhill on Sea es una ciudad de veraneo muy pequeñita, que en invierno no tiene mayor interés, aunque está bien cuidada y hay una calle principal con numerosas tiendas de segunda mano, de las llamadas charities, cuyo beneficio se destina a causas benéficas, además de pubs y comercios de todo tipo. Dimos una vuelta y caminamos hasta la estación, en donde cogimos un tren a Hastings, a dos paradas. Este sí que es un centro más grande, donde solía veranear la reina Victoria y tiene casas modernistas y un centro medieval con callejas cuajadas de viejas tiendas y pubs. Anduvimos por allí enredando un buen rato y hasta compramos algunas cosas. Y luego paramos en un pub, en donde yo me pedí un pie, que es un pastel de carne con salsa gravy y muchas verduras, mi primer plato de la escueta gastronomía británica. Abajo unas fotos de las callejas y del interior del pub.




Todavía dimos una vuelta vespertina para ver la playa, junto a la cual hay una feria con tiovivos, montañas rusas y un local enorme de tragaperras, en donde los autóctonos lo pasan pipa. Lucas cambió un par de libras y estuvimos jugando un rato con las maquinitas. Luego había una cola enorme para cobrar los premios, que suelen ser baratijas, así que le regalamos los tickets a una señora que nos cayó bien. Yo me dediqué a observar y realmente había señores mayores con una cara de excitación y felicidad indescriptible, como la que supongo que pongo yo cuando veo a Samantha Fish y puedo charlar un poco con ella. Finalmente visitamos la antigua aldea de pescadores, que se ha rehabilitado como atractivo turístico, pero en la que se sigue vendiendo pescado fresco, como constatamos. Aquí las imágenes. 



Y sin más nos fuimos a la estación y tomamos el tren de vuelta a Londres. Allí nos montamos en el 55 y llegamos a casa con la noche bien entrada, después de una experiencia provechosa, al menos para mí, que todavía tenía una semana para continuar viviendo hechos prodigiosos como los narrados. Sean felices, que pronto les seguiré contando mi viaje, ya desde Madrid.