martes, 12 de marzo de 2019

817. Empecemos a dar leña

Sí, empecemos a ponernos las pilas, que vienen sucesivas elecciones y lo que pase en ellas va a condicionar nuestros próximos cuatro años, algo que, a mi edad, constituye una parte bastante mollar de lo que me queda de vida, incluyendo el inevitable turning point de la jubilación, que antes o después terminará por llegar. Así que bueno será que nos dejemos de hablar de culos y otras frivolidades y pasemos de nuevo a lo específico y lo concreto. Pero en este blog todo se introduce de manera discreta, silente, casi imperceptible, con sutileza y cariño al lector. Así que voy a empezar por hablarles de las Islas del Mar de Georgia. Tal vez ustedes lo ignoren, pero todo a lo largo de la costa atlántica media de los Estados Unidos, existe un rosario de islas mareales y barras arenosas (como lo hay, por ejemplo, en el sur de Portugal, a la altura de Tavira). Son más de 100 islas, que forman una especie de guirnalda frente a las costas de Carolina del Sur, Georgia y el norte de Florida.

En esas islas, primero conquistadas por los españoles, se instalaron luego diversos hacendados, con sus esclavos y su modo de vida tradicional. En el momento de la Guerra Civil americana, los blancos huyen masivamente a refugiarse en otras zonas del interior donde se sienten más seguros. Pero los negros deciden quedarse y esperar a los yanquis. Y, tras la emancipación, crearán una cultura propia, con una música súper interesante, además de una gastronomía pariente lejana de la de Nueva Orleans. En los años 40, una estudiosa llamada Lydia Parrish, compiló una serie de canciones populares anónimas, que tituló Slave Songs of the Georgia Sea Islands, es decir, Canciones de los esclavos de las islas del mar de Georgia. Entre estas canciones de esclavos, había una que se llamaba Pay me my money down, que puede traducirse por págame mi dinero ahora, o págame por adelantado.

Su letra rememora la reclamación de los estibadores de los puertos isleños, para que les pagaran su trabajo, y es bastante sencilla: además del estribillo repetido mil veces (págame ya, o irás a la cárcel), dice que el capitán les ha prometido pagar, y que mañana es día de navegación, así que, señor capitán, páguenos ya, que mañana se va el barco. En 2006, Bruce Springsteen decidió dejar de lado su banda habitual, la E Street Band, y embarcarse en compañía de su mujer en una gira con un montón de músicos para tocar temas populares como este. Se dice que tuvo más éxito y reconocimiento en Europa que en su tierra, algo que no es de extrañar. En el mes de julio de ese año dio tres conciertos multitudinarios en Dublín y con ellos se grabó un disco en directo. Y les voy a poner el vídeo de la canción arriba citada, que hace unos días han colgado en Youtube. Es un vídeo delicioso.

El Boss está feliz, rodeado de violinistas, banjos, acordeonista, trombón de varas, tuba, sección poderosa de viento y coristas negras. El sonido es formidable, la orquestación precisa y todo está lleno de pequeños detalles. Vean por ejemplo cómo, al grito de UAN-TU, sube un semitono, algo que tiene por objeto darle una variación a una canción que podría resultar monótona, un truco que gustaba de usar Frank Sinatra, entre otros, y que aquí se introduce de manera discreta, silente, casi imperceptible, con sutileza y cariño al oyente. La subida del semitono le obliga a cantar en un registro más agudo, pero eso no es problema para el Boss. Más adelante, con otro grito de UAN-TU, recupera el tono original para afrontar el final del tema. Y los músicos se van yendo, pero la gente se sabe el estribillo y sigue cantándolo, por lo que Bruce se queda escondido y empieza a acompañar a la multitud con su guitarra, hasta que sale de nuevo para dirigir el final del asunto. Vean ya esta maravilla, en pantalla grande, por supuesto.


Vamos a lo nuestro. ¿De dónde he sacado toda esta información? Pues he ido tirando del hilo en sentido inverso a como lo he narrado, a partir de que el extraordinario vídeo que les he puesto me llegase al ordenador de mi casa por arte de magia. Yo estaba tan tranquilo haciendo mis cosas y, de pronto, me cae del cielo ese vídeo. Se preguntarán ustedes por qué me llega eso y quién me lo manda. Pues nadie. Mejor dicho: un algoritmo. Ya lo hemos hablado en otros posts. A partir de lo que yo suelo ver en Youtube, un algoritmo de esta página deduce cuáles son mis gustos y me bombardea con vídeos de esa tendencia. Lo mismo que, después de sacarme un billete de avión a Chicago, me estuvieron llegando ofertas de hoteles y vuelos a esa ciudad, hasta después de Navidad. Y, tras firmar algunas peticiones de Change.org relacionadas con desastres médicos, me siguen martirizando con nuevas peticiones, del estilo: a mi hija se le cayó el brazo izquierdo al suelo y la Seguridad Social no le paga el reimplante, porque sólo cubre el brazo derecho, salvo que seas zurdo. Con perdón.

Saben de qué les hablo ¿no? Los algoritmos nos controlan. Conocen al detalle cuáles son nuestros gustos, nuestras aficiones, nuestras debilidades y nuestra tendencia política. Y actúan en consecuencia. Pero, no nos engañemos. Detrás de cada algoritmo, hay unos cuantos cabrones que lo programan y lo utilizan. Y la tentación de modelar tus gustos o tendencias, es muy fuerte. Así que, en este tiempo preelectoral, es muy fácil que, ahora mismo, nos estén ya mandando mensajes y falsas informaciones para influir en nuestro voto, de acuerdo con los intereses oscuros de los grandes poderes económicos. Y esto nos lleva al escándalo de Cambridge Analytica, que tal vez algunos de ustedes recuerden. El merdé lo destapó el periódico inglés The Guardian y esta vez no les voy a poner ningún link; si quieren más información, búsquensela ustedes, joder, que no se lo voy a dar todo mascado.

Hablo del escándalo que se produjo hace ahora exactamente un año. Un ex empleado reveló las prácticas habituales de esta empresa y se armó la de Dios, hasta el punto de obligar a Mark Zuckerberg, el fundador y propietario de Facebook, a peregrinar compungido por diversos parlamentos del mundo para pedir perdón, entre ellos el Europeo. El tema estuvo también en el origen de toda esa serie de coñazos que te preguntan ahora al entrar en cada página de Internet, para garantizar supuestamente tu privacidad. ¿Y qué es lo que hacían los cabritos de Cambridge Analytica? Pues muy sencillo. UNO, entraban en los perfiles de Facebook. DOS, elaboraban un perfil psicológico de cada usuario. TRES, cruzaban los datos con los del censo electoral. Y CUATRO, bombardeaban a los infelices, con mensajes y noticias falsas, para forzar el sentido de su voto.

Hicieron eso ¡OJO! con 50 millones de usuarios de Facebook. Influyeron decisivamente en el Brexit y en la elección de Trump. Es algo sencillo de entender, un doble algoritmo se dedicaba por un lado a confirmar las convicciones de los partidarios del Leave Europe, o de Trump, y por otro a desanimar a los votantes contrarios de ambos, sobre todo a los que evidenciaban un carácter débil o unas convicciones no muy arraigadas. No es difícil hacer esto. En general, sabemos que la derecha vota en bloque, mientras la izquierda siempre duda, titubea y acaba dividiéndose. Pues está demostrado que Cambridge Analytica tenía un algoritmo para inducir la abstención de la izquierda y otro para reforzar a las derechas. ¿Cómo se induce la abstención? Pues, por ejemplo, haciendo ver que no hace falta ir a votar, que el tema está ganado. El día de la votación del Brexit, miles de jóvenes se fueron sin haber votado, para coger sitio en el festival de rock de Glastonbury porque pensaron que el Remain ganaría por goleada. Y esto se completa con rumores insidiosos y falsas noticias, que la gente se traga y luego no se cree del todo el desmentido. Así que han de estar ustedes bien despiertos. Porque la cosa puede empezar aquí en cualquier momento. De hecho, ya ha empezado.

Ya saben que soy partidario de la señora Carmena (otro día explicaré en detalle por qué). No es algo interesado; a mí me quedan menos de dos años de vida laboral y mi mayor o menor felicidad en el trabajo está vinculada a la continuidad de mi jefa directa que, a su vez, no depende de que gane Carmena. Puede que siga siendo mi jefa, con unos o con otros, o que la cesen, con unos o con otros. Así que a mí ni me va ni me viene. Pero ya empiezo a abordar a la gente que conozco y que podemos situar en la órbita de la izquierda, con la siguiente pregunta: –Amigo, tú votarás a Carmena, ¿no? Y me encuentro con respuestas como estas. Ay, no, no, no, que yo soy ciclista radical y esta señora no ha hecho bastantes carriles bici y las bicicletas siguen siendo un 1% del total de desplazamientos en la ciudad. Ay, no, no, no, que yo soy remero y esta señora nos ha echado del río con su política de renaturalización. Ay, no, no, no, que yo soy de Podemos, del círculo del barrio X, y nosotros estamos con Iglesias. Ay, no, no, no, que yo soy contrario a la Operación Chamartín, y esta señora sólo la ha reducido a casi la mitad, en vez de anularla del todo. Ay, no, no, no, que yo soy vegano y esta señora se come unos filetes de puta madre.

Desde aquí les digo: váyanse todos a la puta mierda. Si eso me lo confían a mí sólo con preguntarles, seguro que esos mismos conceptos circulan ya obsesivamente en sus grupos de Whatsapp, en su nicho de tendencia. Ahora mismo, los poderes ocultos ya saben de qué pie cojea el ciclista, el remero, el del barrio X, el anti Chamartín y el vegano. Y basta un pequeño bombardeo de mensajes falsos, para que esos señores se abstengan, o voten a los anticapitalistas de Rommy Arce, que para el caso es como si se abstuvieran. Y ya han empezado las fake news sobre la señora Carmena. A mi ya me han llegado dos distintas, de dos personas que se las habían creído, reforzándose por ello en su intención de no votarla. UNA, que en la Operación Chamartín hay intereses que vinculan a su marido, el arquitecto Eduardo Leira. DOS, que ya tiene pactado un acuerdo con Ciudadanos para formar gobierno. Con perdón de los infectados por esas mierdas: hay que ser muy pánfilo para creerse semejantes infundios. Conozco a Eduardo Leira hace décadas y a sus hijos y sé de lo que hablo. Y lo de Ciudadanos es un auténtico delirio.

Este es sólo un primer apunte de lo que voy a ir desarrollando en el blog a lo largo de esta doble campaña electoral. Los algoritmos nos acechan. Tengan cuidado. Y recuerden: detrás de cada algoritmo hay una banda de cabrones con intereses político-económicos descomunales. Terminaré con una anécdota reciente que viene al caso. En Lille, me monté con mi hijo Lucas en una de las dos líneas de Metro que recorren toda el área metropolitana. Van a toda pastilla. Sin conductor. Le comenté a mi hijo: –Entonces, estos trenes los conduce un algoritmo ¿no? Me miró como se mira a un idiota: –Papá, estos trenes no los conduce un algoritmo, estos trenes los conduce un señor desde una sala de mando llena de pantallas, en las que va siguiendo todas las incidencias. Como el que maneja un dron. Si los gobernara un algoritmo, habría accidentes todos los días.

Creo que está muy claro. Aplíquense el cuento. Y sean buenos.

sábado, 9 de marzo de 2019

816. Los culos de las francesas y un divieso

He dudado antes de ponerle a un post semejante título, por el riesgo de concitar la atención insana de salidos, mirones y viciosos varios, pero lo prometido es deuda. En realidad, este es un foro donde se habla mayormente de otros asuntos, con preferencia por la literatura, la autoficción, el comentario satírico sobre la actualidad, el humor y el regodeo con el lenguaje. Y, en relación con el trasero de las señoras, hace mucho tiempo que traje al blog un escrito delicioso de un autor argentino, que se llamaba Oda al culo, parte esencial del Post #75, que pueden (y deben) leer, para lo que han de pinchar en el enlace anterior. Los seguidores que no lo eran entonces (hace más de seis años), encontrarán un texto ciertamente sublime, y los que ya lo leyeron, pueden repasarlo, es una lectura siempre estimulante. Un relato esférico, cósmico, como el objeto al que se refiere. Después de esto poco me queda a mí por añadir.

Pero acabo de volver de Francia, donde las mujeres jóvenes gustan del pantalón o vestido ajustado para resaltar las partes más atractivas de su anatomía y, bajo el sol de París, aquello era una sinfonía de formas, de colores, de energía positiva, de vitalidad. Mi primera reflexión fue que París es en estos momentos una ciudad de gente joven, de muchachada que vive acelerada y desenfadadamente, que trabajan, se aman y se divierten sin ceder al cansancio. Que comen, beben, fuman y hacen deporte sin freno. Luego me di cuenta de que la reflexión no era la correcta. No es que París sea una ciudad de jóvenes. Es que yo estoy viejo, que no es lo mismo. Así que no les extrañará saber que yo caí, enamorado de la moda juvenil, de las chicas de los chicos de los maaaniquís, etc.

Y he de rescatar también una vieja reflexión lingüística al respecto, ya desarrollada en el blog. Porque, cuando yo era niño, la palabra culo se usaba correctamente y no como ahora. En los tiempos en que yo era un chaval, la palabra culo se empleaba para designar estrictamente el orificio anal, mientras para la parte más carnosa se utilizaba el vocablo femenino plural (las) cachas. Obviamente plural, porque son dos. Bueno, los elegantes decían (las) nalgas, pero a mí esta palabra siempre me ha sonado como propia de ámbitos médicos, asépticos y hasta casi quirúrgicos: uno no imagina a una señora probándose un vestido y desechándolo porque le hace mucha nalga. O a una amante diciendo ráscame las nalgas, querido.

Por cierto, el agujero se solía llamar también el ojete, apelativo entrañable donde los haya, como lo es el de las cachas, denominaciones ambas que a mí me retrotraen inequívocamente a la infancia. La segunda de ellas ha dejado lamentablemente de usarse, salvo la derivada bastarda estar cachas, por ser muy musculoso. Pero ya no se habla nunca de las cachas, porque ahora todo el mundo usa la palabra culo para designarlas, en un ejemplo proverbial de sinécdoque, figura retórica que, como seguramente no ignoran, consiste en designar una parte por el todo, o el todo por una parte. Cuando alguien dice que fulanita (o fulanito) tiene el culo muy grande, no pretende expresar que esa persona esté en posesión de un orificio anal de gran diámetro, sino que tiene unas cachas o nalgas prominentes. Esto es algo que sucede en el castellano, pero no, en cambio, en el francés.

Porque en francés se dice le cul para designar el propio agujero, pero las cachas se nombran, como es lógico, con un sustantivo femenino plural: les fesses. Esta es una palabra de uso muy corriente, tanto en el francés coloquial, como en el más formal, utilizada incluso en refranes o expresiones frecuentes, como coûter la peau des fesses, que literalmente sería costar la piel de las cachas, pero que debemos traducir por costar un ojo de la cara. O este otro: rester avec les fesses en l’air, que viene a significar lo mismo que en castellano: quedarse con el culo al aire. El culo prácticamente al aire llevaban por la calle algunas chicas con las que me crucé en distintas calles, vestidas con unos modelos de minifalda tan exiguos como nunca antes los había visto (en París, por supuesto, no en Lille). Debe de ser la moda de este año. Y una de las noches que pasé allí, mi hijo me llevó a cenar al restaurante La Belle Hortense, casi enfrente del Café Les Philosophes y propiedad de los mismos dueños, en pleno Marais. Y en el lugar había una exposición de culos de señoras, o digámoslo correctamente: cachas o fesses. Pueden ver que no les engaño.


Por cerrar el tema, he de decirles que la denominación femenina plural les fesses tiene incluso un sustantivo colectivo derivado, que designa el conjunto de ambas: le fessier, que podríamos traducir por el culamen. Y es este el nombre que la conocida marca de moda francesa Le Temps des Cerises ha elegido para retrucar la divisa oficial de la República Francesa, y convertirla en el lema de su campaña de primavera 2019: Libertad, Igualdad y Buen Culamen. Vean abajo el cartel que ahora mismo adorna las paradas de autobús de toda Francia. No cabe duda de que unas cachas como esas son un factor que contribuye decisivamente a fomentar la fraternidad más acendrada. 


De estas y otras cosas se ha nutrido esta semana mi nostalgia de un viaje que ha resultado redondo, como unas buenas cachas. Me lo he pasado genial, he encontrado bien a mis hijos y he desarrollado una actividad bastante frenética en París (un poco más tranquila en Lille), que he mantenido sin solución de continuidad en mi aterrizaje en la rutina laboral. Porque los tres primeros días apenas he aparecido por la oficina. El domingo por la noche me comuniqué con mi jefa, que debía intervenir el lunes a primera hora en una mesa redonda en Cibeles, abriendo las jornadas internacionales ToGather que ha organizado el Coordinador de la Alcaldía Luis Cueto. Le pregunté si quería que la acompañara y luego nos íbamos juntos a la oficina. Le pareció buena idea y así lo hicimos. Y sucedió una de esas cosas que algunos de mis lectores se creen que me invento. Realmente, es bastante increíble.

Resulta que entre los invitados internacionales de estas importantes jornadas, estaba la señora Ellen S. De Vibe, veterana directora del departamento de Planeamiento Urbanístico de Oslo. Y que, cuando llegó mi jefa, se puso a hablar con ella en inglés. Y que la señora le contó que hace años había venido a Madrid y había estado en el parque Madrid Río, en una visita guiada dirigida por un técnico del Ayuntamiento, con un bigote blanco, del que todavía se acordaba porque le había impresionado la pasión con la que contaba el proyecto y su punto de vista visionario sobre las ciudades. Y mi jefa dijo: –¡Ese es Emilio y viene ahora! Así que, cuando llegué, poco menos que me recibieron con cohetes. Yo no me acordaba de esta señora, pero he consultado la relación minuciosa y precisa que tengo de todas mis actividades de relaciones internacionales y he deducido que, efectivamente, recibí a una delegación de la ciudad de Oslo el 16 de septiembre de 2014, y les acompañé a ver el Centro de Control de Túneles y todo el parque Madrid Río.

Tras la mesa redonda, me fui con mi jefa a la oficina y me perdí la intervención de esta señora tan impresionada con mi presentación del río. Por la tarde, al salir del trabajo, me pasé otra vez por Cibeles para asistir a la parte más interesante de las jornadas, con las intervenciones de Saskia Sassen y Richard Sennett, dos referencias mundiales del urbanismo. Allí me senté con Ellen, quien, con gesto cómplice, me confesó: –Le he mencionado a usted en mi conferencia de esta mañana. Le di las gracias, le dije que me sentía muy halagado y le prometí que, si un día voy a Oslo, no dejaré de llamarla. Una compañera de la oficina que estuvo toda la mañana en las jornadas, me ha confirmado que esta señora me citó con nombre y apellidos (le había dado una de mis tarjetas por la mañana) y que dijo cosas muy bonitas de mí. Ya ven, qué quieren que les diga, esto forma parte de la cresta de la ola de mi cabalgada surfista y también es una muestra de que voy recogiendo algo de lo que llevo muchos años sembrando.

El martes me tocó recibir a un curso de postgrado de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Belgrano (Argentina) con los que estuve casi toda la mañana en Cibeles. Al final me tuve que ir corriendo a la oficina, porque de 4 a 5 teníamos una call con Nueva York para tomar las últimas decisiones sobre el final de Reinventing Cities. Y el miércoles me encargué de guiar la visita de campo de los participantes en ToGather que se apuntaron a esta actividad opcional. En un autobús de la EMT, visitamos bajo la lluvia algunos edificios rehabilitados con las ayudas del Plan MadRe, en Manoteras y Orcasitas; nos asomamos al parque Madrid Río y rematamos con un recorrido por la Gran Vía. Nos falló el tiempo, pero les pude contar muchas cosas en el autobús, de donde nos bajamos lo mínimo y, aún así, nos calamos. Vean un par de fotos de la excursión.



En definitiva, que hasta el jueves no pude bajar el ritmo, dedicarme a poner al día el correo y empezar a organizar mi programa para los próximos meses. Y, como era previsible, esa bajada de ritmo abrió una puerta irremediable a la nostalgia de mi periplo parisino y lillois. Me queda sólo relatar una cosa. Durante todo mi viaje sufrí una incidencia física leve, pero muy molesta, que no les he contado porque, como ya he dicho, al blog se viene llorado. Desconozco el origen, pero, cuando llegué a la Universidad Paris 8, tenía en el índice de mi mano derecha una picadura de un insecto, o tal vez un grano con pus o algo similar. Lo cierto es que, con los nervios de la ocasión y la presión de tener que hablar en francés a un auditorio de bastante altura académica, me pasé las tres horas rascándomelo y tocándomelo de forma inconsciente mientras hablaba. Por la tarde tenía una infección importante y la mano tan hinchada que no podía ni sujetar un bolígrafo. Esa noche, cuando volvió del teatro, Alain se asustó mucho y me dio una pomada antibiótica de la que tenía dos tubos, uno de los cuales me regaló y me he estado dando dos veces al día prácticamente hasta hoy. Los primeros días, completé la acción terapéutica con Ibuprofeno oral, que siempre llevo en mi equipaje y que, como saben, es anti-inflamatorio. 

Independientemente de su origen, he llegado a la conclusión de que lo que he sufrido no puede ser otra cosa que un divieso. No tengo ninguna duda al respecto. Es este un tipo de afección cutánea que ahora es muy poco frecuente, pero en tiempos no muy lejanos, cuando las condiciones de higiene de nuestras vidas no eran tan estrictas como ahora, constituía una dolencia bastante común, como lo prueba la cantidad de denominaciones que tiene el castellano para ello, entre otros, además de divieso: panadizo, forúnculo, lobanillo o golondrino. Es, como digo, una cosa leve pero dolorosa y muy molesta, porque esa parte del dedo se roza con todo y uno ve las estrellas cada vez que, por ejemplo, intenta sacar algo del bolsillo. El último día de mi estancia parisina, logré que se reventara, generando un cráter de pus que poco a poco fue adquiriendo la textura de un muffin neoyorkino de fresa, con su envoltorio de papel y todo, como pueden comprobar en la foto que me hice recién llegado a Lille, cuando ya estaba bastante reducido. Ya sé que no es una imagen muy agradable, pero no todo van a ser cosas tan bonitas como los culos de las francesas. Peor era, desde cualquier punto de vista, la imagen de mi fractura de húmero que les mostré en su día. Así que, no se quejen. Y, desde luego, sean buenos.



miércoles, 6 de marzo de 2019

815. Adagio lillois

Han de pronunciar liluaaas, poniendo boquita de piñón como la de las francesas, que siempre han fundamentado en su boca el indudable sex-appeal que atesoran, y dejando que la ese final se deslice suave, casi silente. La parte de mi viaje en Lille fue más corta y como menos estresada. Los parisienses llevan una velocidad de crucero alta y se nota en todo lo que hacen. Por ejemplo, en el Metro no se deja salir, antes de entrar. Cuando se abren las puertas, la gente que entra y sale se abalanzan al unísono unos contra otros y es una guerra para ver quien empuja más fuerte. Y si se te ocurre, en plan español educado, quedarte un poco retirado en el andén para dejar que salgan los de dentro, entonces se te cuelan dos tipos acelerados por ambos lados y te rebasan en diagonal para aprestarse a la batalla. No he visto eso en ninguna otra ciudad del llamado primer mundo. Tal vez fuera ésta la lucha por el espacio urbano de la que hablaba Henry Lefebvre. No es de extrañar que mi amigo Philippe opinara, en una de sus frases magistrales, que Francia es un país en vías de subdesarrollo. 

París vive a ritmo de allegro vivace, en términos de música clásica. En Lille, en cambio, la vida es más tranquila y podríamos asimilarla a un adagio maestoso. Otro cambio decisivo fue el del clima. En París durante toda la semana lució un sol primaveral. Y, cuando eso sucede, todo el mundo se vuelve loco, sale a la calle y llena los parques y las terrazas de los bares. Sólo el último día se nubló y hasta cayeron unas gotillas cuando me encaminaba al Metro para llegar a la Gare du Nord a tomar el TGV. Durante los días que estuve en Lille no vi el sol ni cinco minutos. Ya llovía cuando caminé desde la estación de ferrocarril hasta el Hotel de la Treille, donde me había alojado hace cuatro años, en un viaje que fue contado en el blog. Pregunté a la señora del hotel dónde comer y, sin dudarlo, me indicó el restaurante La Connivence. Pero llegué y me dijeron que acababan de cerrar la cocina (algo que tampoco te suele pasar en París). Por allí, sin salir del Vieux Lille, encontré una cervecería llamada The Black House, en donde ofrecían un menú del día: plato de cordero y pinta de Leffe Blonde por un precio asequible. Regresé al hotel y me tumbé a esperar la llamada de mi hijo Lucas, que tenía ese día su examen de mitad del doctorado.

Es hora ya de decir que Lille es una ciudad que perteneció a Flandes y que conserva mucha de su tradición flamenca, marcada por los años de dominio español. Por ejemplo, como me hizo ver mi amigo Alain, en Francia es casi imposible encontrar croquetas. Sí las hay, en cambio, en España y también en Bélgica, donde las más típicas son las de camarones. Dicen que a Puigdemont le encantan. Que en Waterloo, a falta de mungetas amb butifarra, se pone ciego de croquettes de crevettes. Como buenos flamencos, los lillois disponen de un surtido de cervezas artesanales buenísimas, además de las clásicas Leffe, Grimbergen y Hoegaarden. Es un lugar siempre encapotado y con chirimiri frecuente, lo que no impide que las calles del Vieux Lille estén abarrotadas de gente a todas horas. Lille es la cuarta metrópolis francesa por población, sólo por detrás de París, Lyon y Marsella. El Área Metropolitana abarca 85 ciudades, las mayores: Lille, Roubaix y Tourcoing. Y aquí están radicadas las sedes de algunas de las multinacionales francesas más extendidas, que nacieron precisamente en Lille, como Decathlon o Leroy Merlin, por no hablar del famoso Paul, cuyas cafeterías inundan toda Francia (en el aeropuerto de Barajas ya hay una).

Lucas llegó a media tarde y nos fuimos a dar una vuelta. Lo que había tenido era la evaluación intermedia de su doctorado basada en una presentación oral de su trabajo de año y medio, ante unos profesores que habían venido de Inglaterra y Bélgica. Habían empezado a las nueve de la mañana, a la una habían parado para comer y luego habían seguido una hora y pico más. Le había salido muy bien, pero estaba tan cansado que se había dejado la bicicleta en la Uni y había venido al centro en Metro. Estuvimos un rato callejeando por el Vieux Lille, vimos los edificios de la Ópera, el Ayuntamiento, la Vieja Bolsa, la Grand Place. Acabamos cenando en un lugar típico: Au Vieux de la Vieille, en la pequeña Place aux Oignons, la plaza de las cebollas. Y nos fuimos a dormir.

El viernes 1 de marzo me levanté tarde, bajé a tomarme un café crème con un croissant y volví a la habitación, en donde esperé leyendo a que llegara mi hijo que, lógicamente, se levantó tarde. Dimos un paseo corto bajo la lluvia y nos zampamos unas hamburguesas de pato en un sitio de comida rápida. A las 2 nos separamos; él se fue a la Uni a recuperar la bici y poner orden de nuevo en el laboratorio y yo caminé hasta la Universidad Católica de Lille, en donde tenía mi segundo bolo del viaje. Había quedado a las 14.30 con Ana Ruiz-Bowen, directora del máster de Smart Cities, para una repetición de mi encuentro-taller de París. A punto de empezar, me enteré de que, además de los estudiantes del máster, se habían sumado a la charla dos o tres erasmus, que no entendían ni papa de francés. Por lo que me dijeron que si por favor podía darla en inglés. Así lo hicimos durante hora y media, lo que me resultó muy cansado; es agotador contar en ingles una presentación con las imágenes en francés.

Después hubo media hora más de preguntas y debate, que les pedí que hiciéramos en francés. En cualquier caso, los alumnos (y la profesora) no sabían demasiado de urbanismo, por lo que la actividad tuvo mucho menos nivel académico que la de París, que había resultado fantástica. En general, yo creo que las universidades privadas tienen bastante menos nivel que las públicas, si bien en este caso tienen edificios antiguos de prestigio, como verán en las fotos y parecen disponer de recursos económicos a cascoporro. Al acabar, Ana me invitó a una cerveza en un pub cercano y luego me enseñó uno a uno los principales edificios de la Uni, donde tenían cosas como impresoras 3-D, cortadoras láser y similares. A pesar de ser viernes por la tarde, había bastantes alumnos y profesores en los diferentes talleres colaborativos. Aquí unas cuantas imágenes de los edificios universitarios y de mi charla.









Esa noche, Lucas salió a celebrarlo con sus colegas del laboratorio, la mayor parte italianos. Yo les acompañé en la primera parte de la celebración con un par de cervezas en el bar La Capsule. Mi hijo se vino conmigo a cenar a La Connivence y más tarde me dejó en el hotel para seguir la farra con sus amigos. Un par de cosas sobre la cocina de Lille. No es demasiado variada. Lo más destacado es la carbonade flamande, un especie de ragú cocinado a fuego lento con cerveza, que está muy bueno, y la potjevleesch, que es una especie de paté hecho a base de diferentes carnes: de conejo, pollo, ternera, apretadas en un cilindro de gelatina. Podría recordar algo al morteruelo. Por último, el welsh, el plato pobre emblemático que adoran todos los lillois. Es lo que se acostumbra a hacer con el pan duro: una especie de pequeñas tostadas con queso cheddar fundido, que se pueden tomar con diversos acompañamientos, como huevos fritos o embutidos. También son muy partidarios de los pequeños mejillones cocinados con diferentes salsas, típicos de toda la costa francesa.

El sábado, amanecimos tarde, especialmente Lucas. Vino a recogerme y me tomé con él un segundo café con unos dulces, bueno para la resaca. Nuestro plan era ir a Roubaix a ver un museo que se llama La Piscine, pero, de camino a la estación, nos tropezamos con la marea de los gilets jaunes de cada sábado. Los antidisturbios se prepararon y, a visera bajada, se desplegaron para evitar que la revuelta llegara a los puntos neurálgicos de la ciudad. Desde detrás de la barrera policial hice algunas fotos que pueden ver abajo. Los manifestantes torcieron el rumbo y giraron a su izquierda, en dirección a la Grand Place. Ni unos ni otros querían más bronca de la necesaria. Tan sólo exhibir músculo, antes de retirarse a tomar el vermú. Desde mi parapeto, pensé que, si esta gente jugara al victimismo como otros que yo me sé, sería muy fácil provocar un poquito a la policía, lo justo para recibir unos cuantos porrazos y estar atentos a filmar las cabezas ensangrentadas para colgarlas enseguida en Twitter y difundirlas all over the world. Ya puestos, no hace falta ni recibir el porrazo, basta un poco de salsa de tomate. Vale, no sigo por esta senda, vean las fotos de la marcha, que se repite todos los sábados desde hace meses y sigue siendo muy numerosa. 





Ahora mismo, los gilets jaunes tiene el apoyo de los dos extremos del arco ideológico francés: el hirsuto Melenchón (amigo de Pablo Iglesias) y la señora Le Pene. Por algo será. Diré que viajamos a Roubaix, en donde visitamos el museo de La Piscine, un lugar ciertamente bonito, en el que han adaptado una vieja piscina pública a museo, con un resultado espectacular. Vean algunas imágenes.





Regresamos después a Lille, en donde nos quedamos un rato en el hotel, descansando y charlando. Luego salimos a cenar a una pizzería, que yo ya estaba harto de tanto guisote de carnaza local. Un último paseo bajo la lluvia y nos despedimos. Lucas se volvió a su casa en bicicleta, y yo me subí a mi cuarto. El domingo hice la maleta y caminé hasta la estación de ferrocarril. A las 9.03 tomé un tren directo al aeropuerto Charles De Gaulle, de París. Y allí me subí al vuelo de las 12.30 a Madrid, a donde llegué con tiempo de tomar el vermú. Y, enseguida, la inmersión en la actualidad española. El Metro del aeropuerto iba abarrotado, porque ya saben que el gobierno de la Comunidad de Madrid está súper endeudado y hace economías reduciendo el número de trenes. Circulé hasta Nuevos Ministerios atufado en medio de un grupo de catalanas viejas, desabridas y quejosas, que hablaban todo el rato en su idioma. M’estic marejant decía una doña de aire hipotenso y cara de asco.

Y me vino a la mente un pensamiento que les voy a contar. No pretendo decir que esté bien pensar semejante cosa. Pero es rigurosamente cierto que pensé lo que les voy a contar más abajo. Ya saben que esta es una tribuna en la que se consignan sentimientos y luego se tratan de explicar, aunque no sean muy defendibles. Esto es lo que pensé. Después de pasar una semana y pico entendiéndome con mis hijos y sus amigos respectivos en una mezcla de francés, español e italiano, venía con la sensación siguiente: joder, qué tres idiomas más hermosos, ricos, sonoros e inspiradores. Qué delicia y qué privilegio poder expresarse en una cualquiera de estas tres bellas lenguas derivadas del latín. Y, en el medio de esa triple deriva lingüística, ¿cómo es posible que haya existido un pueblo tan cutre como para pervertir el precioso latín original generando un idioma tan feo, malsonante, basto y depresivo como el catalán? ¿Tal vez esté aquí el origen de ese extraño fenómeno por el que ese mismo pueblo ha dejado crecer en su seno el huevo de la serpiente del independentismo identitario, racista y sectario? En fin, ya les digo que no es un pensamiento muy presentable. Pero les juro que eso fue lo que me vino a la cabeza mientras escuchaba a aquellas cuatro marujas provincianas proclamando que en Barseloneee el Metro no va tan abarrotat, escolti tú.

Para acabar de joderla, en el tren Nuevos Ministerios-Atocha, se subieron un par de tipos recios, de aire ordinario inequívocamente rural, que volvían de una manifestación a favor de la caza y la pesca, con sus pancartas plegadas y la pechera llena de pegatinas y pines alusivos. Empezaron desgranando sus últimas aventuras con el guarro y el venao y enseguida pasaron a hablar maravillas de Vox, partido al que pronosticaron una subida espectacular en las próximas citas electorales, porque (sic) la gente está hasta la polla. Como ven una doble inmersión sucesiva en la triste realidad patria. Quedan un par de flecos del viaje, sobre los culos de las francesas y otros interesantes temas, que ya desarrollaré en el post siguiente. Que sigan ustedes disfrutando de esta semana primaveral adelantada.